Lady Valeria Ansford siempre creyó que su destino estaba escrito. Durante años, toda la corte dio por hecho que algún día se convertiría en la esposa del príncipe Edward, el heredero del trono.
Pero una noche, en medio del baile más importante de la temporada, Valeria descubre que el hombre al que amaba no era quien decía ser.
La traición rompe su corazón… y provoca un escándalo que sacude a todo el reino.
Cuando todo parece perdido para su honor y su futuro, el destino da un giro inesperado: el poderoso y enigmático Rey Alexander IV toma una decisión que nadie imagina.
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Promesas bajo los candelabros
Durante los meses que siguieron a su primer encuentro, el nombre de Lady Valeria Ansford comenzó a escucharse cada vez con más frecuencia en los salones de la corte de Eldoria.
Al principio fueron simples murmullos entre las damas más curiosas.
Luego, comentarios más claros.
Y finalmente, algo que ya nadie podía negar.
El príncipe Edward parecía completamente cautivado por ella.
No importaba si era un baile en el palacio, una cena con los nobles más influyentes del reino o una simple caminata por los jardines reales. Tarde o temprano, las miradas de todos terminaban encontrándolos juntos.
Edward siempre parecía buscarla.
Y Valeria… parecía pertenecer a su lado.
La corte comenzó a observarlos como si fueran una historia que ya tenía final escrito.
Muchos aseguraban que era cuestión de tiempo para que el príncipe anunciara oficialmente su compromiso con la joven Ansford.
Pero si algo tiene la corte, es que rara vez muestra la verdad completa.
Para Valeria, aquellos meses fueron los más felices de su vida.
No solo porque el heredero del trono parecía profundamente interesado en ella, sino porque Edward, cuando estaban a solas, dejaba de ser el príncipe que todos veían.
Con ella era diferente.
Más cercano.
Más humano.
Les gustaba caminar por los senderos del lago real al atardecer, cuando el sol caía detrás de las colinas y el palacio se iluminaba con una luz dorada.
En esas caminatas hablaban de todo.
Edward hablaba de la presión que sentía al ser el futuro rey.
De cómo desde niño todos esperaban que fuera perfecto.
Valeria lo escuchaba con atención.
—A veces siento que todos saben exactamente qué esperan de mí… excepto yo —confesó Edward una tarde.
Valeria lo miró con suavidad.
—Tal vez porque todos quieren decidir por usted.
Edward soltó una pequeña risa.
—Incluyéndote.
—Yo solo hago preguntas.
—Las preguntas pueden ser peligrosas.
—Solo para quienes temen las respuestas.
Edward la miró con una mezcla de admiración y diversión.
—Por eso me gustas, Valeria.
Ella sintió un pequeño calor en el pecho.
—¿Porque soy peligrosa?
Edward negó con la cabeza.
—Porque eres la única persona que no parece impresionada por mi título.
Valeria guardó silencio unos segundos antes de responder.
—No es su título lo que me interesa.
Edward levantó una ceja.
—Entonces, ¿qué es?
Valeria lo miró directamente.
—Usted.
Pero mientras Valeria creía conocer al hombre detrás del príncipe, la vida en la corte comenzaba a mostrar otra cara de Edward.
Una que ella todavía no veía.
Los compromisos oficiales del heredero al trono eran cada vez más frecuentes.
Viajes diplomáticos.
Reuniones políticas.
Cenas privadas con familias influyentes.
Al principio, Edward siempre encontraba tiempo para verla.
Pero poco a poco, esos momentos comenzaron a espaciarse.
—Solo será un par de días —le dijo una noche antes de partir hacia la región norte del reino.
Valeria estaba de pie junto a uno de los grandes ventanales del palacio.
—¿Siempre son solo un par de días? —preguntó con una pequeña sonrisa.
Edward se acercó a ella.
—Lo prometo.
Tomó sus manos.
—Cuando regrese iremos al lago. Como antes.
Valeria asintió.
No dudaba de él.
Nunca lo hacía.
Porque Edward tenía una forma muy convincente de hacer que todo pareciera simple.
Pero lo que Valeria no sabía era que, mientras el príncipe hablaba con ella de promesas y futuros compartidos, en otros salones del reino su comportamiento comenzaba a levantar algunas miradas discretas.
Edward siempre había sido encantador.
Y su encanto no siempre se detenía en una sola mujer.
En la corte comenzaron a aparecer comentarios que Valeria no alcanzaba a escuchar.
Susurros entre damas.
Miradas que se cruzaban cuando ella entraba en un salón.
Pero nadie se atrevía a decirle nada directamente.
Porque en Eldoria había una regla silenciosa: nadie quería convertirse en el portador de un escándalo que involucrara al heredero del trono.
Mientras tanto, Valeria seguía creyendo en la historia que ambos habían construido.
Para ella, Edward era el joven que caminaba con ella al atardecer, que le hablaba de sus dudas y que a veces parecía olvidar que algún día sería rey.
Un día, durante un gran baile de invierno en el palacio real, Valeria notó algo que, por primera vez, hizo aparecer una pequeña sombra de inquietud en su mente.
Edward estaba hablando con un grupo de nobles cerca del gran salón.
Cuando ella se acercó, lo vio reír con una joven dama de cabello rubio.
La conversación parecía demasiado cercana.
Demasiado cómoda.
Edward notó la presencia de Valeria casi de inmediato.
Se apartó ligeramente del grupo y caminó hacia ella.
—Te estaba buscando.
Valeria sonrió, aunque algo en su interior se había movido.
—Parecía que estabas ocupado.
Edward miró brevemente hacia el grupo.
—Solo conversación política.
Valeria siguió su mirada.
La joven rubia todavía lo observaba.
—Parecía una conversación interesante.
Edward tomó suavemente la mano de Valeria.
—No más que hablar contigo.
Aquella respuesta fue suficiente para tranquilizarla.
O al menos eso creyó en ese momento.
Pero las pequeñas ausencias comenzaron a repetirse.
Las promesas de verse que terminaban aplazándose.
Los compromisos inesperados.
Las respuestas que a veces llegaban demasiado tarde.
Nada de aquello era lo suficientemente grave como para levantar una acusación.
Pero sí suficiente para que algo empezara a cambiar.
Aunque Valeria todavía no pudiera verlo.
Porque cuando una persona ama profundamente, muchas veces decide ignorar las señales que otros ven con claridad.
Una noche, mientras caminaban nuevamente por los jardines del palacio, Edward tomó la mano de Valeria con una seriedad que no había mostrado antes.
—Valeria.
—¿Sí?
Edward la miró fijamente.
—Quiero que sepas algo.
Ella lo observó con atención.
—Dime.
Edward respiró hondo.
—Todo lo que está pasando en la corte… los rumores, las expectativas… todo eso es complicado.
Valeria inclinó ligeramente la cabeza.
—La corte siempre es complicada.
Edward apretó suavemente su mano.
—Pero tú no.
Por un instante, el mundo pareció detenerse.
—¿Qué quieres decir? —preguntó ella.
Edward sonrió.
—Que contigo todo parece más fácil.
Valeria sintió que el corazón le latía con fuerza.
—Entonces no lo compliques.
Edward la observó durante unos segundos.
Luego respondió con una frase que, sin que ninguno de los dos lo supiera aún, terminaría siendo irónicamente premonitoria.
—Nunca te haría daño, Valeria.
Ella le creyó.
Completamente.
Porque cuando amas a alguien, la traición es lo último que imaginas.
Pero el destino, silencioso y paciente, ya estaba preparando el momento en que esa promesa se rompería.
Y cuando lo hiciera, no solo cambiaría la vida de Valeria.
Cambiaría el destino de todo el reino.