Narra la historia de Eliza Valantine, una mujer ruda de los barrios bajos que terminará reencarnando en Ofelia, la villana de secundaria de una novela que leyó. La Ofelia original era una mujer sin dignidad que drogó al protagonista, obligándolo a casarse con ella. Esta nueva Ofelia es una mujer empoderada, ruda y fuerte de pies a cabeza que no necesita usar a un hombre para ascender. No se deja de nadie y no necesita un héroe que la salve; ella es su propio héroe.
Si te gustan las protagonistas poderosas que reparten bofetadas a diestra y siniestra, quédate aquí.
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2 Castigo
Con ayuda de la memoria de este cuerpo regresé a la casa; la mansión Díaz es muy lujosa. Me dirigí a mi habitación, pero una sirvienta se interpuso. La sirvienta, una mujer corpulenta con ojos desorbitados, levantó el puño y trató de pegarme, pero le agarré la mano; sin decir una palabra, le di varias bofetadas. El aire se cortó...
¡ZAS!
La primera bofetada fue furia pura, un relámpago de indignación. El sonido resonó en la pequeña alcoba. La mejilla de la sirvienta se puso roja al instante, un arco blanco sobre la piel...
La otra, mi mano, temblaba, pero no cedía...
¡Cállate!
¡ZAS!
Esta fue más fuerte, alimentada por la sorpresa de la traición. La sirvienta tambaleó, sus ojos llenos de lágrimas y terror. Yo sentí el golpe en mi propia palma, el roce áspero de la piel...
Un silencio denso. La sirvienta se llevó una mano temblorosa a la cara, sus ojos fijos, sin comprender.
—«Qué sea la última vez que me levantas la mano. ¿Me has entendido, escoria?»— susurré con voz firme.
¡ZAS!
La tercera. El impulso. No me detuve hasta que la voz de la sirvienta se convirtió en un gemido ahogado, hasta que la figura se encogió, derrotada. Yo respiré hondo, con el aliento entrecortado.
Vi a Theo golpeando a Aurora. El grito de terror de Aurora rompió el aire como un vidrio. No vi el puño de Theo levantarse; solo vi la sombra de su mano caer sobre ella. Algo dentro de mí se quebró. Nunca pude soportar ver a una mujer siendo maltratada. Corrí. Un solo movimiento: la empuñé del brazo y la arrastré detrás de mí. Theo me observó con sus ojos, llenos de una estúpida arrogancia. No hubo palabras, solo el eco del golpe resonando en la pared. Su cara giró, roja. Yo no esperé.
Mi mano derecha se estrelló contra su mandíbula. Un crujido seco. Cayó de rodillas. El aire se le escapó en un gemido. Mis golpes eran hábiles, eran furia pura, venganza ancestral. Otro puñetazo a las costillas. Jadeó. Otro, en el plexo solar. Se encogió.
Lo levantó por el cuello de la camisa.
‘¡Nunca más! Vas a maltratar a una mujer, pedazo de basura, eres un poco hombre; soy la señora de esta casa, aquí no permitiré a hombrecitos que se creen machos, alfas y no llegan ni a ómegas.’ — Lo escupí. Lo arrojé contra la mesa. Se hizo pedazos. Theo yacía entre astillas, temblando, la sangre goteando de su labio.
—«Bruja, se lo diré a mi hermano; haré que corra de esta casa, perra; te haré saber lo que es un infierno.» — gritó Theo enfurecido, mientras me quitaba el cinturón. La furia dentro de mí era una tormenta contenida. No hubo advertencia, solo el silbido del cuero. El cinturón se desplegó como una serpiente, un chasquido seco cortando el aire cargado. El golpe no fue un azote, sino un latigazo preciso que impactó en los glúteos del muchacho. Un grito ahogado escapó de sus labios; su cuerpo se encorvó. La marca carmesí apareció al instante, hinchándose bajo la piel pálida, un contraste brutal con la tela raída. Yo no sentí remordimiento, solo el pulso de su poder, la necesidad de disciplina, de quebrar esa desobediencia con dolor físico. El chico jadeaba, temblaba y lloraba.
—«¡Ay, mi colita! Me duele mucho, ya no me pegues, no podré sentarme mañana en la escuela; se lo diré a mi hermano.» — dijo Theo entre lágrimas.
—« Díselo y también le pegaré a tu hermano. Mañana iré a la escuela; si llego a enterarme de que estás haciendo cosas indebidas, te mataré a palos. Lárgate a tu habitación, mocoso insolente ».
Theo corrió a su habitación. Me acerqué a Aurora y le curé su herida, con delicadeza y ternura.
—« Mocosa, no seas tan sumisa; no puedes dejarte pisotear por ningún hombre. Si lo haces, te maltratarán y te tratarán como un trapo. Una mujer debe ser fuerte y valiente; los hombres se aprovechan de las mujeres sumisas ».
Afortunadamente, reencarné un día después de que Ofelia entró a la mansión Díaz. Gracias a eso, no notarán mi cambio, ya que no han interactuado con la Ofelia original.
El mayordomo llamó a Bruno.
—« Señor, esa mujer es una fiera; golpeó y castigó al joven maestro, le azotó la colita y dijo que también lo golpeara a usted », —dijo el mayordomo, muerto de miedo.
Elza llegó con unos amigos de su novio y los introdujo en la casa. Los chicos tenían pinta de matones; el novio de Elza me mandó a buscarle un jugo.
—« Señora, vete y búscame un jugo; como esposa del dueño, es tu deber. Las mujeres como tú solo sirven para limpiar y obedecer », —gritó el novio de Elza entre burlas. Sus amigos también se burlaron de mí. Ofelia es hermosa, pero no sabe vestirse ni maquillarse; es normal que la vean como una señora.
Me acerqué al novio de Elza. No hubo pensamiento, solo instinto. Me lancé hacia adelante, un borrón de furia, y el primer golpe fue una patada baja y certera que impactó en la rodilla de Iván, el novio de Elza, haciéndole trastabillar. Él rugió, más por sorpresa que por dolor, y giró para encararme, pero yo ya estaba en movimiento. Un puñetazo seco, no muy fuerte pero sorpresivo, encontró su barbilla. Iván se llevó las manos a la cara, desorientado. Yo no le di respiro: un rodillazo brutal al abdomen, un sonido hueco y repulsivo, lo hizo encogerse, soltando el aire. Cayó de rodillas y yo, con una rabia fría, le propiné una última patada en el costado, sintiendo el crujido sordo de algo al quebrarse. El caos reinaba.
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