No todas las cicatrices se ven en la piel. Algunas habitan en la memoria, en las emociones y en los recuerdos que tratamos de callar. La historia de Liam es un testimonio vivo de esas cicatrices invisibles y de la valentía de ponerlas en palabras.
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Capítulo 2: Una casualidad incómoda
Los años no borran las cosas; solo las entierran bajo capas de silencio y concreto.
Aprendí a crecer rápido, no porque quisiera, sino porque el mundo dejó de ser un lugar donde se pudiera caminar con las rodillas raspadas y el corazón tranquilo. La finca, los juegos y la torta de chocolate de mi madre se convirtieron en recuerdos borrosos, sustituidos por una vigilancia constante que se me instaló en la base del cráneo. Con el tiempo, mi cuerpo dejó de pertenecerle a la inocencia y empezó a pertenecerle a la defensa. Me volví experto en leer las sombras, en anticipar el peligro y, sobre todo, en construir muros que nadie —absolutamente nadie— pudiera escalar.
A mis veintidós, la ciudad se había vuelto mi refugio. Un lugar lleno de extraños donde mi nombre no significaba nada y donde el ruido de los autos lograba callar, a veces, el eco de las voces que no quería recordar.
Esa noche, el aire pesaba más de lo habitual.
El metal frío de la baranda se sentía áspero bajo mis manos. Estaba inclinado hacia adelante, observando el vacío bajo el puente, no porque quisiera saltar, sino porque mirar al frente siempre había sido más difícil. El cigarrillo ardía entre mis dedos y el humo subía lento, deshaciéndose en el aire nocturno como mis pensamientos.
No pensaba en nada concreto. Pensar dolía.
Fue entonces cuando escuché pasos apresurados detrás de mí.
No volteé de inmediato. Solo observé cómo el humo se deslizaba frente a mis ojos, deformando la luz de los postes. Una voz masculina, demasiado cerca, demasiado insistente, rompió el silencio.
—Vamos, no te hagas la difícil.
Apreté la mandíbula sin darme cuenta. El cuerpo reaccionó antes que la cabeza. Sentí esa presión conocida en el estómago, una náusea vieja, automática, como si algo dentro de mí reconociera el peligro antes de que yo quisiera aceptarlo. Cerré los puños, clavando las uñas en la piel, obligándome a mantenerme quieto.
No era mi problema. Nunca lo era. El mundo estaba lleno de escenas así, y yo había aprendido a no involucrarme. Aun así, algo me obligó a girar un poco el rostro.
La vi.
La chica mantenía cierta distancia del hombre, suficiente para no ser tocada, pero no la suficiente para escapar. No gritaba. No lloraba. Solo retrocedía con torpeza, como si no terminara de comprender el peligro real.
Suspiré con fastidio y empujé el cuerpo hacia atrás, apoyándome mejor en la baranda.
—Oye —dije, sin mirarlos del todo—. ¿No ves que está ocupada?
El hombre me observó de arriba abajo. Los tatuajes, la ropa oscura, el cigarro. Me evaluó con la misma mirada con la que algunos animales miden si atacar o huir. El asco me subió a la garganta.
—¿Y tú quién eres?
Giré por fin el rostro hacia la chica y, sin mirarla directamente, solté con desinterés:
—Cariño, llegas tarde.
Ella entendió al instante. Dio un paso hacia mí, pero se detuvo a medio metro, sin tocarme. Agradecí esa distancia más de lo que habría querido admitir.
—Perdón... me distraje —dijo, con voz firme, aunque ligeramente temblorosa.
El tipo dudó. Me sostuvo la mirada un segundo más y luego chasqueó la lengua antes de marcharse murmurando algo ininteligible.
Cuando sus pasos se perdieron, el silencio volvió, incómodo y espeso.
—Eres demasiado ingenua —dije sin mirarla, observando de nuevo el humo—. ¿Y si yo fuera como él? ¿Y si quisiera tocarte o hacerte algo peor?
Esperaba que se alejara. Que se disculpara. Que huyera.
Pero no lo hizo.
—Creo que ya lo habrías hecho —respondió—. Además, no parecías alguien que quisiera unirse a él.
La miré de reojo. Eso me irritó.
—No deberías confiar así en la gente —repliqué—. El mundo no funciona como crees.
—Tal vez —dijo con calma—. Pero alguien tenía que intervenir.
No supe qué contestar. Di una calada larga al cigarro.
—¿Qué haces sola a estas horas? —pregunté.
—Salí con amigas... pero me dejaron —respondió bajando la mirada—. No sé cómo volver a casa.
—¿Te escapaste?
Asintió, avergonzada.
Solté una risa seca.
—Genial. Primera lección: no se escapa sin saber volver.
—¿Podrías ayudarme? —preguntó—. Te pagaré —añadió rápido.
Eso me molestó aún más.
—No necesito tu dinero.
—Entonces... gracias —dijo, sorprendida.
Me enderecé y caminé unos pasos, indicándole que me siguiera. No la miré mientras avanzábamos. Ella tampoco se acercó demasiado.
Caminamos en silencio. El sonido de sus pasos era distinto a los míos: más ligeros, más constantes. Me obligaba a mantener una distancia exacta, casi medida, como si su cercanía pudiera quemarme o romper algo que llevaba demasiado tiempo sosteniendo.
—¿Puedes llevarme hasta esta dirección? —dijo al fin, extendiéndome el teléfono—. Es... cerca del barrio norte.
Asentí sin comentar nada.
Cuando llegamos, la casa resultó ser una mansión silenciosa y demasiado grande. Se detuvo en la entrada, como si aquel lugar también le pesara.
—Me llamo Hazel —dijo—. Gracias por ayudarme.
—No sonrías así —respondí con brusquedad—. No sabes quién soy.
Ella no dejó de hacerlo.
—Buenas noches —dijo simplemente.
Se dio la vuelta y entró.
Me quedé allí unos segundos más de lo necesario. Luego me marché.
No sabía por qué esa escena me había alterado tanto. No era especial. No era diferente.
Y, sin embargo, algo en su naturalidad me había incomodado más que cualquier amenaza.