El día que Sofía Reyes descubrió que debía casarse con Santiago Ferrer, su mejor amigo de toda la vida, decidió alejarse de él.
Santiago hizo lo mismo.
Pero años después, un secreto familiar, un imperio peligroso y una muerte inesperada los obligarán a volver a encontrarse.
Y algunos destinos… simplemente no se pueden evitar.
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Capítulo 19
Santiago
Conducía hacia el lugar donde recibiríamos el cargamento que usaríamos en la guerra.
El camino era largo, pero despejado.
Miré de reojo a Sofía.
Iba impecable.
Un vestido color crema que resaltaba su piel, tacones elegantes… como si fuera a una reunión social y no a supervisar armas ilegales.
Negué levemente con la cabeza.
—¿Cómo te ha ido con el nuevo escolta?
Ella miró por la ventana antes de responder.
—Es callado… pero es como… querido.
Solté una risa corta.
—¿Querido?
—Sí —dijo encogiéndose de hombros—. Da miedo, pero es atento.
Asentí.
—Me alegra.
Hice una pausa.
—¿Y cómo vas con mi tío?
Sofía giró el rostro lentamente hacia mí.
—¿Con tu tío?
—Sí.
Frunció el ceño.
—Esa pregunta es rara.
Sonreí apenas.
—No tanto. Se llevan bien… y el tema de los amantes está implícito en nuestro acuerdo.
Sofía hizo una mueca de desagrado.
—No. Qué asco. Es muy viejo.
La miré divertido.
—¿Cuántos años crees que tiene?
—No sé… ¿cincuenta?
—Cincuenta y dos.
Ella negó de inmediato.
—No, Santiago. No me gustan mayores.
Le lancé una mirada de lado.
—¿Ah, no? ¿Y el italiano?
Se giró completamente hacia mí.
—¿Cuál italiano?
—Con el que saliste. Mucho mayor que tú.
—¡Nooo! —protestó—. ¿De dónde sacas eso?
—Luciano.
Sofía bufó.
—Así empiezan los chismes. Solo éramos amigos, nunca pasó nada.
—¿Nada de nada?
—Nada. Ni un beso.
Solté una risa.
—Luciano estaba preocupado por ti, créeme.
Sofía cruzó los brazos, molesta.
—Quién sabe qué idea loca se hizo en su cabeza… después me va a escuchar.
—Eso fue hace tiempo, Sofi. No le pongas atención.
Hubo un pequeño silencio.
—Mi tío me dijo que te iba a invitar a cenar.
Ella me miró sorprendida.
—¿Qué?
—Es decisión tuya, no mía.
Sofía desvió la mirada hacia la ventana, claramente incómoda.
Y por alguna razón…
Eso me hizo gracia.
---
Llegamos al lugar.
Luciano y Karen ya estaban allí.
Como siempre.
—¿Por qué llegan tan temprano a todo? —murmuró Sofía.
—No lo sé —respondí—. Nosotros llegamos cinco minutos antes.
Estacioné.
Bajé primero y rodeé el vehículo para abrirle la puerta.
Le ofrecí la mano.
Sofía la tomó.
Sonrió.
El día estaba soleado.
Demasiado.
Nos pusimos gafas oscuras mientras caminábamos hacia la bodega.
El lugar era enorme.
Discreto por fuera.
Pero por dentro…
Era otra historia.
Filas y filas de armamento.
Ordenado.
Clasificado.
Listo.
Entramos.
El proveedor ya estaba allí.
Comenzamos a revisar.
Preguntas técnicas.
Capacidad.
Alcance.
Mantenimiento.
Nuestros jefes de seguridad inspeccionaban por lotes.
Nada podía fallar.
Nada.
A Sofía y Karen les dieron dos sillas a un lado.
Ambas observaban con atención.
No eran ajenas a esto.
Pero tampoco estaban completamente acostumbradas.
Aun así…
Se mantenían firmes.
Volví a la conversación con Luciano.
—Si vamos a escalar esto, necesitamos duplicar el suministro —dijo él.
—Y asegurar rutas nuevas —añadí.
Karen intervino.
—También necesitamos información más precisa. No podemos reaccionar… tenemos que anticiparnos.
La miré.
Cada vez más involucrada.
Más fuerte.
Asentí.
—Tiene razón.
Todo parecía… relativamente controlado.
Hasta que…
La explosión.
El sonido fue brutal.
Seco.
Cercano.
Las paredes vibraron.
Sofía y Karen se pusieron de pie de inmediato.
Ambas se acercaron a nosotros.
Mi jefe de seguridad entró corriendo.
—Señor…
Lo miré.
—Fue su camioneta.
Sentí cómo todo se tensaba.
—Impacto directo… y luego explotó la de Luciano.
El silencio cayó como un golpe.
Luciano apretó la mandíbula.
—¿Daños?
—Totales.
Karen llevó una mano a su pecho.
Sofía… se quedó completamente quieta.
Miré a mi jefe de seguridad.
—¿Perímetro?
—En revisión. No hay heridos confirmados… pero esto fue planeado.
Claro que lo fue.
Respiré profundo.
Y luego…
Sonreí.
No de humor.
Sino de certeza.
—Ya no están jugando.
Luciano me miró.
—Nunca lo estuvieron.
Asentí lentamente.
Giré hacia el proveedor.
—Cierra el cargamento.
Volví a mi equipo.
—Nos vamos ya.
Tomé la mano de Sofía.
—No te sueltes.
Ella asintió.
Firme.
Salimos de la bodega rodeados de seguridad.
El ambiente había cambiado.
Ya no era tensión.
Era guerra abierta.
Miré los restos humeantes a la distancia.
Nuestras camionetas reducidas a metal quemado.
Un mensaje claro.
Directo.
Subí a otro vehículo.
Esperé a que todos estuvieran dentro.
Y entonces dije, con total calma:
—Esto se acabó.
Miré a Luciano.
—Los vamos a encontrar.
Luego a Sofía.
—Y esta vez…
Mi voz bajó apenas.
—No va a quedar nadie.