Olivia Grimaldi lo tiene todo… excepto libertad.
Heredera de una de las familias más poderosas de Estados Unidos, su vida está cuidadosamente diseñada: un matrimonio arreglado, una imagen perfecta y un futuro donde el amor no tiene lugar. Hasta que una noche decide romper una sola regla… y conoce a Alexander Rozanov.
Rico, influyente y peligrosamente seguro de sí mismo, Alex no cree en límites ni en promesas. No persigue mujeres comprometidas, no se involucra y no repite errores.
Hasta que Olivia se convierte en su excepción.
Lo que comienza como una chispa prohibida se transforma en un juego de deseo, poder y control, donde cada encuentro los empuja más cerca de una línea que no deberían cruzar… y que, en el fondo, ambos desean romper.
Porque él no quiere salvarla.
Quiere que sea ella quien elija caer.
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Capítulo 11
Olivia
El vapor todavía empaña el espejo cuando paso la toalla por mi cabello húmedo, desenredando mechón por mechón. Mis manos se mueven solas, ya que mi mente está en otro lugar. En un coche oscuro, en unos ojos desafiantes que estaban dispuestos a hacer cualquier cosa.
El alivio que sentí cuando el auto se detuvo cerca de casa todavía me afloja el pecho al recordarlo. Estar al lado de ese hombre se siente como si todo el oxigeno de la atmosfera se extinguiera bajo una llamarada ardiente, pero no estaba incomoda del todo por ello, sino por esa grieta que deje abrirse ante él.
Ese tono que usó. Esa forma de decir castigo como si estuviera jugando… pero no del todo.
Mi reflejo me devuelve una expresión tensa y aprieto los labios. No puedo excusarme con eso, el no estaba planeando nada malo y no fue lo que dijo lo que arruinó el momento, fue lo que despertó.
Recuerdos que mantengo enterrados bajo capas de obediencia, sonrisas educadas y vestidos caros. Sensaciones de no tener control. De que alguien decide por mí. De que mi cuerpo, mi tiempo, mi vida… son un acuerdo entre otras personas.
Cierro los ojos un segundo y respiro.
Le pedí que me dejara una cuadra antes debido a eso. No quería que los guardias vieran bajar a la hija perfecta de un auto que no conocen. No quería preguntas y no quería reportes que luego le entregarían a mi padre. No quería que el mundo al que pertenezco rozara siquiera el mundo al que él huele.
Por fortuna, él no discutió. No hizo ni una broma, alguna pregunta y tampoco me dio una de esas sonrisas de lado que me descolocan.
Solo se detuvo y eso fue casi peor, porque quiere decir que mi comportamiento le hizo entender que hay algo mal.
Dejo la toalla a un lado y empiezo a secarme el cabello con el secador. El ruido llena el baño, pero no logra tapar su voz en mi cabeza.
“Olvídate de las reglas.”
Como si fuera tan fácil. Libertino, engreído y petulante. Sé cree mucho al gritarme su libertad en la cara, ahg, me dan ganas de pegarle en la cabeza con este secador.
Apago el secador de golpe y el silencio cae pesado. Los ruidos están prohibidos en esta casa, para todos. Sin importar la hora.
Mi teléfono está sobre el mármol. Lo miro, como lo he estado haciendo desde que regresé, pero no hay mensajes nuevos, decido voltearlo boca abajo, como si así pudiera apagar también lo que provoca en mí.
No es deseo solamente. Eso sería sencillo. Es vértigo. Él me mira como si ya supiera quién soy cuando nadie me está mirando. Y eso… eso da más miedo que cualquier cosa que pueda hacer con sus manos. No quiero que vea en mi interior, no quiero, me niego a que vea las cosas que hay mal en mi.
Me paso los dedos por el cabello ya casi seco y me obligo a erguirme mientras comienzo a trenzarlo. Mi madre me enseñó a hacerlo desde que era una niña. "Una dama siempre debe despertar impecable" eso es lo que dice.
Tengo una boda. Una familia. Un apellido que pesa toneladas. Una vida trazada con tinta permanente.
Tengo que enfocarme de nuevo, estos fueron unos días raros y nada más. Saboreé la libertad por un instante, pero eso fue todo. Nada en mi vida va a cambiar a causa de eso y tengo asuntos más importantes en que pensar, como por ejemplo, como voy a lograr soportar mi noche de bodas, cuando detesto hasta la forma en que me mira mi prometido.
***
Despierto con esa sensación rara de no saber dónde estoy durante un segundo. El techo blanco, las cortinas de lino, el aroma suave del difusor de lavanda… todo vuelve a encajar.
Estrujo despacio mis ojos para espabilarme, y al abrirlos, me encuentro con mi padre. Está sentado en el sillón junto a la ventana, con las piernas cruzadas y las manos apoyadas sobre el bastón que no necesita pero siempre usa cuando quiere parecer más… imponente.
El corazón se me va directo a la garganta.
Me incorporo de golpe en la cama, sujetando las sábanas contra mi pecho aunque estoy perfectamente vestida con mi pijama de seda.
—Buen día, papá— Mi voz sale más fina de lo que me gustaría. —¿Hace… hace cuánto estás ahí? No te escuché entrar.
Él no responde enseguida. Solo me observa. Ese tipo de mirada que no es de padre, sino de juez. ¿Es que acaso sabe algo de lo que hice con Alex?
—Hoy es la cena de Alfred Betancour— Dice al fin, aliviando mi preocupación, pero con ese tono calmo que nunca significa nada bueno. —Quiero creer que no tengo que darte ningún tipo de incentivo para que recuerdes que vas en representación de nuestra familia y debes cuidar todo lo que dices y haces.
Mi espalda se endereza sola. Es un reflejo que aprendí de niña.
"Incentivo." La palabra se me clava en el estómago porque sé a lo que se refiere con eso.
—No hace falta ningún incentivo, papá— Respondo rápido. —Conozco mi lugar y cómo debo comportarme.
Él sigue mirándome como si estuviera evaluando si miento. Como si pudiera ver a través de mi piel, directo a lo que por mi bien, intento mantener bajo llave.
Mis manos se aprietan bajo la sábana y entonces, como si cambiara de máscara, su expresión se suaviza. Sus labios se curvan. se pone de pie con elegancia y se acerca a la cama.
Me da unas palmaditas en la cabeza, como a una mascota que aprendió el truco correcto.
—Bien. Ya que todo está aclarado, nos veremos el lunes, querida.
Asiento como siempre.
Tengo el impulso de preguntarle por qué mamá no vino también. Ella siempre se despide. Siempre finge que somos una familia normal antes de que algo arruine la escena.
Pero me muerdo la lengua. A papá no le gustan las preguntas y a mí no me gustan las consecuencias.
—Que tengas un buen fin de semana— Murmuro.
Él ya está en la puerta cuando lo digo y no responde.
Cuando la puerta se cierra, el aire de la habitación cambia. Como si alguien hubiera abierto una ventana invisible y me doy cuenta de que estaba conteniendo la respiración.
Exhalo temblando y miro mis manos.
No soy una niña.
Tengo edad suficiente para decidir con quién me acuesto, a quién beso, a quién odio y aun así, una sola visita suya basta para hacerme sentir pequeña, guardada en una vitrina.
Conozco mi lugar. Lo dije sin pensar y eso es lo peor.
Me dejo caer de nuevo sobre la almohada, mirando el techo. Esta noche debo sonreír entre diseñadores, cámaras, joyas, vestidos y desconocidos. Debo ser una perfecta heredera.
Charles Grimaldi, padre de Olivia