Un grupo de jóvenes se ve arrastrado por la búsqueda y protección de reliquias antiguas que despiertan poderes y ambiciones peligrosas. Perseguidos, traicionados y forzados a despertar habilidades que no comprenden, deberán unir fuerzas con aliados inesperados para impedir que una facción libere una fuerza capaz de arrasar su mundo. Entre batallas, sacrificios y decisiones morales, su viaje decidirá el destino de muchas vidas.
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La Alianza
La lanza quedó apoyada en un rincón de la habitación como un recordatorio de la prueba. Mara cerró la puerta con llave y, por primera vez desde su encuentro en la muralla, permitió que la guardiana mostrara algo parecido a hospitalidad. Su hogar era modesto: una habitación baja con una cama de paja, una mesa con tazas de barro y un pequeño altar con símbolos de protección. No había lujo, solo orden y cuidado en cada objeto; la austeridad hablaba de una vida dedicada a la vigilancia y al deber.
Edran dejó la Daga Lunar sobre la mesa y se permitió un suspiro que no era solo de cansancio. Lira, aún con el anillo tibio en el dedo, se sentó frente al fuego que Mara encendió con manos expertas. La tensión de la pelea se fue disolviendo en el calor de la estancia. La joven lancera, que había mostrado tanta desconfianza, se relajó en un gesto casi imperceptible y, con voz más suave, ofreció pan y agua. Fue un gesto pequeño, pero suficiente para que los tres compartieran algo más que armas.
—No acostumbro a abrir la puerta a cualquiera —dijo Mara mientras servía—. Pero vi cómo luchaste, Edran. No es solo habilidad; es intención. Eso pesa. —Su mirada se posó en Lira—. Y tú… tienes algo que no entiendo del todo, pero confío en que no lo usarás para hacer daño.
Lira asintió, agradecida. Contaron sus versiones de la batalla en Dyo, sin omitir detalles que pudieran poner en riesgo a nadie. Mara escuchó con atención, frunciendo el ceño cuando mencionaron a Gorukipa y a Ran. En su rostro se dibujó una línea de preocupación: conocía los caminos y las rutas por las que se movían los bandidos; sabía que la violencia no era un hecho aislado.
Esa noche, antes de dormir, Mara les mostró un mapa enrollado que guardaba bajo la cama. No era un mapa oficial, sino uno hecho con notas y marcas: rutas de patrulla, puntos de abastecimiento, casas con reliquias registradas por generaciones. —Si vais a Dyo —dijo—, id con cuidado. Los bandidos no actúan al azar; tienen patrones. Yo vigilo la entrada, pero no puedo cubrir todo. Si queréis, mañana os daré información sobre los puntos débiles de su grupo.
Edran sintió que la desconfianza inicial se transformaba en una alianza práctica. No era amistad todavía, pero sí un acuerdo tácito: compartir conocimiento para aumentar las probabilidades de sobrevivir. Lira, que había pasado la tarde curando pequeñas heridas de Mara con ungüentos, se permitió una sonrisa cansada. —Mañana partimos temprano —dijo—. Queremos llegar a Dyo con un plan.
Al amanecer, Mara les entregó una pequeña bolsa con provisiones, —No prometo luchar por vosotros —advirtió—, pero si veo algo que pueda ayudar, no miraré hacia otro lado.
El viaje de regreso a Dyo fue tenso y silencioso, pero también sirvió para conocerse en detalles que no cabían en una pelea. Los tres caminaron por senderos secundarios para evitar patrullas; compartieron historias de infancia que suavizaron la dureza de sus rostros. Edran habló de la primera vez que empuñó la daga de su padre, de cómo la hoja le había parecido siempre más pesada por la responsabilidad que por el metal. Lira contó de su madre, de las noches en que practicaba cantos hasta que la voz le dolía, y de la sensación de culpa por no poder salvar a todos. Mara, en un momento de confianza, habló de su propia soledad: la vigilancia la había hecho fuerte, pero también la había aislado.
Esa mezcla de confesiones creó un hilo entre ellos: no eran solo compañeros de armas, sino tres personas con miedos y motivos que se entrelazaban. La cercanía no borró la cautela, pero sí les dio una base para planear con cabeza fría.
Al acercarse a Dyo, la visión fue la misma que habían dejado: humo, casas dañadas, gente con miradas vacías. Sin embargo, ahora no eran dos contra el mundo; eran tres con información, provisiones y una estrategia naciente. Se ocultaron en un cobertizo cercano y desplegaron el mapa de Mara. Señalaron rutas de entrada, posibles escondites de los bandidos y las casas que, según los aldeanos, guardaban objetos valiosos.
—No podemos atacar de frente —dijo Mara—. Gorukipa tiene fuerza y hombres. Pero si cortamos sus líneas de suministro y recuperamos al menos una reliquia, podemos desmoralizarlos.
Edran asintió y propuso un plan en voz baja: dividirse en dos grupos. Mara y él crearían una distracción en la plaza central para atraer a Tozoku y a los hombres más visibles; Lira, con su don, se infiltraría en las casas menos vigiladas para localizar el objeto que los bandidos buscaban. Si Lira encontraba la reliquia, la señal sería un canto breve que Mara reconocería y usaría para retroceder. La sincronía sería clave.
Prepararon armas y pociones. Borin, les había dado antídotos y un pequeño artefacto de hierro que servía para detectar vibraciones en el suelo —un truco de herrero para evitar emboscadas—. Edran repasó la Daga Lunar y la Zalamander, sintiendo el peso de la responsabilidad. Lira afinó su anillo y practicó un gesto de invocación que fuera breve y controlable; Mara repasó mentalmente las maniobras defensivas que usaría para proteger a los civiles.
Cuando la noche cayó, la aldea se transformó en un tablero de sombras. Los tres se movieron como piezas calculadas, conscientes de que cada decisión podía costar vidas. La preparación no era solo física: era moral. Sabían que no podrían salvar a todos, pero la intención de intentarlo les daba una fuerza nueva.
Antes de separarse, Edran miró a sus compañeros y dijo, sin dramatismos: —Hagámoslo por la anciana que vino a Ennea. Por los que no pueden luchar.
Lira y Mara asintieron. La promesa flotó en el aire como una llama que no se apagaría con el viento. La batalla que se avecinaba no sería solo por reliquias; sería por la dignidad de pueblos que habían sido reducidos a sombras. Y mientras la luna observaba desde lo alto, los tres se adentraron en la noche con la determinación de quienes han decidido que el miedo no será su guía.