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FANTASÍA REAL

FANTASÍA REAL

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Amor eterno / Romance / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

"Mis padres se fueron en un segundo, dejándome un vacío que quemaba. Pero el destino, con un sentido del humor retorcido, decidió llenarlo instalándome en la habitación de al lado del hombre que protagonizaba mis diarios desde los doce años. Ahora, sus pasos en el pasillo son la única música que me distrae del silencio de mi casa vacía."

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capitulo 12

El miércoles amaneció con un cielo de un azul insultante, uno de esos días en los que el sol parece empeñado en revelar cada grieta, cada secreto escondido en las sombras. Yo seguía sintiendo el peso de la fotografía en el cajón de mi mesilla de noche, esa imagen de mi yo de dieciséis años que Julián había custodiado como un tesoro de guerra. El perfume y la madera de su habitación se habían quedado pegados a mi pituitaria, una presencia invisible que me hacía girar la cabeza cada vez que oía un ruido en el pasillo.

Estaba en la cocina, ayudando a Ana a secar los platos, intentando recuperar esa máscara de "chica normal" que se me caía a pedazos cada vez que Julián entraba en una habitación.

—Elena, cielo, hoy Julián tiene una cena de negocios en el centro —comentó Ana, frotando una copa de cristal—. Me ha dicho que te ha invitado a acompañarlo. Dice que te vendrá bien salir de estas cuatro paredes y ver un poco de gente que no seamos nosotros.

Casi se me resbala el plato de las manos. Miré a Ana, buscando cualquier rastro de sospecha en sus ojos claros, pero solo encontré una bondad genuina que me hizo sentir como si tuviera una brasa ardiendo en el pecho.

—¿Una cena de negocios? No creo que sea el lugar adecuado para mí, Ana. Apenas sé nada de arquitectura.

—No es solo de negocios, es una inauguración de una galería que él ayudó a diseñar. Insistió mucho. Dijo que "Elena necesita recordar que el mundo sigue girando fuera de este luto". Tiene razón, cariño. Ve, ponte algo bonito y deja que mi hijo te presuma un poco.

"Que me presuma". La ironía me golpeó con la fuerza de un portazo. Julián no quería presumirme como una protegida; quería marcar territorio en campo abierto. Quería ver cómo me desenvolvía bajo su brazo, frente a personas que no sabían que yo era la huérfana que dormía al otro lado de su pared.

Subí a mi cuarto con el pulso acelerado. Media hora después, una nota pasó por debajo de mi puerta. Un papel grueso, de calidad, con su caligrafía técnica y precisa:

> "Ponte el vestido azul que te compraste en aquel viaje a la costa. El que tiene la espalda descubierta. Paso a buscarte a las ocho. No acepto un no por respuesta, Elena. Es hora de que dejes de esconderte."

>

El vestido azul. Él lo recordaba. Recordaba un vestido que me puse una sola vez hace dos años, cuando todavía éramos "casi" familia y nada más. Me lo puse con las manos temblorosas. El color resaltaba la palidez de mi piel y el azul de mis ojos, que ahora parecían más oscuros, cargados de una experiencia que no correspondía a mis diecinueve años. La espalda descubierta me hacía sentir vulnerable, como si cualquiera pudiera leer en mi columna vertebral los rastros de sus caricias.

A las ocho en punto, oí el motor de su coche rugir en la entrada. Bajé las escaleras tratando de no tropezar con mis tacones. Sofía me vio desde el salón y soltó un silbido.

—¡Guau, Elen! Estás increíble. Julián tiene suerte de llevar a la cita más guapa de la noche, aunque solo seas su "hermanita" adoptiva por compromiso.

—Gracias, Sofi —dije, sintiendo que la garganta se me cerraba. "Hermanita". La palabra sonaba a mentira podrida.

Julián me esperaba junto al coche. Llevaba un traje gris marengo hecho a medida, sin corbata, con la camisa blanca abierta en el cuello. Se veía imponente, una mezcla de éxito profesional y peligro latente. Al verme, sus ojos se oscurecieron de una manera que me hizo flaquear las piernas. No dijo nada frente a su hermana, pero cuando me abrió la puerta del copiloto, su mano rozó mi espalda desnuda, y sus dedos se demoraron un segundo de más en la base de mi nuca.

—Estás... aceptable —murmuró para que solo yo lo oyera, aunque su mirada decía que quería arrancarme el vestido allí mismo con los dientes.

El trayecto hacia la galería fue una lección de tensión contenida. Julián conducía con una calma exasperante, una mano en el volante y la otra descansando sobre su muslo, cerca de mi mano.

—¿Por qué haces esto, Julián? —pregunté, mirando las luces de la ciudad pasar a través del cristal—. Exponernos así... si alguien de la facultad me ve con el gran arquitecto Julián Martínez, las preguntas no tardarán en llegar.

—Que pregunten —respondió él, sin apartar la vista de la carretera—. Me cansa el silencio de la casa, Elena. Me cansa tener que fingir que no quiero morderte cada vez que pasas por mi lado en el desayuno. Esta noche, ante los ojos de extraños, vas a ser mi acompañante. Ni mi hermana, ni mi protegida. Solo tú y yo.

Llegamos a la galería. Era un espacio de techos altos, paredes blancas inmaculadas y mucha gente vestida de negro bebiendo vino espumoso. En cuanto entramos, sentí el peso de las miradas. Julián era el centro de atención. Varios hombres de negocios y mujeres sofisticadas se acercaron a saludarlo. Él me presentó como "Elena, una amiga de la familia", pero mantenía su mano firmemente apoyada en la curva de mi espalda, justo donde terminaba la tela del vestido y empezaba mi piel.

Era un contacto posesivo, una marca de propiedad que nadie más podía descifrar, pero que a mí me hacía arder.

—¿Y a qué te dedicas, Elena? —preguntó una mujer elegante, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Estudio literatura —respondí, tratando de que mi voz no temblara.

—La literatura es para los que sueñan. La arquitectura, como la que hace Julián, es para los que construyen realidades —dijo la mujer, tocando el brazo de Julián con una familiaridad que me revolvió el estómago.

Sentí una punzada de celos que me sorprendió. Julián lo notó. Vi cómo la comisura de sus labios se elevaba en una sonrisa triunfal. Me atrajo más hacia él, obligando a mi costado a pegarse a su cadera.

—Elena entiende muy bien la diferencia entre sueño y realidad —intervino Julián, su voz aterciopelada y cargada de subtexto—. De hecho, ella es la que me ayuda a mantener los pies en la tierra... o a perderlos por completo.

La mujer parpadeó, confundida por el tono íntimo de la respuesta. Julián me guiñó un ojo y nos alejamos hacia una zona más apartada de la galería, donde las maquetas de sus edificios estaban expuestas bajo luces dicroicas.

—Estás celosa —afirmó él, acorralándome contra una columna de mármol, aprovechando que un grupo de personas pasaba riendo hacia el bar.

—No seas ridículo. Solo me parece que esa mujer es una lagarta.

—Es una clienta. Pero me gusta que te pongas así. Me gusta que te des cuenta de que fuera de esa casa, hay un mundo entero de gente que querría estar en tu lugar. Y sin embargo, yo solo tengo ojos para la niña que llora por las noches y me busca por el pasillo.

Se inclinó sobre mí, ignorando el riesgo de que alguien se girara. Su olor a perfume y el aroma del vino se mezclaron en un cóctel embriagador.

—Julián, nos van a ver —susurré, aunque mis manos ya buscaban las solapas de su chaqueta.

—Que miren. Que vean cómo el arquitecto pierde los papeles por una estudiante de literatura que tiene el sabor de la fruta prohibida.

Me besó allí mismo, un beso rápido pero cargado de una urgencia salvaje, oculto a medias por la sombra de una de sus maquetas. Fue una transgresión necesaria. La primera invitación se había convertido en el primer paso hacia la vida pública de nuestro secreto.

Al salir de la galería, la noche estaba fresca. Julián me ayudó a ponerme el abrigo, pero antes de dejarme subir al coche, me pegó contra la puerta metálica.

—Esta noche no vamos a ir directamente a casa —dijo, su respiración cálida contra mi oreja—. He alquilado una habitación en un hotel cerca del puerto. No quiero paredes compartidas hoy, Elena. No quiero oír a mis padres en la habitación de al lado. Quiero oírte a ti, sin miedo a que nadie nos interrumpa.

La invitación final estaba sobre la mesa. No era una fantasía de adolescente; era la realidad cruda de un hombre que estaba dispuesto a quemar el mundo por tener un momento a solas conmigo. Y yo, olvidando el luto, olvidando a Sofía y olvidando mi propia prudencia, asentí.

—Llévame —susurré.

El coche arrancó hacia el puerto, dejando atrás la seguridad de la casa de los Martínez y adentrándose en el territorio desconocido de una noche que prometía ser el fin de nuestra inocencia y el principio de nuestra verdadera historia.

1
Margelis Izarra
si después de esto a caraja vuelve a tener sexo con el tipo, no leo más
Margelis Izarra
me parece muy maleable esta protagonista...no me termina de gustar
Rs
.
Blanca Fernandez
ella se sienta acostada por el por qué en este momento tan frágil no está preparada está confundida y el no le deja respirar obtener su duelo está sola ni con la amiga Abla lo que le pasa 🧐🧐
Rocio Raymundo
veremos a qué lleva todo esto
Rocio Raymundo
solo estar un mes en su casa el después que se irá y Elena si acepta solo lo tendrá un mes
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