Majic, Lycka y Huimang son reinas poderosas, pero deberán tomar decisiones cruciales para salvar a los seres que aman y a sus reinos, en una guerra contra seres guiados por los mismos dioses. ¿Podrán defender lo que más aman?
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Cap. 12. Reverie nunca duda
Reverie parecía existir fuera del tiempo. No porque el mundo no avanzara allí, sino porque nada era urgente. Los árboles crecían sin prisa, los ríos no competía con su propio cauce y hasta la luz parecía asentarse con suavidad sobre los mármoles blancos del palacio ducal.
Era un lugar que no admitía violencia, ni mentira, ni ambición oscura; solo quienes llevaban el corazón en equilibrio podían permanecer demasiado tiempo entre sus jardines sin que la tierra los rechazara.
Por eso Majic había aceptado ir. Había dejado a Ghian como regente de Susumira con plena confianza, no solo como medio hermano, sino como heredero capaz, y había partido con Josag hacia aquel ducado que le pertenecía por sangre.
Necesitaban descanso, necesitaban silencio, necesitaban recordar quiénes eran cuando no estaban sosteniendo un reino con las manos.
Esa tarde, sin embargo, Reverie no estaba en silencio. Majic lo advirtió antes de comprenderlo. Una inquietud leve, apenas perceptible, recorrió el aire mientras caminaba por la terraza. No era una amenaza, ni un presagio claro, sino una alteración sutil, como cuando una melodía se desafina apenas medio tono y el oído aún no sabe nombrarlo, pero el cuerpo sí lo siente.
Se detuvo junto a una enredadera que trepaba por la balaustrada. Las hojas eran de un verde luminoso que siempre parecía vibrar con vida propia. Extendió la mano para rozarlas y, bajo sus dedos, el color palideció hasta volverse gris ceniza por un instante, antes de recuperar su tono.
Majic frunció el ceño. Reverie no enfermaba.
Detrás de ella, percibió el movimiento de Josag antes de escucharlo. Él no había dicho nada, pero su presencia tenía esa cualidad inconfundible de equilibrio firme que siempre la tranquilizaba.
Esta vez, sin embargo, había algo distinto en su postura, una tensión apenas visible en los hombros.
- “Lo sentiste”, dijo él con voz baja.
No necesitaban más palabras. Majic asintió y caminó hacia él. A cada paso, el mármol reflejaba la luz de las estrellas con su habitual pureza, pero al acercarse notó que una de las piedras permanecía opaca, como si no respondiera del todo.
Josag se inclinó y apoyó la palma sobre la superficie. El suelo vibró bajo su contacto, no con rechazo, sino con reconocimiento y esa vibración se prolongó más de lo normal, como si la tierra estuviera evaluándolo.
Majic lo observó con atención. Reverie no reaccionaba a títulos ni a coronas, reaccionaba a esencia. Y algo en la esencia de su esposo estaba siendo llamado desde un lugar que ninguno de los dos alcanzaba a ver.
Josag llevó la mano a su pecho con un gesto casi inconsciente. No era dolor. Era una sensación de desajuste, como si dos latidos intentaran marcar ritmos distintos dentro de un mismo cuerpo.
Majic descendió los escalones que los separaban y tomó su rostro entre las manos. El fuego acudió a ella de inmediato, dócil y profundo, encendiéndose en la línea de sus dedos con ese rojo intenso que siempre la había definido. Lo dejó fluir hacia él, buscando estabilizar aquello que no entendía.
Durante un segundo, el fuego cambió, no fue rojo, era blanco, ambos lo vieron. No era el blanco de la luz. Era el blanco absoluto, el que no quema ni consume, el que existe antes de toda llama.
Majic retiró la mano lentamente, sin romper el contacto visual, y el color regresó a su estado habitual como si nada hubiese ocurrido, pero algo sí había ocurrido.
En el bosque que rodeaba el palacio, un ciervo, uno de aquellos que solo se dejaban ver ante almas limpias, levantó la cabeza y retrocedió varios pasos antes de desaparecer entre los árboles. No huyó con miedo, se retiró con cautela. Majic sintió esa retirada como una punzada.
- “Reverie nunca duda”, murmuró la reina de Susumira.
Josag la miró, y por un instante en sus ojos grises cruzó una sombra que no pertenecía al hombre que había elegido amar, sino a algo más antiguo, más vasto.
- “Tal vez no está dudando de nosotros. Tal vez está recordando algo que yo no recuerdo”, respondió Josag con serenidad inquietante.
A lo lejos, en el límite invisible que protegía el ducado, la barrera que normalmente rechazaba a todo corazón impuro vaciló apenas un segundo ante la presencia de alguien que intentaba cruzarla sin permiso. No lo dejó pasar, pero tampoco reaccionó con la firmeza habitual.
Cuando una tierra sagrada vacila, es porque su señor también lo hace. Josag cerró los ojos, y en la oscuridad de su mente apareció una imagen fugaz, un trono vacío bajo un cielo sin estrellas, una sensación de espera interminable, de algo que debía ocupar un lugar que aún no estaba reclamado.
Al abrirlos, el jardín seguía allí. Majic seguía frente a él. La noche seguía siendo serena, pero el descanso había terminado. Y Reverie no estaba completamente en paz bajo su presencia.