NovelToon NovelToon
Ángel De La Muerte

Ángel De La Muerte

Status: Terminada
Genre:Casos sin resolver / Mafia / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:3.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Jisieli

Una exsoldado llamada Jessica Greys, es contratada para proteger a un genio informático que acaba de hackear al gobierno de Estados Unidos.

¿Qué sucederá en este trayecto tan peligroso?



Hola, espero que disfruten mi nueva novela🤗

NovelToon tiene autorización de Jisieli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 2: El Peso de la Verdad

El loft olía a café quemado, a sudor y a paranoia.

Kaeil Grahan llevaba setenta y dos horas sin dormir. Lo sabía porque el contador en la esquina inferior derecha de su monitor principal llevaba marcando 72:14:32 desde que empezó su particular viaje al infierno. El café ya no le ayudaba; solo conseguía que las manos le temblaran sobre el teclado y que los ojos, inyectados en sangre, le ardieran como si alguien les hubiera frotado con papel de lija.

Pero no podía parar.

No podía parar de mirar los archivos.

Los había visto mil veces ya. Se sabía de memoria cada línea, cada metadato, cada coordenada. Los nombres de los muertos: Elena Vásquez, periodista. Ricardo Vásquez, su esposo, profesor universitario. Y sus hijos: Mateo, trece años; Sofía, nueve. El informe decía que habían muerto en un ataque terrorista fallido. Decía que el coche en el que viajaban había sido alcanzado por fuego cruzado entre fuerzas especiales y milicianos. Decía muchas cosas.

Todas mentira.

Kaeil apartó la vista de la pantalla y se pasó las manos por el pelo, oscuro y despeinado, enharinado con la caspa que le salía cuando estaba demasiado tiempo sin dormir y sin ducharse. Llevaba la misma camiseta negra desde hacía tres días. Olía mal. No le importaba.

Lo que le importaba era el niño.

Mateo Vásquez, trece años. En el informe oficial, muerto. En los archivos que Kaeil había encontrado en el servidor fantasma del Pentágono —el que no existía, el que no tenía dirección IP, el que solo era accesible si sabías exactamente qué puerta falsa buscar—, el niño no aparecía como muerto. Aparecía como "desaparecido en combate" y luego, en un anexo cifrado con un nivel de seguridad que había tardado seis horas en romper, como "activo en paradero desconocido. Prioridad: localización y contención."

Contención.

Kaeil sabía lo que significaba esa palabra en el lenguaje del gobierno. No era "rescate". No era "protección". Era "eliminación silenciosa de testigos incómodos".

—Joder —murmuró, y su voz resonó en el loft vacío.

El espacio era grande, diáfano, con paredes de ladrillo visto y ventanales que daban al río. Había sido su orgullo, su refugio, el lugar donde un chico de barrio obrero que había aprendido a programar con doce años en un ordenador de la biblioteca pública podía sentirse importante. Ahora era una jaula. Una jaula de cristal desde la que podía ver el atardecer mientras esperaba que alguien entrara por la puerta para matarlo.

Había intentado avisar a alguien. A cualquiera. Había enviado correos cifrados a tres periodistas de investigación. Dos no respondieron. El tercero respondió doce horas después con un mensaje de una sola línea: "Borra todo lo que tienes y vete del país. Ya."

Kaeil no había borrado nada. Había hecho copias. Muchas copias. En discos duros externos, en la nube (con cuentas falsas, con capas y capas de cifrado), en un pen drive que llevaba siempre colgado al cuello, bajo la camiseta, rozándole la piel como un recordatorio constante de que llevaba la muerte encima.

Un ruido.

Kaeil se quedó inmóvil, las manos suspendidas sobre el teclado. El corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que estaba seguro de que podía oírlo. El loft estaba en silencio, solo el zumbido lejano de los servidores que había instalado en el armario empotrado.

Otro ruido. Más cerca. El ascensor.

Vivía en el séptimo piso. El ascensor era privado, solo para su loft. Nadie podía subir sin que él lo autorizara desde el interfono.

A no ser que hubieran saboteado el sistema.

Kaeil se levantó tan rápido que la silla giratoria se fue hacia atrás y chocó contra la pared. Sus piernas, entumecidas por las horas frente al ordenador, casi no le respondieron. Avanzó a trompicones hacia la mesa de la cocina, donde había dejado la única arma que poseía: una pistola eléctrica comprada por internet, de esas que prometían inmovilizar a un atacante durante veinte minutos. Nunca la había probado. No sabía si funcionaba.

El ascensor se detuvo. La puerta empezó a abrirse.

Kaeil apuntó con la mano temblorosa, el sudor resbalándole por la frente, cegándolo. La respiración se le había vuelto un jadeo entrecortado. Pensó en Mateo Vásquez, en sus trece años, en lo que habría visto, en dónde estaría ahora. Pensó en que quizás dentro de unos segundos él también sería un desaparecido, un nombre en un informe, una estadística.

La puerta terminó de abrirse.

Y entonces la vio.

Era una mujer. Alta, rubia, con un vestido negro ceñido que dejaba muy poco a la imaginación y unos ojos verdes que brillaban en la penumbra del loft con una intensidad felina. Llevaba el pelo recogido en una coleta alta y en la mano, en lugar de un arma, sostenía un casco de moto.

—¿Kaeil Grahan? —preguntó, y su voz era grave, lenta, con un deje de aburrimiento que no pegaba nada con la tensión del momento.

Kaeil no bajó la pistola eléctrica. La mano le temblaba aún más, ahora por una mezcla de miedo y algo que no quería reconocer.

—¿Quién coño eres?

La mujer sonrió. Una sonrisa lenta, peligrosa, que no llegaba a los ojos.

—Tu nueva niñera. Baja eso antes de que te hagas daño.

—¿Niñera? —Kaeil soltó una risa nerviosa, histérica—. Yo no he pedido ninguna niñera. Yo...

—Mason —lo interrumpió ella—. El agente Mason. ¿Te suena?

Kaeil se quedó helado. Mason. El nombre que le había dado el periodista antes de decirle que borrara todo. "Si alguien de verdad puede ayudarte, será un tipo llamado Mason. Pero confía en mí: no quieres que te ayude."

—¿Mason te envió?

—Mason me contrató. Hay diferencia. —Ella dio un paso adelante, ignorando la pistola como si no existiera—. Medio millón para mantenerte vivo una semana. Así que, por ese precio, voy a necesitar que dejes de apuntarme con ese juguete y me invites a un café. Hueles fatal, por cierto.

Kaeil parpadeó. La situación era tan surrealista que por un momento pensó que el sueño le había jugado una mala pasada y estaba alucinando. Pero la mujer seguía ahí, real, sólida, con ese vestido que marcaba cada curva y esa actitud de quien no tiene miedo a nada.

—¿Cómo has subido? —preguntó, sin bajar el arma—. El ascensor necesita autorización.

—No, necesita un código. El tuyo es 040719. Tu fecha de nacimiento. —Ella arqueó una ceja—. Un poco obvio para un genio de la tecnología, ¿no?

—Lo cambié —protestó Kaeil—. Lo cambio cada semana.

—Lo cambiaste hace tres días. El mismo día que encontraste lo que no debías. Pero no cambiaste el del ascensor. Descuido.

Kaeil sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado. Ella sabía demasiado. Sabía cuándo había encontrado los archivos. Sabía su fecha de nacimiento. Sabía...

—¿Quién eres? —preguntó de nuevo, esta vez en un susurro.

La mujer suspiró, como si la pregunta la aburriera profundamente.

—Me llamo Jessica Greys. Hasta hace unos años trabajaba para la gente para la que trabaja Mason. Ahora trabajo para mí misma. Y ahora, por medio millón de dólares, trabajo para ti. ¿Vas a bajar esa estúpida pistola o tengo que quitártela?

—No puedes...

No terminó la frase. Jessica se movió con una velocidad que no parecía humana. Un paso, dos, y su mano estaba sobre la de Kaeil, girándole la muñeca con una presión exacta, quirúrgica. La pistola eléctrica cayó al suelo. Kaeil ni siquiera la oyó golpear la madera porque en ese mismo instante Jessica lo había hecho girar y lo tenía inmovilizado contra su cuerpo, un brazo rodeándole el cuello, su voz pegada a su oído.

—¿Ves? —susurró—. Fácil. Ahora, vamos a intentarlo de nuevo. Hola, soy Jessica, vengo a salvarte el culo. ¿Tú eres Kaeil, el chico listo que va a hacer que me paguen medio millón? Encantada.

Lo soltó con la misma brusquedad con la que lo había agarrado. Kaeil se tambaleó, agarrándose a la encimera de la cocina para no caerse. El corazón le latía tan rápido que pensó que iba a vomitar.

—Joder —jadeó—. Joder, joder, joder.

—Ya lo has dicho. —Jessica se acercó a la cafetera, la olió, hizo una mueca de asco y la vació en el fregadero—. ¿No tienes café normal? Esto parece alquitrán.

Kaeil se dejó caer en una silla, las piernas incapaces de sostenerlo por más tiempo. Miró a la mujer que se movía por su cocina con la misma naturalidad que si estuviera en su casa, abriendo armarios, olisqueando paquetes, ignorándolo por completo.

—¿Qué sabes de Mason? —preguntó al fin, la voz ronca.

—Lo suficiente. —Jessica encontró una bolsa de café sin abrir, la olisqueó con aprobación y empezó a preparar la cafetera—. Trabajé con él hace años. Es un hijo de puta, pero un hijo de puta útil. Si dice que necesitas protección, es porque necesitas protección. Y si ha pagado medio millón por ella, es porque lo que tienes es importante.

—¿No sabes lo que es?

—No. Y no quiero saberlo. Mi trabajo es mantenerte vivo, no enterarme de tus secretos.

Kaeil la observó mientras ella esperaba que el café se hiciera, apoyada contra la encimera con los brazos cruzados bajo el pecho. La luz del atardecer que entraba por los ventanales le daba de lleno, tiñendo su piel de tonos dorados. Era hermosa. Una belleza dura, peligrosa, como la de las armas bien cuidadas. Kaeil había visto muchas mujeres hermosas en su vida —el dinero y el éxito en el mundo tecnológico atraían a mucha gente— pero ninguna como ella. Ninguna con esa mezcla de letalidad y desinterés.

—Yo creía que no quería que nadie me protegiera —dijo de repente—. Creía que podía manejarlo solo.

—¿Y ahora?

—Ahora acabas de quitarme un arma de las manos sin que pudiera hacer nada.

Jessica sonrió, y esta vez la sonrisa llegó a sus ojos, iluminándolos.

—Eso es porque no sabes pelear. Yo te enseñaré lo básico, pero no esperes milagros en una semana. Lo importante es que no te separes de mí, que hagas lo que yo te diga sin preguntar, y que confíes en que si alguien viene a por ti, yo estaré en medio.

—¿Y si vienen muchos?

—He matado a muchos antes. Unos cuantos más no harán diferencia.

Lo dijo con tanta naturalidad que Kaeil sintió otro escalofrío. Esta mujer hablaba de matar como otros hablan de cambiar el aceite del coche. Era una herramienta. Una herramienta letal y bellísima puesta a su servicio.

El café terminó de hacerse. Jessica sirvió dos tazas, le acercó una a Kaeil y se quedó de pie junto a la ventana, mirando hacia fuera.

—Bonitas vistas —comentó—. También muy vulnerables. Desde el edificio de enfrente se puede ver casi todo el loft con unos prismáticos normales. Y con un rifle de precisión, esto sería como tirar al blanco en una feria.

Kaeil sintió que el estómago se le encogía.

—¿Crees que nos están observando?

—No lo sé. Pero si yo estuviera buscándote, lo estaría haciendo. Así que vamos a poner algunas reglas básicas desde ya. —Se volvió hacia él, seria ahora—. Número uno: nada de luces encendidas por la noche. Si necesitas ver algo, usa una linterna o la luz del ordenador, pero las cortinas, cerradas siempre. Número dos: no te acerques a las ventanas. Número tres: si oyes algo, cualquier cosa, no te muevas y no hagas ruido. Llámame al móvil, pero no grites. Número cuatro: cuando salgamos de aquí, vas a hacer exactamente lo que yo te diga, cuando yo te diga, sin preguntar. ¿Entendido?

Kaeil asintió, sintiéndose como un niño al que su madre está dando instrucciones.

—Hay algo más —dijo, y su voz salió más temblorosa de lo que le habría gustado.

Jessica arqueó una ceja.

—¿El qué?

Kaeil dudó. No sabía por qué iba a decírselo. Mason le había dicho que no confiara en nadie, que el secreto era su única protección. Pero esta mujer acababa de inmovilizarlo en dos segundos y estaba dispuesta a morir por él por medio millón de dólares. Quizás era eso. Quizás era simplemente que necesitaba decirlo en voz alta, compartir el peso con alguien.

—Lo que encontré... no es una conspiración. No es un plan para dominar el mundo ni nada de eso. Es algo más pequeño y más terrible al mismo tiempo.

Jessica esperó, sin apartar la mirada de él.

—Es una operación —continuó Kaeil—. Se llamaba Operación Fénix. Hace años, un equipo de fuerzas especiales fue enviado a una misión de rescate. Un científico nuclear, eso les dijeron. Pero no era cierto. La misión real era asesinar a un periodista y a su familia. Iban a revelar una corruptela que implicaba a gente muy poderosa.

—¿Y?

—Y lo hicieron. Mataron al periodista, a su mujer, a su hija. Pero no al hijo. El hijo sobrevivió. Desapareció. Y ahora el gobierno lo está buscando para... para eliminarlo.

Jessica se quedó muy quieta. Tan quieta que parecía una estatua. Solo sus ojos se movían, escrutando el rostro de Kaeil como si buscara algo.

—¿Por qué me cuentas esto? —preguntó al fin.

—Porque si voy a morir, quiero que alguien lo sepa. Quiero que alguien sepa la verdad.

—No vas a morir. Por eso estoy aquí.

—No puedes asegurarlo.

—Puedo intentarlo.

Hubo un silencio. El sol se había puesto del todo y el loft se sumió en una penumbra rojiza, solo iluminada por la luz de los monitores de Kaeil.

—Hay algo más —dijo él—. En los archivos. Los nombres del equipo que hizo la operación. La mayoría murieron. En combate, dice el informe. Pero una sobrevivió. Una mujer. Limpiadora, la llamaban. Especialista en operaciones encubiertas. Su nombre está en los archivos.

—¿Y?

—Y el gobierno sabe que sigue viva. La consideran un activo latente. Alguien a quien podrían necesitar si el pasado volvía a llamar a la puerta.

Jessica no dijo nada. En la penumbra, Kaeil no pudo ver cómo sus manos, apoyadas sobre la encimera, se cerraban en puños.

—¿Cómo se llama? —preguntó ella, y su voz había cambiado. Era más baja, más tensa.

Kaeil la miró. La luz de los monitores iluminaba su rostro, sus ojos verdes, su pelo rubio. Y de repente supo, con una certeza que le heló la sangre, que no era una coincidencia. Que nada de esto era una coincidencia.

—Greys —dijo en un susurro—. Jessica Greys.

El silencio que siguió fue más pesado que cualquier bala.

1
Maria Laura Perez
Excelente
magali cangana
Hermosa historia que nace de la Vida, te muestra como un encuentro se transforma en un amor fuerte capaz de superar las adversidades con las que se encuentran en el camino, amistades que se prolongan en el tiempo capaces de transformarse en una gran familia amorosa, fuerte y leal. Felicitaciones autora sigue escribiendo más historias tan atractivas como esta.
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play