Un grupo de jóvenes se ve arrastrado por la búsqueda y protección de reliquias antiguas que despiertan poderes y ambiciones peligrosas. Perseguidos, traicionados y forzados a despertar habilidades que no comprenden, deberán unir fuerzas con aliados inesperados para impedir que una facción libere una fuerza capaz de arrasar su mundo. Entre batallas, sacrificios y decisiones morales, su viaje decidirá el destino de muchas vidas.
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La Piedra
La noche en Dyo olía a ceniza y a metal caliente. Las calles, aún humeantes por los incendios, estaban salpicadas de sombras que se movían con cautela. Edran, Lira y Mara se habían infiltrado siguiendo el plan: distracción en la plaza, búsqueda en las casas. Lo que no esperaban era escuchar, desde un rincón oscuro de la taberna derruida, la conversación que sellaría la traición.
—Cuando Ran cumpla su parte —decía una voz áspera—, lo eliminamos. La recompensa será nuestra y nadie tendrá que compartirla.
Gorukipa habló con la calma de quien ya ha decidido matar. Tozoku gruñó como un animal. Edran, oculto tras un arco, sintió la sangre subirle a la cabeza. La rabia que había contenido desde la plaza estalló en un fuego frío.
—No permitiré que lo hagan —susurró—. No esta vez.
Sin pensarlo, Edran salió de las sombras. La Zalamander en alto, la Daga Lunar lista, su voz cortó la noche: —¡Alto!
La sorpresa fue total. Gorukipa sonrió con desprecio y dio la orden: —Acabad con ellos.
La plaza se convirtió en un torbellino de acero y fuego. Tozoku embistió con su maza, lanzando a Edran contra un montón de escombros; la Zalamander respondió con arcos de llama que partieron tablones y levantaron chispas. Mara, a su lado, se movía con la precisión de quien ha hecho de la defensa un arte: su lanza trazaba líneas que protegían a los civiles y obligaban a los bandidos a retroceder.
Lira, obedeciendo la instrucción de Edran, se quedó atrás. Había aprendido en las alcantarillas un gesto de defensa que no era solo físico: un escudo misterioso, una técnica que combinaba su canto con el anillo. No era una invocación completa, sino un sello protector que podía envolver a varios cuerpos y amortiguar ataques. Además, debía curar a los heridos y mantener la línea de retirada. Se colocó detrás de una pila de sacos, el anillo brillando en su dedo, y comenzó a entonar.
La batalla se volvió personal cuando Ran llegó y se lanzó contra Edran. No fue un choque de odio, sino de órdenes. Ran atacó con rapidez juvenil, su espada buscando puntos que Edran no esperaba. El joven bandido no quería matar; obedecía. Edran, sorprendido por la fuerza del golpe, tuvo que retroceder y defenderse con la Daga Lunar. El choque entre ambos fue un duelo de voluntades: Edran con la furia de quien protege, Ran con la disciplina de quien teme a su jefe.
—¡Ran! —gritó Gorukipa desde la sombra—. No falles.
La voz fue un látigo. Ran atacó con más ferocidad, y en un intercambio logró herir a Edran en el costado. La sangre manó caliente; el dolor fue un recordatorio de la fragilidad. Aun así, Edran no retrocedió. Con la Zalamander en la otra mano, buscó una apertura. La pelea entre ellos no era solo física: era un choque de lealtades. Ran, por su parte, vaciló cuando vio la mirada de Edran: no había odio, solo la determinación de quien no quiere que otros sufran.
Mientras tanto, en el centro de la plaza, Gorukipa sostenía la Piedra Magma. Era un objeto pequeño y oscuro, con vetas incandescentes que parecían latir como un corazón. A su alrededor, runas antiguas brillaban con un fuego contenido. Gorukipa alzó la piedra y murmuró palabras que hicieron vibrar el aire.
—Con esto —dijo—— invocaremos a Klíseis. Con Klíseis a nuestro lado, nadie podrá detenernos.
El suelo tembló. Un calor seco comenzó a emanar de la piedra. Lira, desde su refugio, sintió la magia como una presión en el pecho. Sabía lo que significaba: Klíseis era una invocación de fuego, una bestia que consumía y arrasaba. Si Gorukipa completaba el ritual, la aldea no tendría salvación.
Lira dejó de curar por un instante y concentró su canto en el escudo. El anillo vibró y una barrera luminosa se desplegó sobre la plaza, amortiguando las primeras ondas de calor que la Piedra Magma lanzó. El escudo no era perfecto; su energía era limitada y la invocación ya había comenzado a filtrarse. Aun así, dio tiempo.
—¡Detenedlo! —gritó Mara, lanzándose hacia Gorukipa con la lanza en alto.
Tozoku se interpuso, y la lucha por la Piedra se volvió el epicentro del caos. Edran, con la respiración entrecortada, vio la oportunidad: si podían arrebatar la piedra, podrían evitar la invocación. Corrió hacia el centro, esquivando golpes, y se lanzó contra Gorukipa. Ran, en un impulso que nadie esperaba, se interpuso entre ellos y Edran, bloqueando el ataque con su cuerpo. El choque fue brutal; la espada de Ran rozó la Daga Lunar y dejó una marca en la empuñadura.
—¡No! —gritó Ran, pero su voz sonó a súplica.
Gorukipa aprovechó la confusión. Con un gesto, liberó la Piedra Magma. Un estallido de llamas y luz brotó, y una forma comenzó a materializarse: Klíseis emergía como un torbellino de fuego con ojos de carbón. Su rugido fue una onda que sacudió la plaza y rompió el escudo de Lira en fragmentos de luz. Las flores de la plaza se incendiaron; el aire olía a metal y a carne quemada.
La invocación no estaba completa; Klíseis era una sombra de lo que podría ser. Pero su presencia fue suficiente para cambiar el curso. Mara, con la lanza, intentó contenerlo; Tozoku lanzó golpes que apenas rozaron la piel ígnea. Edran, con la Zalamander, atacó el núcleo que aún latía en la Piedra Magma, buscando romper el vínculo. La daga resonó con Amaranto, y por un instante la hoja y la espada vibraron en armonía.
Ran, viendo la destrucción que su jefe había desatado, cambió. La humanidad que Edran había visto en la plaza se impuso sobre la orden. Con un grito que fue más liberación que obediencia, Ran se lanzó contra Gorukipa, no para proteger la Piedra, sino para detener al hombre que la había usado. El choque entre ellos fue feroz; Ran recibió un golpe que lo dejó tambaleando, pero logró arrebatar la piedra de las manos de Gorukipa.
La Piedra Magma cayó al suelo y rodó, emitiendo chispas. Klíseis, sin el ritual completo, se retorció y lanzó una llamarada que consumió parte de la plaza. Edran, con la Zalamander, clavó la espada en la Piedra y la atravesó. La reacción fue violenta: una explosión de calor que los lanzó a todos hacia atrás. Cuando el humo se disipó, la Piedra estaba agrietada; Klíseis, reducido a una brasa errante, se desvaneció en el cielo como una chispa que huía.
La victoria fue amarga. Gorukipa y Tozoku yacían heridos, algunos inmóviles; Ran, apoyado en una pared, respiraba con dificultad, su rostro marcado por la culpa y el alivio. Edran, con la camisa chamuscada y la sangre en el costado, se acercó a él. No hubo reproches, solo un silencio pesado.
Lira, agotada, reunió a los heridos y curó lo que pudo. El escudo que había aprendido en las alcantarillas se había roto, pero había cumplido su propósito: ganar tiempo. Mara vigiló la plaza, la lanza en alto, mientras los aldeanos salían de sus escondites con ojos asombrados.
—No podemos quedarnos —dijo Edran con voz ronca—. La Piedra está dañada, pero no destruida. Si alguien la recupera, el peligro volverá.
Ran miró a Edran y, con voz baja, dijo: —No quería… pero no me dejan otra alternativa.
Edran lo miró fijamente. No había perdón fácil, pero sí una posibilidad de redención. Juntos, con la Piedra Magma medio rota y la plaza humeante, tomaron una decisión: llevarían la reliquia lejos, a un lugar donde nadie pudiera usarla. La batalla no había terminado, y las consecuencias apenas comenzaban.