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Latidos En La Cumbre

Latidos En La Cumbre

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Romance / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:7.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

​Elara, una veterinaria de élite en Seattle, lo pierde todo tras una negligencia médica provocada por el estrés de un matrimonio abusivo. Buscando anonimato, se muda a Valle Sombrío para dirigir un refugio de animales al borde de la quiebra. Su llegada choca frontalmente con Jason, un hombre huraño y misterioso que vive en una cabaña aislada tras un accidente en el cuerpo de rescate que le dejó una cojera permanente y un alma cerrada bajo llave.

​La rivalidad estalla cuando Elara intenta modernizar el refugio, mientras Jason cree que la naturaleza debe seguir su curso. Sin embargo, la aparición de animales heridos con marcas de redes ilegales los obliga a unir fuerzas. Entre el frío de la montaña y la calidez del refugio, Elara y Jason descubrirán que las cicatrices más profundas no son las que se ven, sino las que sanan cuando alguien decide quedarse.

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capitulo 11

La nota todavía quemaba en su bolsillo, un pedazo de papel que pesaba más que todo el equipo quirúrgico del refugio. “Te encontré”. Esas dos palabras habían convertido el aire de Valle Sombrío en un gas tóxico que Elara no podía procesar. El pánico no llegó como un estallido, sino como una inundación lenta y gélida que le entumeció los sentidos hasta dejarla sorda.

​Afuera, el clima había dado un giro violento. La nieve de la madrugada se había transformado en una lluvia torrencial y racheada, de esas que lavan la montaña pero calan hasta el alma. El cielo era una losa de grafito que aplastaba los pinos.

​Elara no podía quedarse encerrada. La habitación se sentía como la clínica de Seattle, como el despacho de Marcus, como cada rincón donde él alguna vez la había acorralado. Salió al exterior sin abrigo, con la camisa de algodón pegándosele al cuerpo en segundos bajo el aguacero.

​Sus gestos eran erráticos, carentes de la lógica que solía definirla. Se dirigió a las jaulas exteriores con un impulso maníaco de protección. “Si él viene, los animales deben estar a salvo”, se repetía, aunque sabía que los cerrojos de las jaulas no detendrían a un hombre que había cruzado un país entero para reclamar su propiedad humana.

​Intentó asegurar la cadena de la jaula del Husky rescatado, pero sus manos —esas manos de cirujana de élite— habían dejado de obedecerla. El metal resbalaba, el frío le mordía los dedos y la hiperventilación empezó a cerrarle la garganta. Se dobló sobre sí misma, apoyando la frente contra los barrotes mojados, mientras el mundo se desdibujaba en un torbellino de gris y negro. Los sollozos no salían; eran espasmos secos que le desgarraban el pecho.

​Jason apareció de entre la neblina como una aparición de la propia montaña. Estaba haciendo su ronda de vigilancia cuando divisó la figura encogida de Elara. Al acercarse, no gritó. Vio la palidez extrema de su rostro, los labios azulados y la mirada perdida que no se enfocaba en nada. Comprendió de inmediato que no era el frío lo que la estaba matando, sino el terror.

​Se detuvo a un paso de ella. Sus botas se hundieron en el barro, pero su voz, cuando habló, fue lo único sólido en mitad del caos.

​—Elara. Mírame —ordenó, con esa gravedad que no admitía réplicas.

​Ella levantó la vista, pero sus ojos estaban nublados. No veía a Jason; veía la sombra de Marcus proyectada en cada árbol. Jason dio un paso más, rompiendo ese espacio personal que ella tanto custodiaba, y la tomó por los hombros. El calor de sus manos grandes atravesó la ropa empapada de Elara.

​—Respira conmigo. Ahora —dijo él. No hubo preguntas sobre la nota, ni sobre por qué estaba bajo la lluvia sin protección. Jason conocía el olor del miedo absoluto; era el mismo que sentía en los animales atrapados.

​Ella colapsó contra su pecho. No fue un abrazo romántico, fue el desplome de una estructura que ya no podía sostener más peso. Jason la rodeó con sus brazos, protegiéndola del impacto de la lluvia con su propio cuerpo. Sintió el temblor violento de la mujer, un sismo de puro pánico que parecía querer romperle los huesos.

​Sin decir una palabra, Jason la levantó. Ignoró el pinchazo de dolor en su pierna lesionada mientras la cargaba hacia su camioneta vieja. Sabía que el refugio ya no era seguro para ella en ese estado; las paredes tenían demasiados recuerdos y muy poca protección.

​Condujo por el sendero embarrado hacia la zona más alta del bosque, donde la civilización terminaba y empezaba su dominio. Elara estaba ovillada en el asiento del copiloto, envuelta en una manta de lana áspera que Jason le había lanzado. Sus dientes castañeaban con un sonido metálico y sus manos seguían aferradas a la nota en su bolsillo.

​Llegaron a la cabaña. Era una construcción robusta de troncos oscuros, con un porche profundo y ventanas pequeñas que apenas dejaban salir un resplandor ámbar. Jason la ayudó a bajar, sosteniéndola por la cintura para que no resbalara en el lodo.

​—Entra —dijo, empujando la pesada puerta de roble.

​El mundo privado de Jason

​El interior de la cabaña olía a resina de pino, cera de abeja y el aroma persistente del humo de leña. Era un espacio austero, pero con una calidez que el refugio nunca tuvo. No había adornos innecesarios; solo libros técnicos, mapas de la cordillera y herramientas de precisión ordenadas con una meticulosidad casi obsesiva.

​Jason la guio hasta un sillón frente a la chimenea. Se arrodilló ante el fuego y, con unos pocos movimientos expertos, avivó las brasas hasta que una llama vigorosa empezó a lamer los troncos. Elara observaba cada uno de sus gestos. Verlo moverse en su propio elemento, sin la máscara de hostilidad que usaba en el pueblo, empezó a calmar su pulso.

​Él se levantó y fue hacia la cocina. Regresó con una toalla seca y una taza de metal con algo caliente. Se la entregó sin que sus dedos se tocaran, respetando el espacio que ella necesitaba recuperar.

​—No tienes que hablar —dijo Jason, sentándose en un taburete a una distancia prudencial—. Sea lo que sea que ha llegado en ese sobre, no ha entrado en esta casa. Aquí arriba, el único que dicta las reglas soy yo. Y yo digo que estás a salvo.

​Elara apretó la taza caliente. El vapor le humedeció la cara, mezclándose con las lágrimas que finalmente empezaron a rodar. Miró a Jason. El hombre huraño, el que la había despreciado, ahora era el único muro que se interponía entre ella y el monstruo de su pasado.

​—Me ha encontrado, Jason —susurró, y su voz fue un hilo roto—. Marcus me ha encontrado.

​Jason no preguntó quién era Marcus. No necesitaba nombres. Vio la marca del control en la forma en que ella se encogía, en cómo pedía perdón con la mirada por estar allí. Él se limitó a asentir, su mandíbula se tensó hasta parecer tallada en piedra.

​—Que lo intente —respondió Jason, y la oscuridad en su voz fue una promesa de protección más efectiva que cualquier cerradura—. Esta montaña es mía, Elara. Y ahora, tú estás bajo mi guardia.

​Por primera vez desde que cruzó el letrero de Valle Sombrío, Elara dejó caer los hombros. El pánico seguía ahí, acechando en las sombras de la lluvia que golpeaba el techo de madera, pero en la cabaña de Jason, entre el fuego y el silencio de un hombre que no exigía nada, Elara encontró el primer centímetro de terreno firme donde empezar a reconstruirse.

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Carmen Malpica
Excelente novela
Felisa Bendisky
excelente novela felicitaciones a la escritora súper recomendado 🥰👏👏👏
Toña Chong Montes
Después de haber leído tantas historias aquí,está novela me fascinó,con una narración limpia,bonita,con toques románticos y de aventura.👏👏👏👍👍👍
Antonia Garcia
muy bonita historia gracias por compartir
celimar
Hasta el momento me parece interesante 🥰🥰🙏🏽
celimar
Hasta el momento me parece interesante 🥰🥰🙏🏽
Celina Espinoza
me gusta🥰/Pray/
Celina Espinoza
excelente historia 🥰😍🙏
Lobelia ❣️
🙏😘😊
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