Me desperté aturdida en un lugar desconocído y después de una serie de acontecimientos me di cuenta que habia reencarnado en una novela, pero mi personaje no existia
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Sombras de la verdad
AURELIAN
Con la sangre en mis manos… no supe qué hacer.
Ahí estaba.
La verdad.
Pesando más que el acero de mi espada.
No estaba seguro de querer saberla… aunque en el fondo ya lo sabía. Era él. Lo había sentido desde el primer momento. En su mirada. En su terquedad. En esa forma irritante de desafiarme como si el mundo no le debiera nada a nadie.
Apreté el pañuelo con más fuerza.
—Maldición… —murmuré.
Marcos lo notó. Marcos siempre lo notaba todo.
No dijo nada al principio. Solo me miró. Luego, sin pedir permiso —como el maldito confianzudo que era— tomó el pañuelo de mis manos.
—Yo me encargo.
—Marcos…
—No puedes hacerlo tú. No con esa cara.
Fruncí el ceño.
—¿Qué cara?
—La cara de un hombre que tiene miedo.
Quise negarlo.
Pero no pude.
Así que lo dejé ir.
Él envió la muestra esa misma noche.
Y Saúl…
Saúl llevaba días sin regresar.
Eso me estaba volviendo loco.
Ese hombre podía desaparecer en medio del infierno y salir caminando como si nada, pero aun así… algo no se sentía bien.
Cada noche miraba la puerta.
Cada ruido.
Cada sombra.
Esperando.
Hasta que por fin…
Llegó.
Entró como un fantasma, cubierto de polvo, ojeroso, y con esa expresión que no prometía nada bueno.
—Habla.
No saludó.
Nunca lo hacía cuando las noticias eran malas.
—Mi señor… el Rey…
Apreté los dientes.
—Escúpelo.
Saúl dudó.
Eso fue peor que cualquier palabra.
—Está malversando fondos.
Silencio.
—Tiene redes de tráfico de personas.
El mundo se volvió frío.
—Y la guerra…
Se detuvo.
—La guerra comenzó porque él robó algo del reino vecino. No pude escuchar qué era exactamente… pero era importante.
Solté una risa.
No de alegría.
De incredulidad.
—Así que… todo esto…
Miré el mapa.
Los muertos.
La sangre.
El sufrimiento.
—¿Por codicia?
Saúl no respondió.
No hacía falta.
Golpeé la mesa.
—Basura.
No.
Basura no.
La basura tenía más dignidad.
Respiré hondo.
Mi mente empezó a moverse.
Rápido.
Frío.
Claro.
Un plan comenzaba a formarse.
Uno peligroso.
Uno del que no había regreso.
—Reúne a los generales.
Saúl asintió.
—Sí, mi señor.
Porque si el Rey era el monstruo…
Entonces alguien tenía que matarlo.
Y empezaba a aceptar que ese alguien…
Era yo.
AMARA
Actuaba normal.
Sonreía.
Curaba heridos.
Cocinaba.
Era la mujer que todos creían conocer.
Pero también era la sombra que nadie veía.
Escuchaba todo.
Siempre lo hacía.
Y me alegró.
Por fin.
La prueba de sangre.
Mi bebé merecía saber quién era.
De dónde venía.
Aunque…
Una parte de mí tenía miedo.
Porque si era de su familia…
Eso significaba que algún día podrían quitármelo.
Y eso…
No lo permitiría.
Nunca.
Pero algo más llamó mi atención.
No había registros míos.
Nada.
Ni un documento.
Ni un nombre.
Ni una venta.
Ni un dueño.
Nada.
Eso era imposible.
Este cuerpo había sido una esclava.
Recordaba el hambre.
El frío.
El miedo.
Recordaba el día que murió.
Y el día que yo desperté en él.
Suspiré.
—Qué conveniente…
Alguien había borrado todo.
Pero… ¿quién?
Y lo más importante…
¿Por qué?
¿Qué ocultaba esta vida antes de mí?
Miré mis manos.
Este cuerpo.
Esta vida.
No.
No era coincidencia.
Nunca lo era.
AURELIAN
Encontré a Marcos en mi tienda.
Estaba bebiendo.
Como siempre.
—Marcos.
—Aurelian.
Me miró.
Y supo.
—Oh, no. Esa es tu cara de “voy a hacer algo estúpido”.
—Necesito tu ayuda.
Suspiró.
—Por supuesto que sí. Porque claramente no tengo mejores decisiones que seguirte en tus locuras.
Sonreí un poco.
—Este Rey… necesita caer.
Silencio.
Marcos dejó la copa.
—Lo sé.
Eso me sorprendió.
—¿Lo sabes?
—Siempre lo supe.
Se levantó.
—La pregunta no es si necesita caer.
Se acercó.
—La pregunta es…
Sonrió.
—¿Qué tan loco es el plan?
Lo miré.
Y por primera vez en días…
No me sentí solo.
—Mucho.
Marcos soltó una carcajada.
—Perfecto.
Me extendió la mano.
—Entonces cuenta conmigo.
Porque así éramos.
Dos idiotas…
A punto de cambiar el mundo.
O destruirnos en el intento.
pensó que podría pero ya demostró Aurelian su potencial y que Amara no es una muñeca de decoración allá gobernará como igual a Aurelian no será una muñeca de adorno