Un refugio maldito, una obsesión mortal y un secreto de sangre a punto de estallar.
Huyendo de su familia, Bibiana toma la drástica decisión de mudarse con Adam a una cabaña aislada en mitad del espeso bosque finlandés. Ellos creen estar construyendo su propio nido de amor en una paz idílica, sin embargo, ambos viven en una mentira: ignoran por completo la existencia de un Pacto de sangre, la oscura deuda del pasado que ya ha marcado sus destinos. Pero el invierno no perdona, y la tragedia golpea con la fuerza de un témpano.
Segunda temporada de la novela Destinada a un amor inmortal
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T2 Capítulo 10 - Cenizas del alma
En el mundo de los sueños, el cielo se oscurecía mientras Bibiana se aferraba al pecho de Adam con desesperación.
—No... tú no puedes estar muerto —sollozaba ella, sintiendo que el corazón se le escapaba del pecho.
Adam la estrechó con fuerza, conteniendo sus propias ganas de llorar.
—Bibi, mírame. Tienes que ser fuerte y seguir adelante. Tienes que ser feliz por los dos.
—¡Nunca seré feliz sin ti!
—Lo lograrás —susurró él, dándole un beso que sabía a despedida—. Siempre te llevaré en mi corazón, porque eres y serás el único amor de mi vida. ya tengo que irme...
—¡No! ¡No me dejes! —gritó ella mientras la figura de Adam comenzaba a desvanecerse en una neblina blanca.
En el Hospital
—¡ADAM! —Bibiana despertó de golpe, con la garganta seca y las mejillas empapadas.
Ignacio se acercó rápidamente, tratando de calmarla. —Tranquila, hija. Solo fue una pesadilla con ese vampiro.
—¡No fue una pesadilla, papá! —gritó ella entre sollozos—. ¡Fue el sueño más bonito hasta que me dijo la verdad! ¡Adam está muerto! ¡El sol lo mató!
Ignacio fingió angustia, pero por dentro, un peso enorme se le quitó de encima. “Gracias, Dios... por fin mi hija está libre de ese pacto”, pensó mientras la abrazaba.
Minutos después, Ignacio se apartó un poco y Diego tomó su lugar, abrazando fuertemente a su hermana para intentar consolarla. Bibiana seguía llorando apoyada en su hombro, cuando Matt, que observaba desde el rincón, decidió hablar.
—Bibi, piensa que fue lo mejor que haya muerto —soltó Matt con frialdad—. Tú nunca ibas a tener un futuro con ese imbécil; solo te esperaba la muerte.
Esas palabras actuaron como un látigo. Bibiana se separó de Diego bruscamente, con los ojos inyectados en furia.
—¡¿Cómo puedes decirme eso, Matt?! ¡Yo amo a Adam y no me importaba nada con tal de estar a su lado!
—Solo era un vampiro, Bibiana —insistió él, sin piedad.
—¡Para mí era mucho más! —gritó ella, fuera de sí—.¡Voy a irme de aquí ahora mismo a buscar el lugar donde murió!
Bibiana empezó a arrancarse los cables de los brazos con desesperación. Diego intentó detenerla, pero ella forcejeaba con una fuerza sobrehumana nacida del dolor. Ignacio, al ver la magnitud de la crisis, se lanzó de nuevo a la camilla para ayudar a Diego a sostenerla.
Melissa observaba la escena con una tristeza profunda. Ver a su amiga en ese estado, mientras Matt la hería con sus palabras, le partía el alma. Sin embargo, su instinto le decía que algo no encajaba.
Tras los gritos de "¡Suéltenme!", el Doctor entró y aplicó un sedante. Bibiana finalmente se desplomó, quedándose dormida en el pecho de su padre.
—Salgan todos, necesita descansar —ordenó el médico.
En la sala de espera, la tensión entre Diego y Matt estalló. Diego lo tomó por la solapa, harto de sus comentarios.
—No vuelvas a mortificarla o te las verás conmigo, Matt —amenazó Diego antes de soltarlo.
Cuando Matt se alejó, Melissa se acercó a Diego con la mirada fija en la ventana.
—Diego... todo esto es muy extraño. El cielo ha estado gris todo el día; por eso yo pude salir. ¿En qué momento salió el sol con tanta fuerza como para matar a Adam?
Diego se quedó callado, mirando el cielo plomizo a través del ventanal.
En la cabaña de Adam
En la cabaña, el silencio era absoluto. Adam terminaba de cerrar su bolso cuando vio, sobre la cama, un suéter de Bibiana. Lo tomó y cerró los ojos, aspirando el aroma a vainilla y flores que emanaba de la prenda.
—Me llevaré esto... es lo único que tendré de ti —susurró con la voz rota.
Salió de la cabaña, donde los tres vampiros lo esperaban con impaciencia. Bajo el cielo gris que Melissa cuestionaba en el hospital, Adam se entregó a sus captores.
—Ya estoy listo —dijo con frialdad—. Vámonos a Alaska.
Los vampiros sonrieron con malicia. El viaje hacia la boca del lobo había comenzado.