"Nuestras familias se han odiado por generaciones, pero ahora, él tiene el poder de destruirme... o salvarme.
Mi padre cometió el error de su vida y la única forma de pagar la deuda es entregándome a Damian Volkov, el hombre más despiadado de la ciudad y mi rival desde la infancia. Él no quiere mi dinero; quiere mi libertad, mi obediencia y, sobre todo, quiere verme quebrada bajo su control.
Juré que lo odiaría hasta mi último aliento, pero en la oscuridad de su mansión, el deseo es una traición que no puedo controlar. Damian juega sucio, y yo... estoy empezando a disfrutar del castigo.
¿Podrá el odio sobrevivir a la pasión, o terminaré destruida por el hombre que juré jamás tocar?"
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El eco de una promesa
El silencio de la mansión después de la gala era más atronador que cualquier grito. Alessandra se encontraba en su habitación, aún vestida con la seda roja que ahora sentía como una armadura pesada. No se había desmaquillado; se limitaba a mirar su reflejo en el espejo, buscando en sus propios ojos rastros de la mujer que era antes de entrar en esa casa.
Él me va a sacar de aquí, se repetía mentalmente, como un mantra. Papá solo está fingiendo con los Falier. Tiene un plan. Siempre tiene un plan.
Pero la imagen de Giorgio bajando la mirada en el Danieli se repetía en su mente como una herida que no dejaba de sangrar. El dolor no era odio, era una confusión asfixiante. Amaba a su padre, recordaba sus manos protegiéndola de niña, pero la ambición de un hombre puede ser un monstruo que devora incluso a sus hijos. Ella se negaba a creer que Giorgio Cavalli la hubiera abandonado.
Un golpe seco en la puerta la sacó de sus pensamientos. No esperó a que ella contestara; Damian entró con la parsimonia de quien no necesita permiso en su propio reino. Se había quitado la corbata y desabrochado los primeros botones de su camisa, pero su aura de control permanecía intacta.
—¿Vas a quedarte ahí toda la noche esperando a que el cristal se rompa? —preguntó él, apoyándose en el marco de la puerta.
Alessandra se puso de pie, irguiendo la espalda. No iba a mostrarle sus grietas. No a él.
—Estoy procesando la noche, Damian. Nada que deba importarte.
—Te importa a ti, y eso lo hace mi problema —él se acercó, caminando con esa lentitud depredadora que siempre la ponía en alerta—. Estás esperando un rescate que no va a llegar, Alessandra. Tus ojos están fijos en la puerta, pero tu padre está fijando sus ojos en las cuentas bancarias de los Falier.
—¡Cállate! —estalló ella, girándose para enfrentarlo—. No sabes nada de mi padre. No sabes lo que es el amor de familia porque tú solo entiendes de contratos y deudas. Él vendrá por mí. Solo está ganando tiempo.
Alessandra caminó hacia él, invadiendo su espacio, con el dedo índice apuntando a su pecho.
—Voy a sobrevivir a esta semana, y a la siguiente, y a todas las que me impongas. Y cuando él venga, te darás cuenta de que no pudiste romperme.
Damian no retrocedió. Al contrario, atrapó la mano de Alessandra antes de que ella pudiera retirarla, envolviendo su muñeca con una firmeza que quemaba. La atrajo hacia sí, obligándola a chocar contra la dureza de su cuerpo. La diferencia de altura la obligaba a mirar hacia arriba, encontrándose con esos ojos grises que, por un segundo, no parecieron tan fríos.
—Esa esperanza es lo que te va a matar, cara —susurró él, bajando la voz hasta que solo ella pudo escuchar el roce de sus palabras—. No te rompo porque quiero que veas la caída por ti misma.
Estaban tan cerca que el aliento de Damian acariciaba los labios de Alessandra. Ella podía sentir el calor de su pecho, la fuerza de sus brazos rodeándola, y por un instante traicionero, su cuerpo no quiso apartarse. Había una descarga eléctrica entre ellos, un deseo que ambos disfrazaban de desprecio. Él era el enemigo, el hombre que la había "comprado", pero en medio de su soledad, su contacto era lo único que la hacía sentir real.
Alessandra apretó los dientes, luchando contra la extraña urgencia de cerrar los ojos y dejarse llevar por esa tensión.
—Suéltame —dijo ella, aunque su voz carecía de la fuerza habitual.
—Sobrevive entonces —respondió él, soltándola bruscamente, recuperando su máscara de indiferencia—. Pero hazlo por ti, no por un hombre que ya ha puesto precio a tu cabeza. Mañana empezamos con la nueva regla. No te quiero tarde.
Él salió de la habitación sin mirar atrás, dejando a Alessandra con el corazón acelerado y una duda que empezaba a crecer como una hiedra venenosa: ¿Y si Damian era el único que le estaba diciendo la verdad?