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Latidos Prohibidos

Latidos Prohibidos

Status: Terminada
Genre:CEO / Romance / Enfermizo / Completas
Popularitas:20.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Thanan

Valentina Romero siempre ha vivido con una sonrisa, tratando de ver el lado bueno de la vida a pesar de su corazón frágil. Cada día es una batalla silenciosa entre la fuerza que muestra al mundo y la vulnerabilidad que la acompaña en la soledad de su habitación. Sabe que amar podría significar dolor, que entregar su corazón podría ser un lujo que no puede permitirse.

Hasta que conoce a Dante Moretti , un CEO poderoso, frío y seguro de sí mismo, cuya mirada no la trata con lástima, sino con un interés que la desconcierta y la atrae como nunca antes. Él percibe sus miedos y debilidades, pero no los juzga; él la ve.

Juntos comienzan una relación sin promesas, sin etiquetas, marcada por la pasión contenida, la complicidad y la química que ambos sienten, aunque el tiempo no esté de su lado. Mientras la enfermedad de Valentina avanza silenciosa, los sentimientos crecen y la tensión entre lo que desean y lo que temen alcanzar se hace insoportable.

NovelToon tiene autorización de Thanan para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12: Bajo el cielo de abril

El sábado siguiente amaneció con un cielo de un azul despejado y brillante, el tipo de día que parece creado para promesas y nuevos comienzos.

Valentina, sintiendo un destello de la terquedad que había reavivado en la trastienda, decidió no malgastarlo entre cuatro paredes.

Se puso unos vaqueros, unas zapatillas cómodas y una chaqueta ligera, y se dirigió al mercado de agricultores que se instalaba cada semana en la plaza mayor.

El lugar era un hervidero de color y vida. Puestos con frutas y verduras relucientes, mesas con quesos artesanales, el aroma del pan recién horneado y las flores cortadas se mezclaban en el aire.

Caminar entre la multitud, dejándose llevar por la corriente de gente, sintiéndose anónima y, al mismo tiempo, parte de algo vibrante, era un medicamento para el alma.

Compró unas manzanas rojas y brillantes y un pequeño ramo de narcisos amarillos, un capricho para su apartamento.

Fue mientras pagaba por las flores que lo vio. No como una aparición dramática, sino como una pieza más del paisaje que, de repente, cobraba un foco intenso y personal.

Dante estaba en el puesto de al lado, examinando una bolsa de granos de café con una concentración que un neurocirujano podría envidiar.

Vestía de manera casual —un jersey de cuello alto negro bajo una cazadora de cuero marrón—, pero la elegancia innata que desprendía lo hacía parecer fuera de lugar entre los compradores con sus carritos de la compra. Parecía un lobo en un rebaño de corderos, pero un lobo interesado en el café de especialidad.

Valentina sintió una punzada de pánico, seguida de una oleada de esa curiosidad obstinada que había decidido alimentar.

Podría haberse girado y perderse entre la multitud. En lugar de eso, se quedó quieta, observándolo. Él alzó la mirada en ese momento, como si hubiera sentido el peso de la suya. Sus ojos grises la encontraron inmediatamente y, esta vez, no hubo sorpresa. Solo una lenta, satisfecha certeza, como si hubiera estado esperándola.

Esbozó una leve sonrisa, un gesto pequeño pero que transformaba por completo su rostro severo. Dejó la bolsa de café y se acercó a ella.

—Parece que nuestros gustos gastronómicos coinciden —dijo, su voz grave en contraste con el alegre bullicio del mercado.

—O que nuestros pasos siguen el mismo algoritmo sin que lo sepamos —respondió Val, encontrando su tono sarcástico con más facilidad de la que esperaba. Sostuvo el ramo de narcisos como un pequeño escudo—. ¿Investigando los orígenes del café que derramó sobre mí?

—Intentando redimirme con una elección superior —replicó él, con un deje de humor seco. Su mirada bajó a las flores—. Narcisos. Una elección optimista.

—O tercos. Se abren paso aun cuando el invierno se resiste a marcharse.

—dijo ella, y la metáfora no pasó desapercibida para ninguno de los dos.

Los ojos de Dante se suavizaron imperceptiblemente.

—Justo. Terquedad, me gusta.

La dueña del puesto de flores, una mujer mayor con mejillas sonrosadas, intervino con una sonrisa cómplice.

—¿Para su novia, joven? Tengo rosas más bonitas.

El momento se congeló. Valentina sintió que se ruborizaba hasta la raíz del cabello. Dante no se inmutó. Miró a la mujer y luego a Val, con una intensidad que le cortó la respiración.

—Ella no es mi novia —dijo, su voz clara y serena, sin rastro de incomodidad—. Todavía.

La dueña soltó una carcajada.

—¡Ah, jóvenes! Toma las flores, cariño. Por la terquedad.

Valentina cogió el ramo, sintiendo que la tierra se movía bajo sus pies, pero por una razón completamente distinta a su enfermedad.

Todavía.

La palabra flotaba en el aire entre ellos, cargada de una intención tan clara y directa que resultaba aterradora y excitante a partes iguales.

—¿Camina? —preguntó Dante, rompiendo el hechizo.

—¿Perdón?

—¿Tiene prisa? —reformuló con una paciencia que parecía nueva en él—. ¿O puede permitirse perder media hora paseando por un mercado?

Era una invitación. Clara y directa. Valentina miró sus manzanas, sus flores y luego a él. El miedo le susurró que dijera que no, que se fuera a casa, a su lugar seguro. La curiosidad, y algo más profundo y valiente, le gritó que dijera que sí.

—Media hora —aceptó, con una voz un poco más alta de lo normal—. Tengo un libro que espera ser leído.

—Media hora —asintió él, como si sellaran un acuerdo comercial.

Caminaron juntos, sin un rumbo fijo, esquivando carritos y grupos de gente. La conversación fluyó con una sorprendente naturalidad. Hablaron de los puestos, de la absurda moda de los aguacates con etiquetas pegadas, de la película que había ganado el último Óscar. Él era mordaz e inteligente, con un humor negro que a Val le encantó. Ella le devolvía el sarcasmo con creces, encontrándose riendo de verdad, con una ligereza que no sentía desde hacía mucho tiempo.

En un momento dado, se detuvieron frente a un puesto de miel. Dante examinaba un tarro de miel de brezo, oscura como un diamante.

—Para el té —dijo, en respuesta a su mirada inquisitiva—. El azúcar blanco es una herejía.

—Qué exigente —bromeó ella.

—Solo con las cosas que importan —respondió él, y su mirada dejó claro que no solo hablaba de la miel.

Valentina sintió que el corazón le daba un vuelco. El sol calentaba su nuca, la multitud murmuraba a su alrededor, y por un instante, todo era perfecto.

Demasiado perfecto. Y su cuerpo, como si se rebelara contra tanta normalidad, eligió ese momento para recordarle su presencia.

Fue solo un breve mareo. Una ligera sensación de que el suelo se hundía un centímetro bajo sus pies. No fue nada comparado con otros episodios. No se tambaleó. No jadeó. Solo parpadeó con fuerza, y un velo de sudor frío le cubrió la frente por un segundo.

Pero fue suficiente. Para él.

Dante interrumpió su examen de la miel y se volvió hacia ella. No dijo nada. No hizo un movimiento brusco. Solo la miró. Sus ojos, tan perceptivos, barrieron su rostro, deteniéndose en su frente ligeramente húmeda, en el parpadeo demasiado rápido de sus pestañas. No había alarma en su expresión, solo una atención aguda y total. Como un halcón que hubiera detectado el más mínimo cambio en la presa.

—¿Está bien? —preguntó, su voz baja, solo para sus oídos.

—Sí —respondió ella demasiado rápido, forzando una sonrisa—. Solo un poco de calor. Hay mucha gente.

Él sostuvo su mirada durante un segundo más, como si evaluara la veracidad de sus palabras. No pareció convencido, pero no presionó. Asintió lentamente.

—Sí. Demasiada.

Su atención no se desvió de ella. Ya no miraba la miel, ni el mercado. Su mundo se había reducido a su espacio inmediato: ella. Era una sensación abrumadora. No se sentía invadida, sino… vigilada. Cuidada. Como si él midiera su ritmo respiratorio, el tono de su piel, listo para actuar al primer signo de peligro real.

—Tal vez… —empezó Val, sintiendo que necesitaba romper la tensión—. Tal vez ya sean mis treinta minutos.

—Tal vez —aceptó él, sin apartar los ojos de ella.

Caminaron en silencio hacia la salida de la plaza. La complicidad fácil de antes se había transformado en algo más denso, más íntimo. Él había visto algo. Y ella sabía que lo había visto. Y lo más increíble era que no había huido. No había hecho preguntas. Solo se había quedado allí, alerta, presente.

Al llegar a la calle más tranquila donde el bullicio se desvanecía, se detuvieron. El ruido del mercado era ya un murmullo lejano.

—¿Llega bien a casa? —preguntó Dante. No era una pregunta vacía. Era una oferta.

—Solo son dos calles —dijo Val—. Creo que podré con la hazaña.

Él asintió.

—Bien.

Hubo un silencio. No incómodo, pero cargado de cosas no dichas. De preguntas sin respuesta. De la conciencia de que una línea se había cruzado. Él ya no era un extraño. Era alguien que notaba sus cambios más sutiles.

—Hasta la próxima, Valentina —dijo, y su nombre en su boca sonó a posesión.

—Hasta la próxima, Dante —respondió ella, sintiendo el peso de la promesa en esas palabras.

Él no se fue inmediatamente. Se quedó mirándola mientras ella echaba a andar. Ella sintió su mirada en su espalda durante toda la primera manzana. No se volvió. Sabía que si lo hacía, si veía esos ojos grises fijos en ella, podría cometer una imprudencia, como correr hacia él y contárselo todo.

Al doblar la esquina, finalmente fuera de su vista, se apoyó contra la pared de ladrillo frío, jadeando levemente. Su corazón latía con fuerza, pero de una manera… buena. No era el galope del pánico, sino la emoción de haber sobrevivido a algo. De haber permitido que alguien se acercara y de no haber salido herida. Al contrario.

Sacó uno de los narcisos del ramo. La flor amarilla, brillante y terca, parecía sonreírle. Dante no había comprado las rosas. Había validado su elección de los narcisos.

Y en ese momento, Valentina supo que estaba en problemas. Unos problemas maravillosos, aterradores y completamente inevitables. La curiosidad había ganado. Y, por primera vez, no le importó.

1
America Lopez
encantadora historia, muy auténtica
Melisuga
Una pareja real es un 100 % en sí misma, como un todo único e indivisible. El cómo distribuyen las porciones de ese 100 es una cuestión interna, particular de cada una, y se reacomoda minuto a minuto, según las fortalezas, debilidades y necesidades de cada uno de sus integrantes. Unas veces irán a la mitad y otras, uno tendrá que poner más que el otro para equilibrarse mutuamente. Pero siempre, SIEMPRE serán el 100 los dos JUNTOS.
💖💖💖
Melisuga
Es un proceso muy fuerte y desgastante. Se precisa mucha fuerza de voluntad y mucha fe para salir adelante. Por suerte, ellos la tienen y se sostienen mutuamente.
💖💖💖
Melisuga
Ha sido un capítulo precioso y muy emotivo.
🥹💖🥹
Melisuga
Otra declaración de amor descarnada y poco común.
Melisuga
Un hombre sin conflictos externos ni hogar difícil, tan solo su propia personalidad y habilidades enfocadas hacia objetivos específicos.
Melisuga
Es el toque de humanidad que faltaba en su vida.
💖
Melisuga
Dante está desnudando su alma sin dejar nada oculto.
😍😍😍
Melisuga
A mí me resultó muy provocador...
😍😍😍
Melisuga
Sofía es una gran amiga.
💖💖💖
Melisuga
Absurdo, torcido y sacrificado; pero puro y limpio.
🥹💖🥹
Melisuga
¡Qué corazón tan grande tiene Val!
💖💖💖
Melisuga
¡Oh!
Esto sí que no me lo esperé. Me parecían unos padres medio lejanos, pero nada más. Igual, ella debió decirles.
Melisuga
Lo suponía. Sofía no sabía nada de la enfermedad de Valentina.
Izy Maldonado
Ijole que le digo, pues que logro trasmitir lo que pensaba, y me llego, gracias, gracias por compartir tu talento.
Melisuga
💖💖💖
¡Un amor más grande que el amor!
Melisuga
Esa es una gran respuesta. De hecho, la mejor que podría darle en estas, y cualquier otra, circunstancias.
Melisuga
La intensidad de los sentimientos y la relación de Valentina y Dante me desborda.
💖💖💖
Melisuga
Insisto, Dante hace las declaraciones de amor más bizarras y hermosas que he leído en mucho tiempo.
💓💖💓
Melisuga
Imaginar esta escena ha sido emocionante y especial, llena de una ternura y sensualidad de altos quilates.
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