El mundo no pertenece a los hombres. Pertenece a sus dueños.
Mientras los imperios mortales se desangran en guerras despiadadas e intrigas políticas por coronas de barro, los verdaderos hilos de Estirgia se mueven desde las sombras del plano divino. Doce Dioses Primordiales controlan el destino de la creación, y su voluntad se manifiesta en la tierra a través del Dogma: doce bendiciones místicas encarnadas en portadores mortales. Un poder absoluto capaz de reescribir la realidad, pero que exige un costo atroz: la erosión irreversible de la humanidad de quien lo canaliza.
En una tierra asfixiada por la traición, la necrosis y los caprichos de deidades implacables, las reglas del juego político están a punto de romperse. La guerra entre humanos es solo el preludio; el verdadero horror comienza cuando los peones divinos despiertan y Estirgia descubre el peso de la herencia de los dioses.
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Capítulo 10: El Rostro de la Codicia
Oasiria no era simplemente una ciudad; era un mercado de carne bajo el sol inclemente de Nirvana. En el tablón de anuncios de la plaza central, el cartel de recompensa no mostraba el rostro de Jake con precisión quirúrgica. No había fotografías ni retratos exactos en este mundo de tecnología fragmentada, solo la inquietante silueta de un joven envuelta en jirones de una neblina oscura que parecía devorar la luz del papel, destacando un único rasgo letal: unos ojos bicolor, uno verde y otro dorado. Debajo, escrita en una caligrafía imperial perfecta, brillaba la cifra que lo condenaba: 5,000 Monedas de Oro Real.
El Imperio de Vox estaba desesperado. Sabían qué era, pero no quién era. Esa ignorancia era su única ventaja, y se estaba agotando con cada segundo que permanecía bajo la luz de las lámparas de vapor de la plaza.
—Es él... tiene que ser él... tiene ojos bicolor —susurró una voz que Jake reconocería entre mil.
Jake lo vio desde la distancia, oculto entre la multitud que rodeaba el tablón. El líder del convoy de mercaderes hablaba con el Prefecto de la guardia local. Su voz temblaba, una mezcla de terror y una ambición tan espesa que casi se podía oler por encima de los puestos de especias. No estaba seguro de su identidad, pero por el equivalente a una fortuna incalculable, la duda era un lujo que ningún hombre pobre se podía permitir. Prefería entregar a un inocente al verdugo que dejar pasar la oportunidad de ser el hombre más rico del desierto.
Jake analizó la situación de la plaza en un parpadeo, procesando vectores y puntos de fuga. El Prefecto, un hombre de hombros anchos revestido con una armadura de Oricarco pulido, era un veterano; no iba a arriesgarse a un combate abierto que provocara un disturbio masivo. Estaba cerrando la red de forma profesional. Vio a cuatro guardias desplazarse por los flancos, fingiendo revisar puestos de telas, mientras las pesadas puertas de vapor de la salida norte empezaban a cerrarse con un chirrido metálico que anunció el fin de la hospitalidad.
—Elara, no te sueltes. Pase lo que pase, no cierres los ojos —le dijo Jake, ajustando su mano sobre el hombro de la chica y bajando su propia capucha hasta que solo una sombra profunda cubría su rostro.
[LETE]: —¿Ves cómo brillan sus pupilas, Jake? No buscan justicia, ni el orden de Vox. Buscan el peso del metal que les permitirá comprar su libertad de este infierno de arena. El mercader cree que ha encontrado una mina de oro, pero solo ha excavado su propia tumba.
El Prefecto se adelantó, con su mano derecha descansando con arrogancia en el pomo de su espada reglamentaria.
—¡Tú! ¡El de la capa! —su voz resonó por encima del murmullo del mercado, silenciando a los regateadores de golpe— Identifícate y muestra tu rostro.
Jake no respondió. En este mundo, la palabra era una confesión y el silencio era una declaración de guerra. En lugar de correr hacia la puerta sellada, hizo lo inesperado: corrió hacia la vertical. Saltó hacia el tejado de la oficina de correos, sus pies apenas rozaron la lona tensa de un puesto de frutas antes de impulsarse hacia arriba con una fuerza que dejó el suelo de piedra agrietado.
—¡Es él! ¡Abran fuego! —bramó el Prefecto, perdiendo toda compostura profesional.
Las balas de vapor silbaron a su alrededor, trazando líneas blancas y calientes en el aire del atardecer. Jake saltó de tejado en tejado, cargando a Elara con una facilidad que desafiaba la gravedad, sintiendo cómo sus músculos, reforzados por la vitalidad robada, respondían con una precisión sobrehumana.
Al llegar a la muralla exterior, vio que los arqueros de vapor ya estaban en posición. No buscó las escaleras. Concentró la esencia de la Muerte en la estructura de adobe y silicio. Durante un microsegundo, forzó la entropía en el muro. El material, sólido hace un instante, se deshizo como arena seca bajo su presión, creando una brecha humeante por la que pasaron como una exhalación de sombras.
El Robo de la Bestia
Cayeron al otro lado de la muralla, hundiéndose en la arena profunda y fría del exterior justo cuando el último rayo de sol desaparecía. Pero a pie no llegarían lejos. Enviarían naves de reconocimiento desde el Imperio en minutos.
—Necesitamos velocidad, una que no deje rastro —susurró él.
Se infiltraron en los establos exteriores de Oasiria, donde los tratantes de ganado guardaban las Bestias Bio-mecánicas. Eran criaturas de seis patas, una amalgama de carne sintética y servomotores oxidados, capaces de correr días enteros sin descanso. Jake localizó una de pura raza, una mole de piel grisácea y ojos cibernéticos que bufaba estática.
El tratante, un hombre flaco con una escopeta de vapor, intentó levantarse de su silla. Jake solo tuvo que mirarlo desde la sombra de su capucha. Su ojo dorado brilló con la intensidad de un depredador primigenio y un rastro de ceniza escapó de sus dedos. El hombre se quedó paralizado, no por el poder directo, sino por el terror instintivo de tener frente a él a alguien que valía 5,000 Monedas de Oro Real.
—La bestia es mía —sentenció Jake. Su voz ya no tenía el rastro de duda que arrastraba en Tales.
Montaron a la criatura. A diferencia de los vehículos de Vox, estas bestias no emitían señales de radio ni pulsos magnéticos; eran invisibles para los drones de la Comandante Alesha. Jake espoleó a la criatura y esta rugió, sus seis patas triturando el silicio mientras se lanzaban hacia el norte a una velocidad que hacía que el viento cortara como cuchillas.
La Frontera de Xylos-Vaga
Cabalgaron durante varias horas bajo el manto de estrellas plateadas. Tras dos días de viaje frenético por rutas no oficiales, esquivando patrullas y puestos de avanzada, el paisaje cambió. El desierto de Nirvana comenzó a ceder ante una geografía más accidentada, llena de cañones de basalto y estructuras que no portaban el sello de Vox.
Habían cruzado la frontera invisible.
Frente a ellos se extendía Xylos-Vaga, el Protectorado del Gremio de Aventureros. Aquí, Luxius III no tenía mando oficial. Era un territorio de ocho millones de kilómetros cuadrados de neutralidad armada, un lugar donde el acero y la habilidad valían más que los decretos imperiales.
Jake detuvo a la bestia en la cima de un risco. Oasiria era ahora solo un punto de luz artificial en la inmensidad de la noche a sus espaldas.
—Estamos fuera de su alcance legal, Elara—dijo Jake, aunque no sentía ningún alivio.
—Pero no fuera de su alcance —respondió ella, mirando el horizonte— Esos hombres en la plaza... nos cazarán aquí también, ¿verdad?
Jake asintió. Sabía que una recompensa de 5,000 de Oro Real no expiraba al cruzar una línea en el mapa. Si el Emperador quería su cabeza, dejaría de enviar soldados y empezaría a enviar profesionales: mercenarios de élite, gremios de asesinos y quizás, otros portadores de Dogma.
[LETE]: —Bienvenido al juego de verdad, Jake. Has dejado de ser un fugitivo para convertirte en la presa más valiosa de Estirgia. En Xylos-Vaga, cada saludo es una tasación y cada sonrisa es una emboscada. No busques amigos entre los aventureros; busca herramientas.
Jake miró sus manos. Una dorada por la vida, la otra oscura por la muerte. Ya no era el joven que temblaba en los suburbios. El desierto lo había despojado de la fragilidad, y el Imperio le había dado un valor.
—Que vengan —sentenció él, mientras las luces de la primera ciudad de aventureros aparecían en el horizonte— Voy a cobrarme cada moneda de esa recompensa con la vida de quien intente reclamarla.
[REGISTRO DE SITUACIÓN: FRONTERA DE XYLOS-VAGA]
• Territorio: Zona Neutral / Protectorado del Gremio de Aventureros.
• Estado de Jake: Evolución de "Fugitivo" a "Presa de Élite".
• Montura: Bestia Bio-mecánica.
• Ventaja: Sigilo electrónico absoluto frente a radares imperiales.
• Riesgo: Alta densidad de cazarrecompensas expertos en la zona.
• Logro desbloqueado: Cruce de Frontera. Ha escapado de la jurisdicción directa de Vox, pero ha entrado en el nido de avispas de los mercenarios más peligrosos del mundo.