Hay amores para toda la vida y todas las vidas que sigan.
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Acto II: La Doble Vida
Capítulo 23: El regreso
—
Berlín me recibió con su cielo gris y su olor a libertad.
Esta vez no fui con Laura. Esta vez fui sola, con una mochila y la certeza de que mi vida estaba cambiando. Helga me esperaba en la galería con los brazos abiertos y una botella de vino que acabamos antes de las seis de la tarde.
—Las ofertas son reales —dijo, deslizando papeles sobre la mesa—. París quiere tres obras para una colectiva en primavera. Londres te ofrece una individual el año que viene. Y Nueva York...
—¿Nueva York?
—Una galería del Chelsea. Muy buena. Quieren conocerte.
Firmamos. Brindamos. Lloramos un poco, las dos, abrazadas como viejas amigas.
—Lo lograste —dijo Helga—. Lo jodiste lograste.
—No sé cómo.
—Con talento. Con hambre. Con no rendirte.
—
Tres días después, volvía a Madrid.
El avión aterrizó de noche. Las luces de la ciudad brillaban abajo, prometiendo algo que no sabía nombrar. En el taxi, de vuelta a Malasaña, repasé los papeles una y otra vez.
Contratos. Fechas. Cifras.
Mi futuro.
—
El taxi me dejó en la puerta de mi edificio.
Pagué. Bajé. Y entonces lo vi.
Él.
Recostado contra la pared del portal, con la camisa arrugada, el traje oscuro desaliñado, el pelo revuelto. Sostenía una botella de whisky casi vacía en una mano y un cigarrillo apagado en la otra.
Olía a tabaco. Olía a alcohol. Olía a derrota.
—Irene.
Su voz. Rota. Distinta.
—¿Qué haces aquí?
—Esperarte.
—Llevas así... ¿cuánto?
—No sé. Horas. Un día. No importa.
Se incorporó. Dio un paso hacia mí. Casi se cae. Lo sujeté sin pensar.
—Estás borracho.
—Sí.
—Hueles fatal.
—Lo sé.
—¿Qué quieres, Marcos?
Me miró. Sus ojos, azul oscuro, estaban enrojecidos, hinchados, como si hubiera llorado.
—No lo sé. Verte. Tocar algo real. Morirme. Cualquiera.
—No digas tonterías.
—No son tonterías. Sin ti... sin ti no sé...
—Para.
—Irene, por favor.
Lo aparté. Dio un paso atrás, tambaleándose. Apoyó la espalda en la pared otra vez.
—Vete a casa —dije—. Duerme. Mañana hablamos.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque si me voy ahora, sé que no volveré a verte. Y no puedo. No puedo, Irene.
Su voz se rompió en la última palabra.
Mierda.
—Mira —dije—. No puedo lidiar con esto ahora. Acabo de llegar de Berlín, estoy cansada, y tú estás borracho.
—Lo sé.
—No es justo.
—Lo sé.
—Me hiciste mucho daño.
—Lo sé.
—Con el puto cheque...
—Lo sé. Lo sé todo. Y no tengo excusa. Solo... solo necesito...
—¿El qué?
—Estar cerca de ti. Una noche. Un minuto. Lo que me des.
—
Lo miré. Allí, apoyado contra la pared, hecho una ruina, con olor a whisky y ojos de perro apaleado. El hombre más poderoso de Madrid, borracho y suplicando en mi portal.
Y yo, idiota, sentí algo.
—Vale —dije—. Pero solo porque si te dejas aquí te va a atropellar un coche.
—Eso sería lo mejor.
—Cállate. Sube.
—
Subimos las escaleras en silencio.
Él se agarraba a la barandilla con una mano y a mi hombro con la otra. Pesaba. Olía. Pero estaba caliente. Real.
Entramos al estudio. Blanca levantó la cabeza, nos miró, y saltó del sillón para esconderse en la habitación. Los gatos huelen el peligro.
—Siéntate —dije, señalando el sillón—. Voy a hacer café.
No se sentó.
Se quedó en medio del estudio, mirando mis lienzos, mis pinturas, mis paredes llenas de vida.
—Todo esto es tuyo —dijo.
—Sí.
—Eres increíble.
—No empieces.
—Irene.
—He dicho que no empieces.
Se giró. Me miró. Y en sus ojos, a pesar de la borrachera, vi algo que no había visto antes. Desnudez. Verdad. Miedo.
—Lo siento —dijo—. Por todo. Por el cheque. Por lo que dije. Por huir. Por ser un cobarde.
—Son muchas cosas.
—Lo sé.
—No sé si puedo perdonarte.
—No te pido perdón. Solo quería decírtelo. Por si...
—¿Por si qué?
—Por si esta es la última vez que te veo.
—
El silencio se instaló entre nosotros.
Cinco segundos. Diez.
Luego, sin saber cómo, estábamos el uno contra el otro.
No fue un beso suave. No fue tierno. Fue hambre. Fue desesperación. Sus labios aplastando los míos, sus manos en mi cintura, las mías en su pelo, tirando, arañando, buscando.
—Irene...
—No hables.
—Necesito...
—No necesitas nada. Tómame.
—
Arranqué su camisa. Literalmente. Los botones saltaron por el estudio. Su pecho apareció, sudado, caliente. Mis manos lo recorrieron como si memorizaran un mapa.
Él me levantó. Le envolví las caderas con las piernas. Me empujó contra la pared, contra uno de mis cuadros, contra mi propio arte.
—La cama —jadeé.
—No. Aquí. Ahora.
Su boca en mi cuello. Mordiscos. Succión. Marcas que dolerían mañana. No me importaba.
—Bájame.
—No.
—Marcos...
—Quiero oírte.
Sus manos bajaron hasta el borde de mis vaqueros. Los desabrochó con una torpeza que delataba el alcohol, pero también la urgencia. Los bajó a la fuerza, con los bóxer, dejándome medio desnuda contra la pared.
—Dios —murmuró—. Eres...
—Cállate y fóllame.
—
Sonrió. Una sonrisa sucia, salvaje. Luego se arrodilló.
Su boca encontró mi intimidad antes de que pudiera respirar. Un lengüetazo lento, húmedo, que me hizo arquear la espalda y golpear la pared con la cabeza.
—Así —jadeé—. Así...
No habló. Siguió. Su lengua, sus labios, sus dedos entrando en mí mientras yo me agarraba a su pelo y gemía sin pudor.
—Me voy a correr —dije—. Si sigues...
Siguió.
Y me corrí. Gritando su nombre. Golpeando la pared. Perdiendo el mundo.
—
Se levantó. Su polla, enorme, dura, asomaba por la bragueta abierta. Me giró contra la pared. Mi espalda, mi estrella, expuesta.
—La marca —susurró—. Joder, la marca.
La besó. La lamió. Luego, sin previo aviso, entró en mí.
Un gemido. Los dos. Él, desde el fondo. Yo, desde el alma.
—Sí —dije—. Así. Jódeme. Jódeme, Marcos.
No necesitó más.
Sus embates eran salvajes, profundos, desesperados. Una mano en mi cadera, otra en mi pelo, tirando hacia atrás, haciéndome arquear, ofreciéndole más.
—Eres mía —gruñó—. Mía.
—No soy de nadie.
—Lo sé. Pero joder...
Aceleró. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba el estudio. Los cuadros temblaban en las paredes. Blanca, en la otra habitación, debía de estar aterrorizada.
—Me corro —dijo—. Me voy a...
—Dentro. Joder, dentro.
—
Se corrió con un gemido ronco, animal, enterrándose hasta el fondo. Yo sentí cada gota, cada espasmo, cada jodido latido de su corazón contra mi espalda.
Nos quedamos así. Pegados. Sudados. Rotos.
Luego, lentamente, se retiró. Me giró. Me miró.
—Te quiero —dijo.
—No.
—Te quiero, Irene. Desde siempre.
—Estás borracho.
—Por eso digo la verdad.
Apoyó la frente en la mía. Olía a alcohol, a sexo, a nosotros.
—Mañana —dije—. Hablamos mañana.
—Vale.
—Pero ahora... llévame a la cama.
Sonrió. Me levantó en brazos. Me llevó.
—
Cuando desperté, él seguía ahí.
Dormido. Desnudo. El pelo revuelto. Los labios entreabiertos. Parecía más joven. Menos roto.
No sabía qué iba a pasar.
Pero en ese momento, no me importaba.
—