Emanuel lo tiene todo… menos la libertad de ser quien realmente es.
El mejor alumno de la universidad, el hijo perfecto, un secreto que pesa demasiado.
Una cita equivocada lo lleva a conocer a Sasha y a su hermano Héctor, alguien que vive sin esconderse y despierta en él lo que siempre negó.
Entre miradas prohibidas, decisiones difíciles y una verdad que amenaza con salir a la luz, Emanuel deberá elegir entre seguir fingiendo o amar sin miedo.
Porque hay silencios que duelen más que cualquier verdad.
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Capítulo XVIII La invitación
Capítulo: La invitación
La cafetería de la universidad estaba llena como siempre: risas, charlas cruzadas, bandejas chocando y el olor a café recién hecho flotando en el aire. Emanuel estaba sentado con Santiago, Sasha y Héctor en la mesa de siempre. Emanuel revolvía su jugo distraído, Santiago hablaba sin parar de una materia que odiaba, Sasha se reía de todo y Héctor los miraba a los tres como si ese momento fuera suficiente para hacerlo feliz.
—Les juro que ese profesor me tiene manía —decía Santiago, exagerando con las manos—. Me mira como si yo hubiera incendiado su casa.
—Capaz que en otra vida —le responde Sasha, riéndose—. Con esa cara de inocente nadie te cree nada.
Emanuel sonríe apenas, apoyando el mentón en la mano. Héctor lo nota y le pregunta bajito:
—¿Estás bien?
—Sí… solo cansado —responde Emanuel, devolviéndole una sonrisa suave.
En ese momento, una sombra se detiene frente a la mesa. Los cuatro levantan la vista al mismo tiempo. Es la novia de Marcos: segura, bien arreglada, con esa sonrisa que no se sabe si es simpática o peligrosa.
—Hola —dice, cruzándose de brazos—. Vengo a invitarlos a una fiesta este viernes.
Santiago frunce el ceño de inmediato.
—¿Una fiesta… de Marcos? —pregunta, sin disimular la incomodidad.
—Sí —responde ella—. Va a estar buenísima. Música, alcohol, gente divertida… no como acá.
Sasha se inclina hacia adelante, divertida:
—¿Y por qué nosotros?
La chica se encoge de hombros.
—Porque me dijeron que son… interesantes.
Emanuel baja la mirada. Héctor siente cómo se le tensa el cuerpo. El ambiente cambia en segundos.
—No creo que sea buena idea —dice Sasha con una sonrisa educada—. Gracias igual.
La chica ríe, pero no de buena manera.
—¿Qué pasa? ¿Tienen miedo? —los mira uno por uno—. ¿O son unos cobardes? Tranquilos, no los vamos a morder.
Eso fue suficiente.
Santiago se levanta de golpe, apoyando las manos sobre la mesa.
—¿Cobardes? —dice, molesto—. Dale, anotá nuestros nombres. Vamos.
—Santi… —intenta decir Sasha.
—No —continúa él—. Ya me cansé de que nos miren de arriba.
Emanuel lo mira sorprendido y, sin pensarlo demasiado, se pone de pie también.
—Si vas vos, yo voy —dice Emanuel—. No te voy a dejar solo.
Héctor se levanta último. Mira a Emanuel, luego a Santiago y Sasha.
—Vamos los cuatro —dice firme—. Juntos.
La chica sonríe, claramente satisfecha.
—Perfecto —dice—. Entonces los espero. No se arrepentirán.
Se da media vuelta y se va, moviendo el cabello con orgullo, convencida de que ganó.
Cuando desaparece entre la gente, el silencio cae pesado sobre la mesa.
—Genial —dice Sasha—. Acabamos de aceptar ir a la boca del lobo.
—Exagerada —responde Santiago, aunque traga saliva—. ¿Qué puede pasar?
Héctor toma la mano de Emanuel por debajo de la mesa.
—Si no te sentís cómodo, nos vamos —le dice—. En cualquier momento.
Emanuel asiente, aunque algo en su pecho no termina de tranquilizarse.
—Algo me dice que esa fiesta… no va a ser normal —murmura Sasha.
Los cuatro se miran. Ninguno lo dice en voz alta, pero todos sienten lo mismo:
la chica se fue feliz, orgullosa de su cometido…
sin imaginar todo lo que esa noche va a desatar
La música se escuchaba desde media cuadra antes de llegar. Luces de colores, risas fuertes y ese olor a noche que prometía caos.
Sasha caminaba adelante, espectacular, con un vestido negro corto que le marcaba las piernas y una colita alta que la hacía ver aún más segura. Emanuel iba a su lado, elegante y provocador sin darse cuenta; Héctor, relajado pero imponente; y Santiago cerrando el grupo, con esa sonrisa despreocupada que siempre terminaba metiéndolo en problemas.
—Esto va a ser una locura —dijo Emanuel, mirando el lugar.
—Relajá —respondió Sasha—. Si nos portamos mal, al menos que valga la pena.
Apenas entraron, el ambiente cambió. Y entonces Brandon apareció.
Sus ojos brillaron apenas vio a Sasha. No miró a nadie más. Se acercó directo, sin dudar.
—Te estuve esperando —le dijo, bajando un poco la voz—. Pensé que no ibas a venir… ni que me ibas a mandar mensaje.
Sasha sonrió, ladeando la cabeza.
—Lo siento… ¿querés tomar algo?
Eso fue todo. Brandon le ofreció el brazo y se fueron juntos, perdiéndose entre la gente.
Héctor miró a Emanuel y levantó una ceja.
—¿Tomamos algo nosotros?
—Sí… mejor —respondió Emanuel, aunque algo en el aire ya se sentía raro.
Mientras tanto, Santiago desapareció entre la multitud. Risas, empujones, música cada vez más fuerte. Y de pronto…
¡Un estruendo!
Un grito colectivo.
Emanuel y Héctor se dieron vuelta al mismo tiempo.
—¡SANTIAGO! —gritó Emanuel.
La piscina.
Santiago flotaba en el agua.
La gente se reía. Algunos grababan. Nadie ayudaba.
—¡Corré! —dijo Héctor.
Pero antes de que llegaran, Marcos se tiró sin pensarlo. Lo agarró y lo sacó del agua. Santiago no reaccionaba. Marcos, nervioso, lo acomodó en el piso y empezó a hacerle respiración boca a boca.
—¡Despertá, por favor! —decía.
Y entonces la voz que rompió todo:
—¡MARICÓN! —gritó la novia de Marcos—. ¡Lo estás besando!
El silencio fue inmediato.
Las risas murieron.
Todas las miradas se giraron hacia ella… con asco.
Sasha apareció de la nada, furiosa.
¡PLAF!
La bofetada resonó más fuerte que la música.
—CERRÁ LA BOCA —le dijo—. Vos no sabés amar.
En ese mismo instante, Santiago tosió… y abrió los ojos.
—Uh… —murmuró.
Se inclinó hacia Marcos y, al oído, le susurró con una sonrisa peligrosa:
—No te lo voy a perdonar… es ella o yo.
Marcos quedó helado. No dijo nada.
Emanuel y Héctor llegaron y agarraron a Santiago, llevándoselo antes de que todo explotara más.
—¿Estás loco? —le dijo Emanuel—. ¡Nos matás del susto!
—Funcionó —respondió Santiago, guiñando un ojo.
Brandon apareció también, mirando a Marcos con rabia.
—Marcos… tu novia está loca.
Nadie lo contradijo.
La fiesta seguía, pero para ellos ya había terminado algo… y empezado otra cosa mucho más peligrosa.
La música de la fiesta quedaba atrás, cada vez más lejana. Las luces, las risas y el caos ya no importaban. Caminaban en silencio, con la tensión pegada al cuerpo. Santiago iba mojado, temblando todavía por el frío y por todo lo que había pasado. Emanuel caminaba a su lado, confundido, con el corazón acelerado. Sasha los miraba de reojo, alerta. Héctor iba rígido, con la mandíbula apretada. Brandon cerraba el grupo, observando sin decir nada.
De repente, pasos apurados rompieron el silencio.
—¡Santiago! —gritó Marcos, corriendo hacia ellos.
Todos se detuvieron.
Marcos llegó sin aire, desesperado.
—Por favor… dejame hablar con vos. Necesito explicarte.
Héctor se giró de inmediato, interponiéndose.
—No —dijo firme—. No vas a hablar con él.
Emanuel se quedó helado. Nunca había escuchado a Héctor con ese tono tan cortante.
Santiago levantó la cabeza. Miró a Marcos. Había dolor en sus ojos, pero también algo que necesitaba cerrar.
—Yo… —dijo despacio— quiero hablar con él.
Antes de que nadie reaccionara, Héctor agarró fuerte la mano de Santiago.
—No —repitió—. No vas a volver a dejar que te lastime.
Y empezó a tirar de él para irse.
—¡Héctor! —dijo Emanuel, sorprendido—. Pará…
Sasha abrió los ojos, incómoda. Brandon frunció el ceño. Marcos se quedó mirando la escena, confundido.
—¿Qué te pasa? —le dijo Marcos a Héctor—. ¿Quién sos vos para decidir?
Santiago intentó soltarse.
—Héctor, soltame —pidió—. Por favor.
—No —dijo él, sin mirarlo—. Ya fue suficiente, Santiago.
Marcos dio un paso adelante y, señalando la mano entrelazada, lanzó la pregunta que nadie esperaba:
—Pará… ¿no es tu novio?
El silencio cayó como una bomba.
Emanuel sintió que algo se rompía por dentro. Miró la mano de Héctor agarrando a Santiago. Miró la cara de Santiago. Miró a Héctor.
Santiago se puso pálido.
—Héctor… —dijo con la voz quebrada—. Por favor, soltame. Le vas a hacer daño a Emanuel.
Emanuel sintió ese nombre clavarse en el pecho.
—¿A mí? —susurró.
Héctor apretó los dedos, temblando.
—Siempre es lo mismo —dijo con bronca contenida—. Siempre él aparece y vos volvés a caer.
Y ahí Emanuel lo entendió.
No fue una frase.
No fue un grito.
Fue la manera en que Héctor miraba a Santiago: con miedo de perderlo, con rabia, con algo demasiado profundo para ser solo amistad.
Emanuel dio un paso atrás, en shock.
—Entonces… —dijo lentamente— no era protección.
Levantó la vista y miró a Héctor.
—Eran sentimientos.
Sasha se llevó una mano a la boca. Brandon negó con la cabeza.
—Héctor… —dijo Santiago, casi llorando—. Basta. Me estás lastimando.
Eso fue lo que lo hizo soltar.
Héctor dejó caer la mano de Santiago como si quemara. Bajó la mirada. No negó nada. No pudo.
Marcos habló, incrédulo:
—Héctor… mi novia está loca, sí, pero esto… ¿esto es por vos?
Brandon dio un paso al frente.
—Marcos, basta —dijo—. Mirá lo que estás provocando.
Emanuel respiró hondo. Sentía el pecho apretado.
—Ahora lo entiendo todo —dijo en voz baja—. Y duele más de lo que pensé.
Santiago lo miró, lleno de culpa.
Esa noche nadie gritó más.
No hubo golpes.
Pero las verdades que salieron iban a cambiarlo todo.
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✍️ Luna Aoul 🌸