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El Placer Del Tirano

El Placer Del Tirano

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Romance / Posesivo
Popularitas:3.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Gianna Viteri (gilover28)

«Tocar al emperador significa la muerte. Negarse a su placer... significa arder.» Regla I: Nunca sostengas la mirada del soberano. Regla II: Nunca toques su piel, a menos que él te lo ordene. Regla III: Oculta tus visiones; si él descubre lo que ves, jamás te dejará escapar. Lian creció jurando que jamás se arrodillaría ante Li Yan, el recién coronado soberano conocido como el «Tirano de Sangre». Su madre le advirtió que un gobernante oscuro estaba atado a su alma y que su destino era salvarlo, pero Lian solo sentía desprecio por el hombre que ahogaba la corte en ejecuciones. Hasta que es capturada y obligada a arrodillarse ante su trono. Frente a la espada desenvainada de Li Yan, Lian no suplica clemencia: le clava la mirada con furia pura. En ese instante, los ojos despiadados del emperador se quiebran por primera vez en su vida. Fascinado por la insolencia de una simple artesana, Li Yan decide perdonarle la vida y confinarla a sus aposentos privados. Encerrada en la jaula de oro del palacio, el secreto se desata: Lian ve el futuro a través de sueños premonitorios y del contacto piel con piel. Y su tacto es la única droga capaz de calmar el insomnio y la locura de sangre que consumen a Li Yan por las noches. Cuando una afrenta rebelde colma la paciencia del monarca, el castigo nocturno rompe toda distancia. Entre sábanas de seda imperial, el odio mutuo se convierte en un fuego devorador donde cada caricia desata visiones letales de conspiración, traición y sangre. Ella juró no doblegarse. Él juró no tener piedad. Pero en las sombras de la recámara imperial, el placer del tirano se convertirá en la perdición de ambos.

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Capítulo 12

El repique sordo de las campanas del mediodía me despertó.

Abrí los ojos con pesadez, sintiendo el cuerpo entero como si me hubieran apaleado. La cama estaba fría a mi lado; Li Yan ya no estaba. Sin embargo, el olor a sándalo y a vino especiado seguía impregnado en las sábanas de seda roja.

Me incorporé despacio, mordiéndome el labio por el ardor entre mis muslos. Sobre el diván de cedro habían dejado una muda completa: una túnica de seda gruesa de color verde jade con bordados discretos en hilo de plata y zapatillas forradas. Nada que ver con los harapos manchados de piedra con los que había llegado de mi aldea.

Apenas terminé de vestirme y de atarme el pelo con una cinta sencilla, las puertas de la recámara se abrieron sin previo aviso.

Esperaba ver a Li Yan, pero quien entró fue una mujer mayor, de rostro severo y túnica gris impecable, escoltada por dos doncellas que mantenían la vista clavada en el suelo.

—Artesana Shen —dijo la mujer, inclinando la cabeza con una cortesía tan rígida que parecía ensayada—. Soy la Dama Kang, jefa de los aposentos internos por orden de Su Majestad. El carruaje imperial acaba de cruzar las murallas de la capital. Su madre ha sido instalada en el Pabellón de los Cerezos, tal como el Hijo del Cielo prometió.

El aire volvió de golpe a mis pulmones. Di un paso adelante, sintiendo cómo el corazón se me aceleraba en el pecho.

—¿Está bien? ¿Soportó el viaje?

—Los médicos de la corte ya están administrándole infusiones de raíz de loto y ginseng blanco para la fiebre —respondió la mujer con voz neutra—. Su Majestad ha ordenado que se le conceda una visita antes de la audiencia de la tarde. Sígame.

No me lo pensé dos veces. Seguí a la Dama Kang por los pasillos exteriores del palacio. La atmósfera en la corte era sofocante, cargada de un terror silencioso. Vi a los sirvientes lavando frenéticamente los adoquines con cubos de vinagre y agua; en las arcadas lejanas, varios funcionarios con túnicas ceremoniales caminaban apresurados, con las cabezas gachas y caras de pánico absoluto. La purga nocturna ya se había cobrado las cabezas del Ministro Chen y de la Segunda Concubina. Todo el mundo sabía que el tirano había desenvainado el acero de nuevo, pero nadie entendía cómo había descubierto la traición antes del amanecer.

Cuando llegamos al Pabellón de los Cerezos, el ambiente cambió por completo. Era una residencia retirada, rodeada de árboles en flor y un estanque sereno. El olor a hierbas medicinales hervidas llenaba el corredor.

Empujé la puerta corredera con manos temblorosas.

En una cama baja de madera clara, cubierta con edredones gruesos de plumas, descansaba mi madre. Su rostro ya no tenía esa palidez cadavérica de la choza; el vapor tibio de los braseros de carbón sin humo la rodeaba, y un médico anciano terminaba de ajustar unas agujas finas de plata en su muñeca antes de hacer una reverencia silenciosa y retirarse con sus ayudantes.

—¿Madre? —susurré, cayendo de rodillas al borde de la cama.

Ella abrió los ojos lentamente. Al verme vestida de seda y entera, las lágrimas le rodaron por las mejillas gastadas.

—Lian... mi niña... —su voz aún era débil, pero el silbido ahogado en su pecho se había calmado—. Nos mandaron una escolta con guardias de armadura negra... creí que te habían ejecutado y venían a matarme a mí también.

—Estoy bien, madre —le mentí con suavidad, tomándole la mano delgada entre las mías.

Fue un error.

En cuanto mi piel rozó la suya, el chispazo me sacudió la vista con una nitidez cruel: vi a mi madre respirando en paz durante muchas lunas más gracias a los cuidados del palacio... pero detrás de ella, una sombra colosal de dragón negro se cernía sobre nosotras dos, encerrándonos en un círculo de espadas donde la única salida era la sangre.

Mi madre sintió el temblor de mi agarre. Me miró a los ojos, clavando su vista en las marcas oscuras que la seda verde de mi cuello apenas lograba disimular. A una madre con el don no se le podía ocultar nada.

—Hiciste un pacto con el monstruo —susurró, con un dolor desgarrador en la mirada—. Te entregaste a él para traerme aquí.

—Hice lo que tenía que hacer para que no te murieras en el barro —le respondí con aspereza, tragándome el nudo que me quemaba la garganta—. Él cumple su palabra si yo cumplo la mía. Estarás a salvo aquí. Nadie se atreve a tocar este pabellón.

—Él no es un hombre, Lian. Es una maldición que devora todo lo que ama —insistió ella, apretándome los dedos con una fuerza desesperada—. Si dejas que su fuego te consuma por completo, ya no podrás distinguir tu propia alma de la suya.

—Ya es tarde para eso, madre —murmuré, recordando el peso de Li Yan sobre mi cuerpo en el agua.

Antes de que pudiera responder, la puerta de celosía crujió.

La sombra alta y ancha de Li Yan se recortó contra el marco.

Llevaba la túnica imperial completa de seda negra, bordada con hilos de oro que formaban las garras del dragón sobre su pecho, y la corona ceremonial ceñida en su cabello oscuro. Ya no quedaba rastro del hombre que se había deshecho en jadeos sobre mi cuello en la madrugada. Era otra vez el soberano implacable, el emperador cuya sola presencia hacía que los sirvientes contuvieran la respiración en los pasillos.

Mi madre palideció aún más al verlo, intentando incorporarse por puro instinto de supervivencia, pero Li Yan alzó una mano enguantada en cuero negro, deteniéndola con un gesto seco.

—Descansa, anciana —dijo él con esa voz cavernosa y autoritaria—. Tienes a los mejores galenos del imperio a tu servicio. No mueras antes de tiempo; tu hija se pondría intolerable si algo te sucede.

Me puse de pie despacio, interponiéndome entre la cama y él, sosteniéndole la mirada con desafío.

—He visto que cumpliste tu parte —le dije con frialdad.

Li Yan arqueó una ceja, complacido en secreto por la insolencia que jamás dejaba morir, ni siquiera delante de su corte.

—Siempre cumplo mis decretos, Lian —respondió, dando un paso hacia mí y tomándome del codo con una firmeza que no admitía resistencia—. Ahora te toca cumplir a ti. Los ministros que quedan en pie esperan en el Salón del Trono. La cabeza de un nuevo traidor está sobre la mesa... y necesito tus ojos para saber cuál de ellos miente.

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Martha Divas Delgado
k bueno k le quite lo pdj al funcionario y lo degollen
Martha Divas Delgado
excelente inicio me gusta ☺️
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