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El TELÉFONO NUNCA DEJO DE SONAR

El TELÉFONO NUNCA DEJO DE SONAR

Status: En proceso
Genre:Secuestro y encarcelamiento / Romance / Suspenso
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: atemporal

Alguien siempre está mirando.

No para ayudar.
Para medir cuánto podés resistir.

Finn Calder aprende rápido que el dolor no siempre deja marcas visibles.
Las palabras pesan más que los golpes.
El silencio castiga mejor que cualquier encierro.

El Vigilante observa, corrige, decide.
Juega con el miedo, administra la violencia, convierte la mente en su verdadero campo de batalla.

Nada es casual.
Cada elección empuja a otra.
Cada acto tiene un precio.

Y cuando todo parece explicarse —cuando la verdad por fin toma forma—
suena un ring.

Una llamada.

La duda es simple…

¿es peor no contestar… o descubrir a dónde puede llevarte hacerlo?

NovelToon tiene autorización de atemporal para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

reglas que nadie explico

Lo primero que Finn aprendió fue que el dolor no siempre venía cuando lo esperaba.

A veces llegaba después.

A veces antes.

Y a veces no llegaba en absoluto, lo cual era peor.

El sótano permanecía en silencio desde hacía un tiempo imposible de calcular. No había ventanas, no había relojes, no había marcas en las paredes. Solo la bombita colgando, inmóvil ahora, y el teléfono negro descansando sobre la mesa como un animal dormido.

Finn tenía los músculos rígidos. Cada respiración le costaba. Las cuerdas seguían firmes, apretándole muñecas y tobillos con una presión constante, diseñada para no dejarlo olvidarse de ellas.

—¿Cuánto tiempo llevo acá? —preguntó, con la voz ronca.

No hubo respuesta inmediata.

Finn ya empezaba a entender ese patrón. El Vigilante hablaba cuando quería. El silencio también era parte del juego.

—El tiempo es relativo —dijo finalmente la voz, desde algún punto indescifrable—. Para vos, pasa lento. Para mí, pasa justo como tiene que pasar.

Finn apretó la mandíbula.

—Si esto es un juego —dijo—, decime las reglas.

Una risa baja, apenas audible, recorrió el sótano.

—Las reglas arruinan la experiencia —respondió la voz—. Además, siempre son más claras después de romperlas.

El teléfono vibró levemente.

Finn lo miró sin querer. El aparato parecía idéntico al de antes, pero ahora algo había cambiado: lo sentía más cerca, aunque no se hubiera movido.

—No lo mires así —dijo el Vigilante—. Se pone nervioso.

Finn frunció el ceño.

—¿Qué querés que haga? —preguntó, cansado—. ¿Qué esperás de mí?

Silencio.

Luego, pasos.

Por primera vez, Finn los escuchó claramente. Lentos. Medidos. No venían hacia él; daban vueltas alrededor, fuera de su campo de visión.

—Espero que seas honesto —dijo el Vigilante—. Aunque sea con vos mismo.

Los pasos se detuvieron.

—¿Sabés por qué te traje acá, Finn?

El corazón le dio un vuelco al escuchar su nombre. No lo había dicho antes. No en voz alta.

—No —respondió—. Y no me importa.

—Eso es mentira —dijo la voz—. Te importa tanto que te está temblando el pulso.

Finn cerró los puños lo poco que pudo.

—Te traje porque sos bueno fingiendo —continuó el Vigilante—. Fingiendo que no te importa. Fingiendo que sos fuerte. Fingiendo que podés con todo solo.

El teléfono sonó una vez.

Ring.

Corto. Seco.

Finn se sobresaltó.

—No —dijo—. No contesté.

—Exacto —respondió la voz—. Y aun así reaccionaste.

El silencio volvió a instalarse, pesado.

—Primera regla —dijo el Vigilante al fin—: nada de lo que hagas es neutral.

Finn levantó la cabeza.

—No dijiste que no había reglas?

—Dije que no las explicaba —corrigió—. No que no existieran.

El teléfono volvió a vibrar, esta vez un poco más fuerte. Finn sintió que el sonido se le metía bajo la piel, como un cosquilleo incómodo.

—¿Quién llama? —preguntó.

—Depende —respondió la voz—. A veces, el pasado. A veces, la culpa. A veces… alguien que todavía no sabés que necesitás.

Finn negó con la cabeza.

—Esto es una locura.

—No —dijo el Vigilante—. Es un espejo.

Los pasos volvieron a moverse. Finn sintió la presencia más cerca, aunque todavía no podía ver a nadie.

—Hablemos de Rian —dijo la voz.

El nombre cayó como un golpe directo al pecho.

—No —respondió Finn de inmediato—. No lo metas acá.

—Demasiado tarde —contestó—. Ya está acá. En tu cabeza. Todo el tiempo.

El teléfono sonó de nuevo.

Ring.

Ring.

Finn cerró los ojos con fuerza.

—¿Qué hiciste con él? —preguntó, la voz quebrándose a pesar de su esfuerzo por controlarla.

—Nada —dijo el Vigilante—. Todavía.

El teléfono dejó de sonar.

—Segunda regla —continuó—: el miedo funciona mejor cuando tiene dirección.

Finn respiró hondo, intentando calmarse.

—Si lo tocás… —empezó.

—No amenaces —lo interrumpió la voz—. No tenés con qué.

Silencio.

Finn sintió la humillación quemándole por dentro. No solo estaba atado físicamente; estaba atrapado en una conversación donde cada palabra parecía colocarlo en desventaja.

—Quiero que recuerdes algo —dijo el Vigilante—. Este lugar no existe sin vos. Todo lo que pasa acá… pasa porque reaccionás.

El teléfono vibró, insistente.

—Contestá —dijo la voz.

Finn abrió los ojos de golpe.

—Dijiste que todavía no.

—Dije que todavía no antes —corrigió—. Ahora quiero ver algo.

Finn miró el teléfono. El auricular parecía más pesado de lo que debería. El cable, ahora visible, se enroscaba como una serpiente sobre la mesa.

—Si contesto… —dijo—, ¿qué pasa?

—Aprendés —respondió la voz—. Si no, también.

El ring llenó el sótano.

Finn sintió el sudor correrle por la espalda. Cada fibra de su cuerpo le gritaba que no lo hiciera. Que ese teléfono era una trampa. Que nada bueno podía salir de levantarlo.

Pero también sabía algo más.

El Vigilante no pedía cosas al azar.

Con un movimiento torpe, Finn logró inclinarse hacia adelante. Las cuerdas tensaron su cuerpo, arrancándole un gemido. Estiró la mano lo poco que pudo.

El teléfono seguía sonando.

Ring.

Ring.

Sus dedos rozaron el auricular.

El sonido se detuvo.

Silencio absoluto.

—Interesante —murmuró la voz, muy cerca ahora—. Dudaste justo en el último segundo.

Finn respiraba agitado.

—No soy tu experimento —dijo—. No soy tu juguete.

Una risa baja, peligrosa.

—Todavía no entendés nada —respondió el Vigilante—. Vos no sos el experimento.

El teléfono vibró una última vez.

—Sos la demostración.

La luz se apagó de golpe.

En la oscuridad total, Finn sintió algo nuevo: no miedo, no dolor, sino una certeza helada.

El juego no se trataba de obedecer o resistir.

Se trataba de elegir mal.

Y cada elección iba a costarle algo que todavía no sabía si podía perder.

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Karla Esmeralda
me gustó mucho ♥️🐻
Yesica Colque
Interesante Autora..
Yesica Colque
Soy la primera Autoraaaa... Bienvenidaaaa...
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