Alana muere tras su deporte favorito. reencarna en el cuerpo de una mujer de la nobleza. Una mujer que al ver la situación del reino decide actuar para cambiarlo todo.
Pero esperen... Ella no actuará sola. Ayudará al villano a obtener poder y consigo, asegurar su futuro.
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Capitulo 11: Las piezas se mueven.
El nombre empezó a circular sin anuncio previo. No apareció en bandos ni en cartas oficiales. Se dijo primero en voz baja, luego con más firmeza. En los mercados, en las tabernas, en las filas para pagar impuestos. Los pueblerinos le decía “el lobo blanco".
Algunos lo pronunciaban con cuidado, como si temieran que decirlo atrajera problemas. Otros lo decían con alivio. Era un héroe, para a ellos. Era alguien que intervenía cuando nadie más lo hacía. Eso bastó para que el pueblo comenzara a pensar diferente.
En Kasmar, la mañana después de la huida de los guardias, los vecinos se reunieron frente al puesto de cobro vacío. El tablón seguía colgado, pero nadie estaba allí para exigir monedas ni cuerpos. Una mujer mayor fue la primera en hablar.
—Dicen que fue el mismo hombre que estuvo en Eredal.
—Sí —respondió otro—. Tenía una barba clara. ahora, parece más joven. Tampoco pidió algo a cambio.
—Pidió cerveza —corrigió un joven—. Y ni siquiera se tomó una. Diez tarros se bebió.
Hubo algunas risas nerviosas.
—¿Y si vuelve la guardia? —preguntó alguien desde atrás.
—Volverán —dijo la mujer—. Siempre vuelven.
—Pero ahora saben que alguien los enfrenta —respondió el joven.
No sabían exactamente qué, pero lo sentían. Esa sensación corrió más rápido que cualquier orden de los reyes.
Ese mismo día, un mensajero llegó al palacio con informes sellados. El rey los recibió durante el consejo matutino. No esperó a que todos se sentaran.
—Lean —ordenó, arrojando los documentos sobre la mesa.
Uno de los ministros tomó el primero, frunció el ceño y luego miró al rey.
—Habla de disturbios en tres pueblos —dijo—. Eredal, Kasmar y Lorn.
—No son disturbios —intervino el príncipe—. Es un solo hombre.
—Un solo hombre no hace huir a una guardia entrenada —replicó el rey—. ¿Quién es?
—No se sabe —respondió el ministro—. Pero el nombre se repite.
—Díganlo —exigió el rey.
—Según dicen que es el lobo blanco.
El silencio fue inmediato.
—¿Lobo qué? —preguntó el príncipe.
—Asi es, majestad —respondió el ministro—. No dan apellido. No lo conocen.
El rey apoyó ambas manos en la mesa.
—Entonces lo conocerán —dijo—. Quiero carteles. Quiero recompensas. Quiero que se sepa que cualquiera que lo ayude será castigado.
—¿Castigado cómo? —preguntó otro consejero.
—Con todo —respondió el rey—. Si no pagan con monedas, pagarán con sangre. Que el pueblo recuerde quién manda.
Las órdenes salieron ese mismo día. Guardias adicionales fueron enviados a las rutas. En dos pueblos, se hicieron arrestos al azar. No por ayudar a Vladimir, sino por advertir. Los cuerpos colgados no llevaban nombres, pero el mensaje era suficiente.
En el palacio, Anabel recibió los cambios antes de que llegaran los rumores. Los informes que había revisado empezaron a volver a su escritorio con anotaciones nuevas. Cifras corregidas. Órdenes de recobro reactivadas. Firmas que no estaban antes.
El escribiente que la acompañaba esa mañana evitó mirarla.
—Estos documentos no coinciden con los de ayer —dijo ella, sin levantar la voz.
—Se actualizaron —respondió él.
—No se actualiza un pago completo a deuda pendiente sin causa —replicó Anabel—. ¿Quién autorizó esto?
—El consejo fiscal.
—¿Cuál? —preguntó ella—. Quiero los nombres.
El escribiente dudó.
—No puedo darle eso.
—Sí puedes —dijo Anabel—. O puedo preguntar por qué los números no cuadran y por qué tú los entregas sin revisar.
El hombre apretó la tablilla contra el pecho.
—Esto no es asunto suyo.
—Ahora lo es —respondió ella—. Desde el momento en que se falsifican registros bajo mi supervisión.
El escribiente se marchó sin responder. No volvió en todo el día.
Por la tarde, Arturo fue llamado a una reunión privada. Regresó con el gesto tenso. No saludó a Anabel al entrar en la habitación. Cerró la puerta con fuerza.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó.
—Trabajando —respondió ella, sin mirarlo—. Como me pediste.
—No juegues conmigo —dijo Arturo—. Los informes llegan incompletos. Las cifras no coinciden. El consejo está molesto.
Anabel dejó la pluma.
—Las cifras siempre estuvieron mal —dijo—. Solo ahora se nota.
Arturo se acercó.
—No te contraté para cuestionar al sistema —replicó—. Te contraté para ordenar papeles.
—Eso hago —respondió ella—. Ordeno lo que otros desordenaron a propósito.
—Estás yendo demasiado lejos —dijo Arturo—. Y estás atrayendo atención.
—¿Te preocupa la atención o que descubran cómo funcionan las cosas? —preguntó ella.
Arturo la miró largo rato. Ya no había molestia en su rostro. Había cálculo.
—Te advertí —dijo—. No eres más que una esposa con acceso prestado.
—Entonces retíralo —respondió Anabel—. Pero explica por qué faltan fondos del pueblo. Quizás la mayoría de los nobles no es justo pero la otra parte sí. Y se dará cuenta de eso.
El silencio fue pesado.
—No sabes en qué te estás metiendo —dijo Arturo finalmente.— Pero esto me beneficia aunque no lo creas.
Arturo dio un paso atrás. La observó como si la viera por primera vez.
—¿En qué? — preguntó Anabel.
Arturo solo se rió. Y salió sin decir nada más. Esa noche, ordenó que revisaran cada informe que pasara por manos de Anabel. También ordenó que no se le dejara sola en los archivos.
Mientras tanto, en los pueblos, el nombre seguía creciendo.
—¿Quién fue el que ayudó en Lorn? —preguntaban.
—El lobo blanco.
—¿El mismo de Kasmar?
—El mismo.
Algunos decían que era un criminal. Otros, que había sido noble. Nadie lo sabía con certeza. Pero sabían lo que hacía. Y eso bastaba.
Vladimir escuchaba su apodo sin buscarlo. En una taberna pequeña, un hombre se le acercó con cuidado.
—¿Usted es…? —empezó a decir.
—No —respondió Vladimir—. No me nombres aquí.
—Gracias —dijo el hombre—. Mi hija volvió a casa ayer por usted. La liberó de esos guardias.
Vladimir no respondió. Bebió un sorbo y se levantó.
—No te quedes —añadió Vladimir—. Cuando lleguen los guardias, será peor.
—¿Y usted? —preguntó el hombre.
—Yo me moveré —respondió Vladimir—. Cómo siempre.
Esa noche, los carteles aparecieron. En las entradas de los pueblos, en los caminos. Prometían recompensa por información. Amenazaban con castigo por el silencio. El rostro dibujado no se parecía del todo, pero el nombre estaba claro.
Vladimir los arrancó cuando pudo. En otros lugares, la gente los cubrió con barro. Preferían a un bandido que los guardias reales.
En el palacio, el rey recibió nuevos informes. Esta vez no los arrojó.
—Está funcionando —dijo el príncipe—. La gente tiene miedo.
—No suficiente —respondió el rey—. Quiero resultados.
—Lo estamos empujando a organizarse —advirtió un consejero—. Si sigue así, no será solo un hombre. Será un pueblo entero.
—Que lo intente —dijo el rey—. Así sabremos a quién aplastar.
Esa misma noche, Anabel fue llamada al despacho de Arturo en su casa.
—Mañana vendrá un auditor real —le dijo—. Revisará todo.
—Perfecto —respondió ella—. Así no cargaré sola con las irregularidades.
Arturo apretó la mandíbula.
—Si esto sale mal —dijo—. No te protegeré.
—Nunca lo hiciste —respondió Anabel.
James se fue tranquilo haciendo casi todo lo q quería hacer con su pequeña esposa y protegiéndola hasta el final, ambos estaban enamorados y pidieron mostrarse y entregarse su amor completamente, Grecia aprecio y logro conocerlo aún más antes de partir, él se fue sin remordimiento y sin sufrimiento, se fue feliz y ella lo recordara x siempre pues espero q un bebé haya quedado ahí