En un mundo donde la luna elige a quienes están destinados a amarse, Alessandra Montenegro Valerius ha pasado toda su vida huyendo de cualquier emoción. Fría, racional y convencida de que el amor solo destruye, ha construido una existencia perfecta… pero vacía.
Todo cambia cuando asiste al compromiso de su hermana y descubre que ese lugar no pertenece al mundo humano, sino a uno donde los hombres lobo gobiernan y los lazos del destino son imposibles de romper. Allí, no solo enfrentará secretos ocultos sobre su propia sangre —un antiguo linaje de brujas—, sino también al único hombre capaz de desafiar todo lo que cree: un rey que ha esperado siglos por ella.
Entre magia, poder, heridas del pasado y un amor que ninguno de los dos desea aceptar, Alessandra tendrá que decidir si seguir negando lo que siente… o arriesgarse a vivir por primera vez.
Porque a veces, el destino no pide permiso. Solo reclama lo que siempre fue suyo.
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CAPÍTULO 14: LAS HUELLAS DEL PASADO
Alessandra despertó con el pecho apretado y la certeza de que algo había cambiado mientras dormía.
No era el sello. El sello ya no estaba. Era otra cosa. Una presencia que venía del bosque, que se movía entre los árboles, que la observaba desde la distancia.
Se incorporó en la cama y miró hacia la ventana. El cielo estaba gris, con nubes que prometían lluvia. Las sombras a su pies se movían inquietas, como si también sintieran algo en el aire.
Se levantó sin hacer ruido. Salió al pasillo con los pies descalzos, sintiendo la madera fría bajo sus plantas. La casa estaba en silencio. Pero no era el silencio de la madrugada. Era el silencio de la espera.
Aeron estaba en la cocina, de pie junto a la ventana que daba al bosque. No se giró cuando ella entró.
—¿Lo sientes? —preguntó.
—Sí. ¿Qué es?
—No lo sé. Pero no es como la otra vez. Esto es diferente.
Alessandra se acercó a la ventana. El bosque estaba quieto, los árboles inmóviles, las ramas oscuras contra el cielo gris. Pero algo se movía entre las sombras. Algo que no podía ver, pero que su sangre reconocía.
—Es mi abuela —dijo, y las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.
Aeron se giró hacia ella.
—¿Cómo lo sabes?
—No lo sé. Pero es ella. Está aquí.
Salieron al jardín juntos. El aire estaba frío, y las primeras gotas de lluvia empezaban a caer. Las sombras de Alessandra se adelantaban, moviéndose entre los arbustos, buscando.
En la orilla del lago, junto al roble, una figura las esperaba.
No era como los hombres de las capuchas. Era una mujer mayor, de cabello blanco y ojos grises como los de Alessandra. Vestía una túnica oscura, y en sus manos sostenía un bastón de madera que parecía crecer de la tierra misma.
Alessandra se detuvo. Las sombras a su alrededor se agitaron, inquietas, pero no retrocedieron.
—Alessandra —dijo la mujer, y su voz era suave, cansada, como si hubiera estado esperando este momento mucho tiempo—. Por fin te veo.
—¿Quién eres?
—Soy Elena. Tu abuela.
Las palabras cayeron sobre Alessandra como piedras en agua quieta. No hubo estrépito. Solo ondas. Ondas que se expandían, tocando cosas que había creído muertas.
—No te conozco —dijo, y su voz sonó más fría de lo que pretendía.
—Lo sé. Por eso vine.
La abuela Elena dio un paso hacia ella. Aeron se puso delante, pero Alessandra lo detuvo con una mano en el brazo.
—Está bien. Quiero escucharla.
La mujer la miró con unos ojos que eran iguales a los suyos. En ellos había algo que Alessandra no esperaba. Tristeza.
—Sé que no tienes razones para confiar en mí. Sé que te fallé. Te sellé cuando eras un bebé. Te condené a una vida sin sentir. Y luego me fui. No te busqué. No te escribí. No estuve ahí cuando me necesitabas.
—¿Por qué?
—Por miedo. Porque sabía que si me acercaba, ellos te encontrarían. Porque sabía que mi magia los atraería. Porque pensé que era mejor que crecieras sin mí antes que crecieras con ellos acechándote.
—¿Y ahora? ¿Por qué vienes ahora?
—Porque el sello se rompió. Porque tu magia despertó. Porque ya no pueden ocultarte lo que eres.
La lluvia comenzó a caer con más fuerza. Alessandra sintió las gotas en el rostro, frías, pero no se movió.
—¿Qué soy? —preguntó.
—Lo que siempre fuiste. La primogénita de la primogénita. La que romperá la maldición que separó a los lobos de las brujas. La que traerá de vuelta lo que estuvo perdido.
—No sé cómo hacer eso.
—Ya lo estás haciendo. El sello no se rompió por casualidad. Se rompió porque sentiste. Porque amaste. Porque dejaste que algo entrara en tu corazón.
La abuela Elena miró a Aeron. En sus ojos grises había algo que Alessandra no esperaba. Gratitud.
—Tú la esperaste —dijo—. Doscientos años. Y cuando llegó, no la obligaste. No la forzaste. La dejaste ser. Gracias.
Aeron no respondió. Pero Alessandra sintió que su mano apretaba la suya.
—¿Por qué viniste? —preguntó Alessandra—. ¿Qué quieres?
La abuela Elena suspiró. Por un momento, pareció más vieja, más cansada.
—Vine a decirte que me equivoqué. Que el sello no era la respuesta. Que el miedo no protege, lastima. Que si pudiera volver atrás, lo haría diferente. Pero no puedo. Solo puedo pedirte perdón.
—¿Y esperas que te lo dé? ¿Así nomás?
—No. No espero nada. Solo quería que lo supieras. Que supieras que no fue por maldad. Fue por miedo. Por miedo a perderte.
Alessandra sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. No las contuvo.
—Me hiciste creer que no valía nada —dijo, y su voz se quebró—. Me hiciste creer que el mundo era un lugar vacío. Me hiciste creer que no podía sentir. Y todo este tiempo, era tu magia. Tu miedo. Tu culpa.
—Lo sé. Y no hay palabras que puedan arreglarlo. Solo quería que supieras la verdad. Para que no la busques en libros viejos. Para que no te preguntes por qué. Porque yo estoy aquí. Y puedo decírtelo.
Alessandra cerró los ojos. Las sombras a su alrededor se movían suaves, como si también estuvieran sintiendo.
—¿Por qué volviste? —preguntó otra vez—. Por qué ahora.
—Porque el aquelarre va a volver. Y esta vez no van a ser cinco. Van a venir todos. Y tú no estás lista.
—¿Y vas a ayudarme?
—Si me dejas.
Alessandra abrió los ojos. La abuela Elena estaba ahí, con el cabello mojado por la lluvia, los ojos grises iguales a los suyos, las manos temblando sobre el bastón.
No era la mujer que había imaginado. No era la villana que había construido en su mente. Era una mujer vieja. Una mujer cansada. Una mujer que había tenido miedo.
—No te perdono —dijo Alessandra—. No ahora. Tal vez nunca.
—Lo sé.
—Pero no te voy a echar.
La abuela Elena cerró los ojos. Por un momento, Alessandra vio algo en su rostro que no esperaba. Alivio.
—Gracias —susurró.
—No me des las gracias. Todavía no.
Cuando volvieron a la casa, Clarissa y Fiorella estaban en la cocina. Al ver a la abuela Elena, Fiorella soltó un grito ahogado. Clarissa se quedó inmóvil, con los ojos abiertos.
—¿Abuela? —preguntó Clarissa.
—Soy yo.
Fiorella dio un paso adelante. En sus ojos había algo que Alessandra no esperaba. Rabia.
—¿Por qué viniste? ¿Por qué ahora? ¿Por qué nos dejaste solas?
—Fiorella —dijo Clarissa.
—No. Quiero saber. Por qué nos abandonaste. Por qué nunca nos buscaste. Por qué nos hiciste creer que no existías.
La abuela Elena bajó la cabeza.
—Por miedo. Porque sabía que si me acercaba, ellos las encontrarían. Porque pensé que era mejor que crecieran sin mí antes que crecieran con ellos acechándolas.
—¿Y nosotros? ¿Nosotros qué? ¿No teníamos derecho a decidir? ¿No teníamos derecho a saber?
—Sí. Por eso estoy aquí. Por eso vine. Porque ya no puedo seguir escondiéndome.
Fiorella abrió la boca para decir algo más, pero Alessandra puso una mano en su brazo.
—Ya —dijo—. Ya está bien. No va a arreglar nada.
—¿Entonces qué hago? ¿La perdono?
—No. Pero tampoco la eches. Por lo menos hasta que nos ayude.
Fiorella la miró. En sus ojos marrones había algo que Alessandra conocía bien. Rabia. Pero también algo más. Algo que no quería reconocer.
Esperanza.
Esa noche, la abuela Elena se quedó en la habitación que había sido suya. Clarissa le llevó ropa seca y té caliente. Fiorella no entró.
Alessandra se sentó en la terraza, mirando la lluvia caer sobre el lago. Las sombras descansaban a sus pies, quietas.
Aeron se sentó a su lado.
—¿Cómo estás? —preguntó.
—No lo sé. Como si hubiera pasado toda mi vida preguntándome por qué, y ahora que tengo la respuesta, no sé qué hacer con ella.
—No tienes que hacer nada. Solo sentir.
—¿Y si lo que siento es rabia?
—Entonces sentí rabia. No hay nada malo en eso.
Alessandra apoyó la cabeza en su hombro.
—¿Tú perdonarías? ¿Si fuera tu madre?
Aeron tardó en responder.
—No lo sé. Mi madre murió cuando yo era joven. No tuve tiempo de perdonarla ni de estar enojado con ella. Pero aprendí que el perdón no es para el otro. Es para uno. Para dejar de cargar con lo que no te pertenece.
—¿Y si no puedo?
—Entonces no perdones. Pero tampoco cargues con eso toda la vida. No te lo mereces.
Alessandra cerró los ojos. La lluvia caía suave sobre el lago, y las sombras a su alrededor estaban en paz.
—¿Tú crees que ella me quería? —preguntó.
—Sí. Creo que te quiso tanto que tuvo miedo. Y el miedo la hizo hacer cosas que no debía.
—¿Y eso alcanza? ¿El miedo alcanza para justificar todo lo que hizo?
—No. Pero alcanza para entender. Y entender es el primer paso para soltar.
Alessandra no respondió. Se quedó en silencio, escuchando la lluvia, sintiendo el hombro de Aeron bajo su mejilla, las sombras a sus pies, el corazón latiendo tranquilo.
No perdonaba. No aún. Pero por primera vez, entendía.
Y eso, pensó mientras la noche avanzaba, era un comienzo.