Tras morir en su mundo anterior, Ariel despierta en el cuerpo de un omega marcado como villano en una sociedad omegaverse brutal y jerárquica. Todos aseguran que este omega traicionó, manipuló y causó la muerte de varios alfas importantes.
Pero Ariel no recuerda haber hecho nada de eso.
Condenado a un matrimonio arreglado con un alfa violento —un enlace que, en realidad, es una sentencia de muerte encubierta—, Ariel intenta sobrevivir en silencio… hasta que aparece Kael, un delta poderoso, temido por muchos y leal a nadie… excepto a él.
Kael no solo lo ayuda a escapar.
Lo protege.
Lo reconoce.
Lo ama.
Y Ariel pronto descubrirá que:
Ya se conocieron en otra vida
En esta misma vida, Kael lo conoció cuando ambos eran niños
Kael lo ha buscado en cada existencia
Y que la historia del “omega villano” es una mentira cuidadosamente construida
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Capítulo 2 El peso de un nombre
La sentencia no llegó como una sorpresa.
Ariel ya la había escuchado en la sala del consejo, pronunciada con voces viejas y cansadas, disfrazada de misericordia. Aun así, cuando el edicto fue confirmado esa misma noche —sellado, oficial, irrevocable—, el peso cayó distinto.
Más real.
—El matrimonio se celebrará en siete días —decía el documento—. Para preservar el equilibrio entre clanes.
Equilibrio.
Ariel cerró los ojos.
Sabía lo que aquello significaba. Todos lo sabían. No era una unión política: era una condena diferida. Un alfa con antecedentes demasiado convenientes. Dos omegas muertos. Ningún culpable.
Un omega manchado era prescindible.
Lo escoltaron de regreso a sus aposentos sin palabras. Los guardias evitaban mirarlo, como si el destino ya se hubiera posado sobre su piel. Cuando la puerta se cerró, Ariel quedó solo con el silencio… y con el recuerdo de la noche anterior.
Vengo a sacarte de aquí.
No volverás a morir solo.
Apretó los puños.
—Mentiroso —murmuró, sin saber si se lo decía a Kael… o a la esperanza.
La marca de omega ardía, inquieta, como si el cuerpo supiera que el tiempo se agotaba. Ariel caminó de un lado a otro, intentando ordenar pensamientos que no dejaban de chocar entre sí.
Había muerto una vez ya.
Antes de este mundo, había tenido otro nombre.
Adrián Morales.
No había sido nadie extraordinario. No un héroe, ni un villano. Solo un hombre común que vivía entre palabras ajenas. Trabajaba como editor y corrector de textos, puliendo historias que no le pertenecían, arreglando finales que otros no sabían cerrar.
Pasaba la mayor parte de su vida en silencio, detrás de pantallas y manuscritos, buscando coherencia donde casi nunca la había. Le gustaban las historias de segundas oportunidades, de personajes condenados que encontraban una grieta por donde escapar.
Tal vez porque, en el fondo, sabía que la suya no iba a cambiar.
Murió de forma absurda.
Un accidente simple. Sin épica. Sin despedidas.
Recordaba el impacto, el cuerpo fallándole, el pensamiento ridículo de que había dejado un texto sin corregir. Luego, la nada.
Despertar como Ariel, un omega acusado y sentenciado, no había sido un regalo.
En su otra vida había sido invisible.
En esta, era demasiado visible.
Y aun así, el miedo era el mismo:
la certeza de que el final siempre llegaba sin pedir permiso.
—No reencarné para convertirme en un sacrificio —susurró.
El aire cambió.
Ariel se detuvo en seco.
No fue abrupto. Fue el mismo aroma de la noche anterior: firme, profundo, estable. Una presencia que no imponía… pero tampoco pedía permiso.
—Te advertí que no teníamos mucho tiempo —dijo la voz grave desde la sombra.
Ariel se giró.
Kael estaba allí otra vez, como si las paredes y los guardias no significaran nada. Su expresión era más severa que antes, la calma teñida de urgencia.
—Así que era verdad —dijo Ariel—. No fue una alucinación.
—No —respondió Kael—. Y el consejo ya dio el siguiente paso.
Ariel alzó el documento sellado.
—Siete días.
Kael lo observó un segundo antes de negar lentamente.
—Siete días es lo que anuncian —corrigió—. Pero no piensan dejarte llegar vivo al altar si algo se complica.
El silencio se tensó.
—Entonces esto siempre fue una ejecución —dijo Ariel.
—Desde el momento en que despertaste en este cuerpo —asintió Kael—. El matrimonio solo es la forma más limpia de hacerlo.
Un frío profundo se instaló en el pecho de Ariel.
—Dijiste que vendrías a sacarme de aquí —recordó—. Dijiste que no volvería a morir solo.
Kael sostuvo su mirada.
—Y no mentí.
La marca de omega palpitó con fuerza, reaccionando a su cercanía. No era consuelo. Era reconocimiento. Como si una parte de Ariel supiera que Kael no hablaba a la ligera.
—No te recuerdo —admitió—. Pero actúas como si me conocieras demasiado bien.
—Te he visto llegar a este punto más de una vez —respondió Kael—. Siempre con distintos nombres. Siempre con el mismo final.
Pasos resonaron en el pasillo.
Guardias.
El margen se reducía.
—Escucha con atención —continuó Kael—. Si te quedas, morirás. Si aceptas ese matrimonio, solo cambiará la fecha.
Ariel miró la ventana abierta. La noche era vasta, peligrosa… y libre.
—¿Y si huyo contigo?
—Romperás el orden del consejo —dijo Kael—. Te llamarán traidor, hereje, amenaza.
Ariel soltó una risa breve, sin humor.
—Eso ya lo soy.
Kael asintió.
—Entonces decide rápido.
Ariel respiró hondo.
Había muerto una vez sin elegir.
No cometería el mismo error.
—Muéstrame cómo salir —dijo.
Kael dio un paso atrás, despejando el camino.
—Cuando cruces esa ventana —advirtió—, no habrá regreso.
Ariel no dudó.
—Nunca lo hubo.
Y por primera vez desde que despertó en ese mundo, el omega que debía morir eligió vivir.