¿Alguna vez te ha gustado tanto una persona que no puedes aguantar las ganas de verla y la tienes presente en tu mente todo el día?
Ese es el caso de Amanda. Desde que conoció a Mauricio; personal de mantenimiento en su casa, quedó flechada instantáneamente con su voluptuoso cuerpo y forma de ser. No obstante, tratará de conquistarlo cueste lo que le cueste. Pero muchas veces no todo lo que se quiere se puede tener... ¿O tal vez sí?
¿Será que su amor será correspondido algún día?
¿A qué se deberá enfrentar Amanda para ganar su corazón?
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RESPUESTAS
Aunque quería saborearlo como mantecado en verano, estoy consciente de que no es el lugar ni el momento adecuado para eso.
—Detente, Mauricio — su beso me robó hasta el aliento—. Esto está mal. No se supone que estemos haciendo eso frente a la niña.
—Ella no está mirando, así que puedes estar tranquila.
—Estás alimentando mis esperanzas. Solo espero que al final no vayas a dejarme caer de nuevo y de lleno al suelo, porque va a doler mucho — me separo de él para ir hacia la niña.
Probablemente no se da cuenta, pero lo que hace solo me ilusiona más y tengo temor de que al final decida apartarse de mí, dejándome con el corazón roto y una profunda herida.
—¿Quieres hacer un castillo de arena?
—Sí — viendo lo animada que se ha puesto con la idea, salgo con ella a la orilla y nos sentamos.
—Hagamos uno gigante.
Mauricio se une a nosotras para ayudarnos y como tiene una manos grandes, se le hace mucho más fácil el sacar más arena que nosotras. Será mucho más rápido con su ayuda. El castillo iba tomando forma poco a poco. Para darle el último toque, le colocamos una rama en la cima y dos hermosos caracoles que encontramos en la arena.
—Quisiera poner nuestros nombres. ¿Me ayudas a escribirlo, por favor?
—Claro. Veamos cómo queda — escribo su nombre abreviado, luego el de Mauricio y por último el mío en los bordes—. Mi letra cada día está fatal. Creo que debo volver a primer grado para que me enseñen a escribir mejor.
—Es lindo.
—Esme tiene razón, se ve lindo.
—Tomaría una foto, pero no tengo mi teléfono encima.
—Yo lo busco.
—No, no te preocupes. Con haberlo hecho con ustedes, me hará siempre recordarlo.
Mauricio se me queda viendo y Esme rompe el silencio.
—Miren a ese perro surfeando. Yo quiero uno, papá.
—Es lindo, pero no podemos tener uno. Eso es mucha responsabilidad y no es el momento, princesa. Te prometo que cuando estés más grande y nos mudemos a un mejor lugar, te voy a regalar un lindo cachorrito.
—Está bien, papá.
—¿Quieren comer pizza?
—¡Sí! ¿Te gusta la pizza? — me pregunta Esme.
—Claro, ¿a quién no?
Nos quitamos la arena con los galones de agua que trajo en el vagón de su auto. Mauricio dejaba caer el agua por arriba de nosotras, mientras nos ayudábamos Esme y yo a limpiarnos. Estábamos entre ambas puertas del auto, pero él también nos cubría. A la niña la cambiamos de ropa primero y luego me tocaba mí. Con la otra toalla que estaba supuesta a ser para Mauricio, me dejó utilizarla. Incluso me dio la camisa seca que iba a ponerse. No pude negarme, ya que él insistió. Eso no era lo más incómodo de la situación, era el hecho de que estaba sin camisa y con el pantalón largo en que vino. No podía dejar de mirarlo de reojo a cada rato. Me está haciendo sufrir y no lo nota. Es tan lindo, muero por apretarlo y acariciarlo. Esa panza es tan gelatinosa. Tienes que guardar la calma, Amanda. Concéntrate en otra cosa.
Nos detuvimos en la pizzería y él se bajó así como estaba, dejándome con la niña en el auto. Supongo que esto entra como acoso, pero es una oportunidad que no se da todos los días. Saco mi teléfono y, sin que Esme se dé cuenta, le tiro varias fotos a Mauricio. Al fin tendré nuevas fotos y de la forma en que siempre quise verlo.
—¿Te sientes bien?
—Sí, pequeña — me sobresalté, guardando de inmediato el celular.
—¿Puedes tirarme una foto?
Rayos, me ha descubierto. Lo único bueno de todo esto es su inocencia.
—Claro — saco el teléfono dispuesta a tirarle una foto.
—Pero contigo. Mi papá dice que los amigos son importantes — los amigos, ¿eh?
—Hay que tomarnos una foto juntas, pero no le digas a tu papá. La guardaré para crear un álbum de los mejores momentos que pasemos juntas de hoy en adelante y cuando lo llenemos, se lo mostramos a tu papá. ¿Qué te parece?
Le agradó la idea, pues lo noté en la emoción y el brillo que cobró sus ojos. Nuestro rostro está rojo debido al sol que cogimos hoy, pero valió la pena, porque nos hemos divertido mucho y ha sido un día fenomenal. Al cabo de un rato, Mauricio regresa al auto con la pizza y nos estacionamos cerca de la playa nuevamente para comer, pero dentro del auto. La niña comía con un gusto y placer que se le puede notar a leguas que le encanta la pizza. Notando que tiene salsa por alrededor de su boca, cojo un papel para limpiarla y ella sonríe.
—Listo.
Mauricio se me queda viendo por unos instantes.
—Debo parecer al guasón, ¿verdad? — mi pregunta lo hace sonreír.
—Tus labios brillan y se ven rojizos — desliza su dedo pulgar en mis labios y lo miro sorprendida.
—Oh, sí. Debe ser la misma grasa de la pizza.
—No, es porque los has estado lamiendo y mordiendo cada vez que me miras.
—Baja la voz. La niña está ahí — digo en voz baja.
—Está entregada a la pizza. Mírala.
La observo y efectivamente está devorando la pizza, no parece escucharnos. Es un alivio.
—Para haber notado eso, has debido estar observándome bastante. Cuéntame, ¿te has enamorado de mí ya? — le tiré un beso y desvió la mirada.
—Eso sonó muy narcisista — se sirve de la coca cola y toma del vaso.
—¿Esa es tu forma de evadir mi pregunta? De acuerdo. Algún día te sacaré de gota en gota la respuesta— gira su cuello casi como el exorcista y sonrío inocente—. ¿Por qué me miras así, Mau, Mau? Te veo sudando. ¿Te encuentras bien? — arqueo una ceja y traga saliva.
—Espero no estés diciendo eso de la boca para afuera — vuelve a darse otro sorbo, mientras mira hacia la playa.
—No, de la boca para adentro, Mau.
Se ahogó con la coca cola y le di varias palmadas en la espalda. Se pone a cucarme, pero no aguanta el contraataque.