Dos jefes mafiosos. Un matrimonio arreglado.
El odio que los separa es tan intenso como la atracción que los consume.
Entre lealtad, sangre y deseo prohibido, Jay y Win descubrirán que el enemigo más peligroso no está fuera de la guerra… sino dentro de ellos mismos.
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Capítulo 11
La mansión despertó temprano. Hombres circulaban por los pasillos, cargando cajas, carpetas, arreglos. El abogado del pacto llegó esa mañana, trayendo órdenes del consejo: la boda sería en dos semanas, sin aplazamientos.
Nin observaba el movimiento desde la ventana de la habitación, el vestido de seda clara cayendo por los hombros. El peso de la carta aún resonaba en sus manos. Sabía que no se trataba solo de matrimonio, sino de control. La tregua dependía de ella, de su cuerpo, de su firma, de su sacrificio.
Afuera, Jay conversaba con Oleg en ruso, la voz baja, fría.
—Quiero la lista completa de proveedores de flores, bebidas, tejidos. Hasta el último cargador —dijo, firme—. No confío en nada que venga de fuera.
Oleg asintió.
—¿Crees que usarán la boda para atacar?
Jay miró al horizonte, los ojos grises reflejando la luz de la mañana.
—Creo que usarán cada movimiento nuestro para destruirnos.
Win surgió detrás de él, vistiendo solo una camiseta oscura y pantalones ligeros. La mirada era una lámina afilada.
—Pareces demasiado ansioso por casarte con mi hermana.
Jay giró el rostro lentamente, una sonrisa fría en los labios.
—No confundas obsesión con preparación.
—Yo no confundo nada —Win dio un paso al frente—. Solo no olvides que, en el altar, ella estará a tu lado... pero yo estaré observando.
Jay sostuvo la mirada, firme.
—Y tú no olvides que, en cada paso hacia el altar, es tu orgullo el que está en juego.
El silencio entre ellos pesó, pero fue roto por la voz de Nin, que había bajado discretamente.
—Ustedes dos van a volverme loca —dijo, seria—. La boda no se trata de ustedes. Se trata de evitar más sangre.
Los dos la miraron, pero no respondieron.
Por la tarde, comenzaron los preparativos. Nin fue llevada al salón para probarse telas. El abogado leía cláusulas, mientras costureras medían su cuerpo con cintas de seda. Ella mantenía el mentón en alto, pero por dentro ardía.
Jay observaba desde la sombra, brazos cruzados. No parecía interesado en la ceremonia, sino en cada detalle de la seguridad.
Win se apoyó en la pared opuesta, ojos fijos en Jay más que en su hermana.
—¿Te estás divirtiendo, Volkov?
Jay levantó una ceja.
—No. Solo pienso en cuántos lugares un tirador podría usar para transformar esta prueba de paz en masacre.
—Solo piensas en guerra —replicó Win.
—Guerra es lo que nos mantiene vivos —respondió Jay, firme—. El amor no protege a nadie.
Win rió corto, pero sin humor.
—Hablas como si supieras lo que es el amor.
Jay no respondió. Solo mantuvo la mirada fija en el corredor, pero por dentro las palabras resonaron en silencio.
Por la noche, el salón fue vaciado. Nin se recogió temprano, exhausta. El abogado permaneció en reuniones con los ancianos de las familias. Y la mansión se sumió en una quietud extraña.
Jay caminaba por los pasillos, inspeccionando cada cerradura, cada guardia. Win lo siguió, en silencio, hasta que se detuvieron frente al patio interno iluminado por antorchas.
—No confío en ti —dijo Win, rompiendo el silencio.
Jay esbozó una media sonrisa.
—Eso es mutuo.
—Pero has salvado a Nin dos veces —Win respiró hondo—. Y eso me irrita más que cualquier cosa.
Jay se acercó, los ojos grises fijos en él.
—Porque no fuiste tú.
Win cerró los puños.
—Porque no quiero deberte nada.
Jay levantó la mano y la apoyó en su hombro, firme, cálida.
—Entonces no me debes. Solo no olvides que estamos vivos porque luchamos lado a lado.
El toque duró más de lo que debía. Win no retrocedió. Por el contrario, su cuerpo se inclinó un centímetro más de lo necesario.
Las respiraciones se mezclaron. El aire olía a pólvora y jazmín.
Por un segundo, el odio pareció disolverse en algo más denso.
Pero una voz resonó desde el balcón. Era Nin.
—Jay, Win —llamó, seria—. Necesitamos hablar.
Los dos se alejaron rápido, como si nada hubiera pasado.
Nin bajó los escalones, el sobre aún en sus manos.
—El consejo no solo está apurando la boda. Exigen que, hasta entonces, ustedes dos muestren unión. En público.
Jay frunció el ceño.
—Quieren espectáculo.
Win rechinó los dientes.
—Quieren encadenarnos.
Nin suspiró, mirándolos a los dos.
—Van a tener que fingir. Y fingir muy bien. Porque, si fallan... no va a quedar nada de nosotros.
Más tarde, en el pasillo central, Jay y Win retomaron la vigilia. El silencio entre ellos era cargado.
Win, después de minutos de quietud, murmuró:
—Fingir unión.
Jay alzó los ojos hacia él, serio.
—¿Crees que es solo fingimiento?
Los dos se miraron por largos segundos, hasta que Win desvió la mirada, inquieto.
—No sé —murmuró, casi para sí mismo.
Jay cerró los ojos por un instante. El toque aún quemaba en la memoria.
Y, por primera vez, temió más el vínculo que nacía entre ellos que cualquier enemigo externo.