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EL ECO DE UN PASO EN FALSO. El Camino De Regreso A Ti.

EL ECO DE UN PASO EN FALSO. El Camino De Regreso A Ti.

Status: En proceso
Genre:Fanfic
Popularitas:770
Nilai: 5
nombre de autor: Darling.LADK

Siete años después de graduarse de la Clase 3-E, Nagisa Shiota ha construido una vida estable como profesor, ocultando tras su calma el dolor del abandono de Karma Akabane. Karma, ahora un exitoso burócrata, regresa a la vida de Nagisa dándose cuenta de que el poder y el dinero no llenan el vacío de haber huido por miedo a sus propios sentimientos y al trauma del pasado.
​Lo que comienza como un asedio de persistencia por parte de Karma choca con el muro de frialdad de un Nagisa que ya no está dispuesto a ser el pilar de nadie más. En un reencuentro cargado de reclamos honestos y cicatrices abiertas, ambos deberán decidir si son capaces de perdonar las ausencias del pasado para permitirse, finalmente, un futuro juntos.


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2_La pantalla en blanco

Karma estaba tirado en su cama, hundido en las sábanas de algodón que ahora le pesaban como una manta de plomo. Con el brazo izquierdo tapándole los ojos, intentaba sacudirse las imágenes que se le pegaban a la mente como goma en el zapato —pero cuanto más lo intentaba, más claras se volvían. La habitación estaba a oscuras, salvo por el resplandor azulino del celular sobre la mesilla: un farolito que no dejaba que cerrara bien los ojos.

Había intentado estudiar durante casi dos horas para el examen de ingreso a la academia técnica de Kunugigaoka. Las fórmulas de física estaban ahí, escritas a mano en hojas que ahora se mezclaban en su cabeza con la imagen de Nagisa: sus ojos azules como el mar en un día nublado, a unos centímetros de los suyos, ese cabello azul que parecía tener vida propia cuando se movía, el aire de su aliento rozándole la mejilla en el claro del bosque donde habían estado entrenando. Gruñó y se dio la vuelta bruscamente, metiendo la cara en la almohada —que aún olía a lavanda, como siempre.

—Maldita sea, Nagisa... —susurró, y la tela atrapó su voz hasta que sonó como un quejido.

Se sentía como un idiota. Había huido de allí sin decir ni una palabra, dejándolo solo en el suelo cubierto de hojas secas. Él era Karma Akabane —el que siempre tenía la respuesta lista, el que nunca se dejaba llevar por nada. Y sin embargo, ese chico más bajito que él, con esa sonrisa que podía parecer inocente hasta que te atrapaba, lo había dejado completamente sin habla con una sola frase: "Karma, ¿por qué nunca miras a los ojos cuando te hablo de lo que realmente importa?"

Se incorporó de un salto y agarró el teléfono, deslizando el dedo por la pantalla hasta abrir el chat con Nagisa. El historial era todo lo habitual: memes de entrenamiento, recordatorios de tareas, planes para ir al bosque. Nada que diera idea de lo tenso que estaba todo entre ellos.

Karma: Oye.

Lo escribió sin pensar, pero al leerlo se dio cuenta de que sonaba a nada. Borrar.

Karma: Mañana te voy a dar una paliza por lo de hoy. Eres un tramposo con esas técnicas tuyas.

Demasiado fuerte, demasiado claro que estaba tratando de cubrir su nerviosismo. Borrar.

Karma: ¿Llegaste bien a casa? No quiero tener que ir a buscarte como a un niño perdido.

Parecía demasiado preocupado —no era su estilo. Borrar.

Probó con otras frases: algunas burlonas, otras casi serias, preguntas sobre el clima, sobre el entrenamiento... Pero ninguna se sentía como él. Al final, frustrado, dejó el teléfono boca abajo y se recostó de nuevo, apretando los ojos como si así pudiera ordenar su cabeza. Pero entonces, el dispositivo vibró: un solo toque suave, pero suficiente para hacerle saltar el corazón.

Cogió el teléfono de un tirón.

Nagisa (22:14): ¿Sigues enojado?

Karma sintió un nudo en el estómago, como si se hubiera tragado un cubo de agua fría. Nagisa siempre leía entre líneas, incluso por mensaje, incluso cuando él mismo no sabía qué sentía. Se obligó a esperar cinco minutos antes de responder, fingiendo que revisaba apuntes en lugar de estar pegado a la pantalla, con los dedos temblando un poco.

Karma (22:19): No estoy enojado. Solo que tu técnica de distracción fue muy barata para alguien como tú. Casi me hace vomitar estar tan cerca.

Era una mentira tan grande que hasta él se sintió ridículo. Pero era la única forma que conocía de ponerse distancia, de protegerse.

Nagisa (22:20): No pareció que quisieras vomitar. Parecía que querías decirme algo. Algo que llevas callado desde hace tiempo.

Karma se sentó de golpe, sin poder respirar bien. Nagisa no estaba jugando esta vez: había dejado de lado las bromas y los rodeos, y venía directo al grano. Estaba cazándolo, pero no con técnicas de lucha ni con su agilidad —esta vez iba por lo que más le costaba admitir.

Karma (22:21): Si quería decir algo, ya se me olvidó. No importa. Buenas noches, Nagisa.

Lanzó el teléfono al pie de la cama con más fuerza de la necesaria y se tapó hasta la nariz con las mantas, como si el tejido pudiera bloquear sus propios pensamientos. Tres segundos después, llegó otra notificación. Sabía que no debería mirarla, pero su mano se movió por sí sola.

Nagisa (22:21): Yo no me lo he olvidado. Nos vemos mañana a las siete en la estación de Kunugigaoka, andén de la línea 4. Que descanses, Karma-kun.

La estación de Kunugigaoka estaba hecha un desastre a esa hora de la mañana: un mar de uniformes oscuros y gente de traje corriendo de un lado para otro, con el ruido de pasos, conversaciones y anuncios por altavoz que no dejaba espacio al silencio. Karma llegó cinco minutos tarde, a propósito —necesitaba convencerse de que aún tenía el control, de que no estaba esperando con ansias ver a Nagisa, de que no había pasado la noche entera pensando en su mensaje.

Pero lo vio en seguida, aunque hubiera habido mil personas más.

Nagisa estaba apoyado contra una columna de hormigón gris, con un libro pequeño en las manos —un tratado sobre técnicas de infiltración que habían leído juntos el año pasado. Se veía tan normal. Tan tranquilo, con la mirada fija en las páginas, los dedos delgados sosteniendo el libro como siempre. Como si la noche anterior no le hubiera tenido clavado en el suelo, con sus ojos clavados en los suyos, rompiendo todas sus defensas sin mover un solo dedo más de lo necesario.

Karma respiró hondo, se ajustó la mochila al hombro y metió las manos en los bolsillos del uniforme, intentando recuperar su aire de siempre. Caminó hacia él con paso firme, aunque sentía que su corazón le latía más rápido de lo normal.

—Vaya, qué puntual estás, Nagisa-kun. ¿Tanto te preocupaba que me fuera antes de que pudieras volver a intentarlo? —dijo, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos.

Nagisa cerró el libro con un clic suave y lo guardó en su mochila antes de mirarlo. No se movió ni un milímetro por el tono sarcástico, ni frunció el ceño ni sonrió como solía hacer. Sus ojos azules recorrieron su rostro despacio, pasando por su frente fruncida, sus labios tensos, sus manos apretadas en los bolsillos —una mirada tan detallada que le dio escalofríos, como si hubiera soplado un viento frío del túnel.

—No tienes por qué irte, Karma —respondió en voz baja, justo cuando el tren empezaba a chirriar en las vías, asegurándose de que sus palabras solo llegaran a él—. Ya te dije que no me olvidé de lo de anoche. De lo que casi dijiste.

El tren llegó con un rugido metálico y una ráfaga de aire frío que levantó el polvo del andén y se llevó los mechones azules de Nagisa y el rojo de Karma. La multitud empezó a empujar hacia las puertas, algunos gritando, otros mirando el reloj con cara de desesperación. En medio del caos, Karma sintió una mano pequeña pero firme que se cerró alrededor de la suya —las yemas de los dedos de Nagisa le hicieron sentir calor hasta el codo.

Nagisa no lo soltó. Lo guió hasta el vagón, quedándose cerca, muy cerca, con el hombro rozando el suyo en cada paso. La gente los metió adentro como en una lata de sardinas: no había espacio para moverse, así que quedaron uno frente al otro, a apenas unos centímetros de distancia. Karma tenía la espalda pegada a la puerta de metal fría, y Nagisa delante suyo, tan cerca que podía sentir su calor y oler ese aroma a hierba recién cortada que siempre llevaba. Cada vez que el tren daba un vaivén, sus cuerpos se rozaban sin poder evitarlo.

—Nagisa... suéltame. Alguien nos va a ver y pensar que somos unos niños —susurró, aunque su mano no hizo nada por soltarse. Al contrario, sus dedos se enredaron con los de Nagisa sin darse cuenta.

—Nadie nos mira, Karma —dijo Nagisa, acercándose un poco más hasta quedar casi pecho con pecho, tan cerca que podía contar sus pestañas—. Todos están pensando en sus propios problemas. Además, ayer dijiste que no tenías miedo de hacer cosas tontas si hacían falta. ¿Era mentira?

Karma sintió que le subía el calor por el cuello hasta las mejillas, que se le quemaban como si estuviera al sol. Estaba atrapado entre la puerta de metal y la mirada de su mejor amigo —un lugar al que nunca creyó llegar, pero que al mismo tiempo se sentía como el único sitio donde debería estar.

—Te odio —murmuró, pero la palabra no tenía ni un poco de verdad.

—Lo sé —Nagisa sonrió, una sonrisa cálida que no tenía nada de la expresión que ponía cuando entrenaban, sino algo mucho más fuerte: la sonrisa de alguien que sabe que ha encontrado lo que buscaba—. Pero después de clase vendrás conmigo. Tenemos que terminar lo que empezamos ayer en la montaña. Ya no podemos seguir así.

El tren dio un vaivén fuerte y Karma tuvo que agarrarse de la barandilla para no caerse. Nagisa le apretó la mano para mantenerlo estable, y sus ojos no se apartaron de los suyos ni por un instante.

 

Capítulo 3: El borde del mundo

El viento azotaba con fuerza a esa altura, desordenando el cabello rojo de Karma mientras subía los últimos peldaños de la escalera de incendios del viejo edificio abandonado en las afueras. El metal estaba oxidado y crujió bajo su peso, como si protestara por los años de olvido. Nagisa ya estaba allí, sentado en el borde del tejado de hormigón, con las piernas colgando al vacío que bajaba hasta el valle.

—Este lugar sigue igual que la última vez —dijo Karma, apoyándose en las rodillas un momento para recuperar el aliento y tratar de ponerse las pilas—. Todavía parece que se va a caer a cualquier momento, y sigue siendo demasiado alto para mi gusto. Además, ¿no crees que es peligroso venir con alguien que sabe cómo moverse en la sombra?

Nagisa no se giró; seguía mirando la ciudad que se extendía a sus pies, con sus edificios como puntales de metal y sus calles como hilos en la penumbra. Solo palmeó el espacio a su lado, un gesto sencillo pero que transmitía tanta confianza que no había forma de decir que no.

—Si quisiera hacerte daño, Karma, ya lo habría hecho en el tren. O ayer en el bosque. O en cualquiera de las veces que te he ganado en entrenamiento —dijo con calma—. Siéntate. El viento aquí te deja pensar claro.

Karma se sentó sin pensarlo, aunque se quedó a unos centímetros de distancia —un espacio que se sintió como un océano en el silencio que se instaló entre ellos. Pero no era un silencio incómodo, lleno de cosas sin decir; era un silencio que esperaba, como antes de una tormenta, cargado de lo que ambos sabían pero no habían dicho. Desde allí, las luces de la ciudad empezaban a encenderse una a una, como pequeños fuegos en la distancia.

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