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Siento lo que sientes

Siento lo que sientes

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Romance de oficina / Completas
Popularitas:9k
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell

**Valentina Reyes nunca pidió este trabajo.**

Un día, una oferta misteriosa aparece en su correo. Al siguiente, está parada en el elevador VIP de Grupo Austral, frente al hombre más intimidante que ha visto en su vida: Santiago Montero, el CEO que nadie se atreve a mirar a los ojos.

Sus dedos se rozan en el botón del piso 25. Una chispa de estática. Un chasquido visible.

Y desde ese momento, Santiago empieza a sentir todo lo que ella siente.

Su ansiedad. Su hambre. Su rabia contra el jefe explotador. Sus ganas de llorar viendo telenovelas a medianoche. Y algo peor: los latidos desbocados de su corazón cada vez que él se acerca demasiado.

El problema es que Santiago Montero no ha sentido absolutamente nada —ni miedo, ni alegría, ni tristeza— desde que tenía doce años.

Ahora, atrapado en las emociones de una chica que lo saca de quicio, Santiago tiene dos opciones: encontrar la forma de romper el vínculo... o admitir que, por primera vez en veinte años, no quiere dejar de sentir.

**Ella le devolvió el color a un mundo en blanco y negro. Pero, ¿qué pasa cuando él descubre que también puede sentir por cuenta propia?**

NovelToon tiene autorización de Angel_fr_Hell para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

Cap 2: Frecuencia cardíaca anómala

El doctor revisó los resultados por tercera vez, se quitó los lentes y los limpió con la bata antes de volver a ponérselos.

—Licenciado Montero, su electrocardiograma está limpio. Química sanguínea normal. Tiroides perfecta. Resonancia sin hallazgos. —Pasó las hojas del expediente como quien busca un error que no existe—. Francamente, usted está en mejor forma que la mayoría de mis pacientes de treinta años.

Santiago lo observó desde la silla de exploración sin mover un músculo.

—Entonces explíqueme por qué mi frecuencia cardíaca alcanzó ciento veintiocho latidos por minuto mientras estaba sentado en una junta.

El doctor se encogió de hombros con esa sonrisa compasiva que reservan para los ejecutivos que confunden el estrés con un infarto.

—Estrés, quizá. ¿Cuántas tazas de café toma al día?

—Dos.

—Reduzca a una. Duerma más. Haga ejercicio. —Le extendió una receta de magnesio que Santiago no iba a comprar—. Si los episodios se repiten, agendamos un Holter de veinticuatro horas.

Santiago tomó la receta, la dobló en cuatro y se la guardó en el bolsillo interior del saco. No era el café. Él lo sabía. Pero no existía un código médico para "alguien introdujo emociones ajenas dentro de mi sistema nervioso", así que se levantó, estrechó la mano del doctor y salió del consultorio.

En el estacionamiento del hospital, sentado dentro de su auto con el motor apagado, revisó la gráfica de frecuencia cardíaca del Apple Watch. La línea había regresado a su rango habitual —sesenta y dos latidos en reposo— desde las dos de la tarde, aproximadamente. Como si lo que fuera que lo había invadido se hubiera dormido.

Encendió el motor y condujo de regreso a Torre Austral.

---

Valentina llevaba seis horas sentada en su nuevo escritorio y todavía no había encontrado el momento adecuado para ir al baño.

No era que no supiera dónde estaba. Camila se lo había señalado tres veces. Era que cada vez que se levantaba, alguien la miraba, y cada vez que alguien la miraba, su cerebro decidía que era un excelente momento para recordarle que no pertenecía ahí.

El área creativa ocupaba la mitad sur del piso veinticinco: un espacio abierto con escritorios de cristal, monitores enormes y una pared entera cubierta de post-its de colores. El café de la máquina era gratis —gratis, ilimitado, con leche de almendra si querías— y había una canasta de fruta fresca junto a la impresora. Valentina se había comido dos mandarinas a escondidas metiéndoselas en la bolsa de la chamarra.

—¡Oye! ¿Valentina Reyes? —Una voz la arrancó de su pantalla. Se volteó y casi tiró el vaso de agua.

Una chica de cabello castaño con mechas balayage, blusa de seda que probablemente costaba más que la renta mensual de Valentina, y una sonrisa que ocupaba toda la cara.

—¡¿Cami?!

—¡Ay, no puede ser! —Camila Ibarra del Valle la abrazó tan fuerte que el botón traicionero de la blusa crujió en protesta—. ¡¿Qué haces aquí?! ¡Pensé que te habías ido a Querétaro a trabajar con tu tío!

—No funcionó. Es largo de contar. —Valentina sonrió por primera vez en todo el día—. ¿Tú qué haces en Grupo Austral?

Camila se sentó en la esquina del escritorio como si fuera suyo, cruzó las piernas y bajó la voz a un volumen que seguía siendo perfectamente audible para cualquiera en un radio de cinco metros.

—Amiga, vine por el director. ¿Lo has visto? Alto, moreno, ojos que te hacen querer cometer delitos. —Suspiró dramáticamente—. Pero resulta que trabaja en el piso de arriba, tiene cara de que no ha sonreído desde el sexenio de Calderón, y nadie se le acerca ni para pedirle la hora. O sea, guapísimo pero aterrador.

Valentina pensó en el hombre del elevador. Alto. Abrigo negro. Ojos como ventanas vacías. No. No podía ser. Había muchos hombres altos en un edificio de veinticinco pisos. Probablemente.

—¿Y el trabajo? —preguntó, intentando cambiar de tema.

—Ah, eso también. —Camila agitó la mano como espantando una mosca—. Pero escucha, tú y yo somos las únicas que nos conocemos aquí, así que vamos a cuidarnos las espaldas. ¿Trato?

—Trato.

Un taconeo seco interrumpió la conversación. Andrea Soto Ríos —Licenciada Soto, según la placa de su oficina— apareció frente a los tres escritorios nuevos con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa que parecía más un aviso legal que un gesto de bienvenida.

—Bienvenidos al departamento creativo. —Su voz era clara, sin inflexiones innecesarias—. Este trimestre entran tres, pero solo dos pasan la prueba. Mucha suerte.

Lo dijo mirándolos a los tres: Valentina, Camila, y el chico del tercer escritorio.

Diego Herrera Campos. Camisa blanca perfectamente fajada, cabello peinado con gel, y una libreta abierta donde ya había apuntado el nombre completo de Andrea con letra impecable. Cuando la licenciada se dio la vuelta, Diego le dijo:

—Licenciada Soto, si necesita apoyo con la presentación del jueves, estoy disponible desde las siete de la mañana.

Andrea no volteó. Pero asintió levemente antes de desaparecer por el pasillo.

Camila le lanzó a Valentina una mirada que decía todo. Valentina miró a Diego. Algo en la forma en que sus ojos calculaban el ángulo exacto de cada sonrisa le hizo apretar los labios.

"Cuidado con ese", pensó. No sabía por qué. Instinto, tal vez.

---

A las once de la noche, Santiago seguía en su oficina.

No porque tuviera trabajo pendiente —el expediente del cliente estaba cerrado, los correos respondidos, la agenda del martes revisada—, sino porque no había motivo para ir a casa. Su penthouse en Polanco era una sucesión de superficies lisas y luces automáticas donde nada esperaba su llegada, ni siquiera un ruido.

Estaba leyendo un informe trimestral cuando lo golpeó.

No fue gradual. Fue como si alguien hubiera abierto una compuerta: una oleada de hambre le subió desde el estómago hasta la garganta. Pero no era el hambre habitual —esa señal discreta que él atendía con precisión cada seis horas—. Esto era un antojo salvaje, específico, irracional. Carne al pastor. Cebolla asada. Piña caramelizada sobre una tortilla de maíz. Cilantro. Salsa verde. Limón.

Santiago no comía en taquerías. Santiago comía en restaurantes con reservación o en la cocina de su departamento, donde un servicio de meal prep le dejaba cinco contenedores idénticos cada lunes.

Se puso de pie. Se puso el abrigo. Tomó el elevador. Cruzó el vestíbulo vacío de Torre Austral. Salió a la calle.

A media cuadra, un puesto de tacos al pastor irradiaba luz naranja y olor a grasa caliente. El taquero cortaba carne del trompo con un cuchillo largo, y una fila de tres personas esperaba con platos de unicel.

Santiago se formó.

No supo en qué momento pidió. No supo en qué momento pagó los cuarenta y cinco pesos —con un billete de quinientos porque no cargaba cambio—. Solo supo que estaba ahí, parado en una banqueta de Reforma a las once y cuarto de la noche, con un plato de tacos al pastor en la mano y salsa verde goteándole sobre los zapatos italianos.

Dio un mordisco.

Su cerebro le informó, con la neutralidad de siempre, que la carne estaba bien cocida y la tortilla recién hecha. Pero debajo de esa evaluación técnica había algo más: una satisfacción profunda, casi infantil, que no le pertenecía. Como si alguien, en algún lugar, estuviera saboreando esos tacos a través de él.

---

En Ecatepec, en un departamento de cuarenta metros cuadrados con una gotera en el techo del baño, Valentina estaba acostada boca abajo en la cama con el celular a quince centímetros de la cara, mirando la ubicación de una taquería en Google Maps.

—Pinche taquería —murmuró contra la almohada—. Tres kilómetros. A esta hora no hay metro. Un Uber sale en ochenta pesos. Ochenta pesos son cuatro días de desayuno.

Cerró la app. Abrió el refrigerador. Un cartón de leche a punto de caducar y medio bolillo.

Se comió el bolillo con un vaso de leche, se metió en la cama y apagó la luz.

La smartband marcó 64 lpm. Por primera vez en todo el día, su corazón estaba tranquilo.

A once kilómetros de distancia, Santiago tiró el plato vacío en un bote de basura, se limpió las manos con una servilleta de papel que olía a limón, y miró la mancha de salsa verde en su zapato derecho.

—Esto no está bien —dijo en voz baja, a nadie—. Nada de hoy está bien.

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Lau
interesante 🤭 comenzando
Graciela Pinto Caetano
esperaba otro final!!!
Tere Bru
novela tan larga ,para un final así !! desilusión total 😔
Milo Mosquera
Muy linda.
Milo Mosquera
😍😍😍😍
Stella Vega
??? Y ???
Stella Vega
????Y ??
engerling marrugo arroyo
😭 y el final 😭😭
Viviana Gonzalez
Estimada Escritora, muchas gracias, por una historia Fascinante, Extraordinario, me encantó pero siento que faltaron los besos, más vida de ellos como pareja,
Is Cantil
Jajaja pobre, no sabe porque comió ese taquito 🤣🤣
Karen Bel
que paso aquí? así termina 😢
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