Luciano Viteli no es un hombre. Es un mito vestido de traje negro, con el alma manchada de sangre y los ojos tan fríos como una sentencia de muerte.
En Ciudad H, su nombre no se pronuncia con ligereza. Le llaman el Demonio. Y con razón. Es paranoico, controlador, obsesivo. Un dios oscuro dentro de su imperio: la Orden de las Sombras. Bajo su mando, fluye el tráfico de armas como veneno por las venas de un país podrido. Nadie se le opone. Nadie vive para contarlo.
Pero el respeto que inspira no viene solo del miedo. Luciano es adictivamente peligroso. En su presencia, hasta el silencio se arrodilla. Sus seguidores lo veneran, lo temen… y algunos, en secreto, lo desean.
Él no ama. Él toma. Él marca.
Y cuando ella entró en su vida, cometió el único error que no se podía permitir: obsesionarse con ella hasta perder el control, amarla con una locura silenciosa que lo convirtió en algo que juró no ser jamás... vulnerable.
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CAPITULO 11
"El demonio y la flor.
El hielo y el fuego.
Y una chispa que amenaza con incendiarlo todo."
Luciano
Cinco en punto.
No cinco y uno.
No cinco menos dos.
Cinco.
Puntualidad de reloj suizo.
Como todo en mí.
Estaba de pie en el Jardín de Invierno del Hotel Cumbre, rodeado de orquídeas blancas, luces cálidas y silencio.
Demasiado silencio para un hombre como yo.
Un asesino con traje.
Un demonio esperando a su ángel caído.
El primer paso lo escuché antes de verla.
Pequeño.
Dudoso.
¿O tal vez fue solo mi corazón el que se detuvo?
Entonces apareció.
Ella.
Tan pequeña.
Tan frágil.
Tan jodidamente hermosa en su debilidad.
Un vestido azul cielo.
Como sus ojos.
Cabello recogido sin esfuerzo, mechones sueltos cayendo como hilos de oro.
Y un temblor apenas perceptible en sus dedos.
Mis manos se apretaron en los bolsillos.
Porque las quería sobre ella.
Porque quería comprobar si su piel era tan suave como parecía en mis pesadillas.
Porque tenía que contenerme.
Aún.
—Luciano Viteli… —dijo ella, como si mi nombre tuviera filo.
—Isabela Donato… —respondí, como si el suyo fuera un conjuro.
---
Isabela
Lo sabía.
Desde que abrí la puerta y lo vi entre las flores, lo supe.
Ese no era un hombre.
Era una sombra.
Un animal contenido.
Un desastre con forma humana.
Y sin embargo, me quedé.
Porque su voz era más suave de lo que imaginé.
Porque sus ojos no eran vacíos, como papá dijo.
Eran dolor.
Rabia.
Soledad.
Hambre.
Y por primera vez, no sentí miedo.
Sentí…
Curiosidad.
Y deseo.
Y una atracción tan peligrosa que me costaba respirar.
—¿Tú me enviaste la pintura? —le pregunté, sabiendo la respuesta.
Él solo asintió.
No necesitaba justificar nada.
Él no pide permiso.
Él toma.
—Era mía desde que la pintaste —dijo.
—La pinté con quince años…
—Y aún así lograste desnudarme más que nadie en toda mi vida —susurró.
Mi corazón tropezó en mi pecho.
Lo miré.
Por primera vez, sin parpadear.
Él también me miraba.
Como si me desvistiera.
Como si quisiera desarmarme.
Como si…
ya me hubiese elegido.
---
Luciano
No entendía qué hacía allí.
Yo.
El hombre que parte cuellos por órdenes rotas.
El que nunca mira dos veces a una mujer.
Ahora parado frente a esta criatura rota, con ganas de besarle cada grieta.
Ella no sabía nada del mundo.
Y yo lo conocía todo.
La mafia, la sangre, las traiciones.
El infierno no me da miedo.
Pero ella sí.
Porque ella puede hacerme sentir.
Y eso me debilita.
—No deberías estar aquí —le dije, con la voz más baja.
—Entonces, ¿por qué me llamaste?
Tocada.
Golpe directo al orgullo.
No respondí.
Porque la respuesta es que no podía no hacerlo.
Porque desde que la vi, nada más importa.
Y eso me jode.
Dio un paso más cerca.
Y yo no me moví.
Ni respiré.
¿Quería tocarla?
Sí.
¿Quería arrastrarla a mi infierno?
Ya lo había hecho.
Solo con mirarla.
—
Isabela
Me acerqué.
No sé cómo.
Tal vez porque sentía que él me entendía sin hablar.
O porque sus ojos eran iguales a los míos.
Tristes.
Hambrientos.
Solos.
—¿Por qué yo? —le pregunté.
Él se agachó un poco, solo lo suficiente para que su voz rozara mi oído:
—Porque tus ojos me dolieron,
y yo solo siento dolor.
Y entonces me estremecí.
No de miedo.
Sino porque por primera vez, alguien veía mi alma.
Y en sus ojos, vi la mía.
Triste.
Oscura.
Esperando que alguien la tocara.
---
Luciano
No la besé.
No aún.
Porque si lo hacía, no habría marcha atrás.
Pero tomé su barbilla entre mis dedos, solo un segundo.
Y ella no se apartó.
No tembló.
No gritó.
Solo me miró.
Y fue entonces cuando supe…
que me pertenecería.
Por elección o por destino.
Pero sería mía.
—No vas a escapar de esto —le dije.
Ella respiró hondo.
Y por primera vez, sonrió.
Pequeño.
Roto.
Perfecto.
—Tal vez… no quiero escapar.