En el poderoso reino de Valdoria, la belleza es poder… y el amor, una condena.
Lady Anya Naville, segunda hija de un influyente archiduque, ha sido admirada toda su vida como el diamante del reino. Prometida desde la infancia al príncipe heredero, Maxime Iker Lindberg, Anya creció creyendo que su destino era convertirse en reina… y esposa del único hombre que había amado.
Pero todo se derrumba cuando una noble extranjera cautiva el corazón del príncipe.
Consumida por los celos y la humillación, Anya comete un acto imperdonable usando la magia prohibida que corre por su sangre. Su crimen la convierte en la villana del reino y la lleva a enfrentar la ejecución pública.
Sin aliados. Sin amor. Sin esperanza.
Hasta que, en su última hora de vida, lanza un hechizo imposible.
Anya despierta años en el pasado, atrapada nuevamente en su cuerpo de cinco años, pero conservando todos los recuerdos de su trágico futuro.
Esta vez no cometerá los mismos errores.
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Capítulo 11 | Trueno y rayito
El sonido de las ruedas del carruaje rompiendo la nieve llegó antes que cualquier anuncio.
Era un crujido constante, pesado, acompañado por el resoplido de los caballos y el tintinear leve de los arneses. Desde la ventana, observé cómo el carruaje avanzaba lentamente por el camino principal de la mansión, dejando marcas profundas sobre la superficie blanca.
El cielo estaba cubierto por una capa gris uniforme, y el aire parecía más frío de lo habitual, como si el invierno se hubiera instalado con más fuerza ese día.
No hacía falta que nadie me avisara.
Sabía quién era.
No me moví de inmediato. Mis dedos descansaban sobre el borde de la ventana, sintiendo el frío del vidrio filtrarse lentamente en mi piel mientras mis ojos seguían el movimiento del carruaje hasta que finalmente se detuvo frente a la entrada principal.
Un sirviente abrió la puerta.
Y entonces lo vi. Mi insoportable hermano.
Bajó del carruaje con una naturalidad casi exagerada, como si el mundo entero estuviera hecho para recibirlo. Su abrigo oscuro contrastaba con la nieve, y su cabello negro, ligeramente desordenado por el viaje, caía con descuido sobre su frente.
Incluso desde la distancia, era evidente. Se parecía a ella, a nuestra madre. Los mismos rasgos marcados, la misma intensidad en los ojos azules; eran fríos, pero vivos a la misma vez.
Exhalé suavemente.
Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que lo vi. Más del que me gustaría admitir.
Me aparté de la ventana y salí de la habitación sin apresurarme. El sonido de mis pasos era suave sobre la alfombra del pasillo, casi imperceptible, mientras descendía hacia la entrada.
Cuando llegué, él ya había entrado. Y, por supuesto, estaba hablando.
—¿De verdad nadie pensó en mejorar la calefacción? —se quejaba, quitándose los guantes con un gesto elegante—. Juraría que afuera hace menos frío que aquí dentro.
Un sirviente intentaba responderle con educación, pero Kael ya había perdido el interés. Si ahora, con trece años, era quisquilloso, no me quería imaginar cómo sería a los cuarenta.
Fue entonces cuando me vio. El cambio fue inmediato.
Sus ojos se clavaron en mí, y por un segundo… el mundo pareció detenerse. No por dramatismo, sino por reconocimiento.
—…Rayito —hace años no escuchaba ese tonto apodo.
No fue una pregunta, fue una afirmación suave y familiar.
Di unos pasos hacia él.
—Trueno.
La palabra salió sin esfuerzo, como si nunca hubiera dejado de usarla. Y eso que había pasado bastante tiempo.
Nos pusimos esos apodos mutuamente, aunque pensándolo bien, fue Kael quien los eligió; yo apenas tenía tres años y él ocho. Le sabíamos tener mucho miedo a las tormentas y esos apodos nacieron porque ya no le queríamos temer, como un recordatorio de que siempre íbamos a estar protegidos por ellos. Tonterías de niños, supongo.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Sigues siendo pequeña.
—Y tú sigues siendo molesto.
Su risa fue inmediata, ligera y real.
Se inclinó un poco hacia mí, observándome con más atención, como si intentara encontrar algo específico en mi rostro.
—Hm —pronunció y se enderezó lentamente—. Estás distinta.
No reaccioné de inmediato. Ese comentario ya no me sorprendía a estas alturas.
—¿Ah, sí? —cuestioné, tratando de hacerme la tonta.
—Sí —respondió sin dudar—. No sé qué es… pero ya no pareces una niña.
Sostuve su mirada con calma.
—Tal vez crecí.
—No —negó suavemente, cruzándose de brazos—. Eso le pasa a todo el mundo. Esto es otra cosa.
Por un momento, ninguno dijo nada.
El aire entre nosotros se mantuvo en equilibrio, sin tensión, pero tampoco completamente relajado.
Luego, Kael suspiró, como si decidiera dejar el tema por ahora.
—En fin —se pasó una mano por el cabello—. La academia es menos aburrida que esto, eso seguro.
Giré ligeramente la cabeza.
—¿En serio?
—Sí, mucho más.
Comenzó a caminar, y lo seguí sin que hiciera falta decir nada. Sus pasos eran seguros, relajados, como si estuviera completamente cómodo en cualquier lugar donde estuviera.
—Entrenamientos constantes, profesores insoportables y nobles que creen que son más importantes de lo que realmente son —enumeró con un deje de diversión—. Bastante entretenido, en realidad.
—Suena agotador.
—Lo es —admitió—. Pero también útil.
Hizo una pausa.
—Además… hay caras conocidas.
Mi atención se centró un poco más.
—¿Quiénes?
—El príncipe heredero, por ejemplo.
Mis pasos no se detuvieron, pero sí se hicieron más conscientes.
—Entró el año pasado —continuó Kael; eso ya lo sabía, Maxime vino a despedirse—. Bastante aplicado. Demasiado, si me preguntas.
No respondí.
—Y también está ese Baskerville…
Ian. Supongo que se conocen; mi hermano es mayor solo por un año.
—Difícil de ignorar —añadió con una pequeña sonrisa—. Tiene una forma particular de meterse en problemas.
Eso no me sorprendía, en absoluto.
—¿Y?
Kael me miró de reojo.
—¿Y qué?
—¿Te agradan?
Se encogió de hombros.
—Son interesantes.
Eso, viniendo de él, ya decía bastante.
Llegamos a uno de los salones laterales. El fuego en la chimenea crepitaba suavemente, llenando el ambiente con un calor agradable y el aroma de la madera quemándose.
Kael se dejó caer en uno de los sillones con total naturalidad.
—Por cierto —dijo, estirando las piernas—, no vine solo por gusto.
Lo miré.
—¿No?
—El cumpleaños del rey.
Hubo una pausa breve.
—Habrá un baile —continuó—. Bueno, en realidad… varios. Una semana entera de celebraciones.
El fuego chisporroteó suavemente.
—Y, como era de esperarse, todos los nobles importantes fueron invitados.
Sus ojos volvieron a mí.
—Incluyéndonos.
No dije nada, pero entendía perfectamente lo que eso significaba. El palacio lleno, las familias más influyentes reunidas, habría alianzas, viejas tensiones y muchas miradas.
—Será… interesante —murmuré.
Kael sonrió.
—Eso espero.
Apoyó la cabeza contra el respaldo, cerrando los ojos por un instante.
—Después de todo… hace tiempo que no hay algo realmente entretenido.
Lo observé en silencio.
El sonido del fuego llenaba el espacio entre nosotros. Y por primera vez en mucho tiempo… todo se sintió, aunque fuera por un momento, extrañamente normal.
La que la llama es ella del futuro o quien puede ser!?