El reino de los hombres bestia prospera bajo el mando del rey alfa Samuel Costa… o al menos así lo cree el mundo.
Porque detrás de la reina falsa que ocupa el trono, Samuel oculta un secreto mortal: su verdadero cónyuge es un omega humano, Camilo, cuya mera existencia está prohibida por la ley.
Cuando la verdad sale a la luz, la traición cae como un golpe implacable. Uno a uno, sus aliados son asesinados. Samuel y Camilo mueren juntos sin haber podido aceptarse como los destinados que siempre fueron… hasta que el destino les concede un milagro.
Samuel renace en el instante en que su tragedia comenzó. Ahora, con la memoria intacta y el corazón ardiendo de arrepentimiento, hará lo que no hizo antes: proteger a su omega, desafiar al consejo real y reescribir el futuro, aunque para ello deba destruir enemigos ocultos y el propio sistema que lo traicionó.
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OPORTUNIDAD
—Príncipe Samuel, es hora de levantarse —anunció Raúl mientras entraba a la habitación, abriendo las cortinas y las ventanas de golpe para dejar pasar la luz del amanecer.
—¿Qué…? —Samuel se incorporó de inmediato, completamente confundido.
Al ver su cuarto intacto, sus muebles en su sitio, la ropa ordenada, el aire fresco entrando por la ventana, se levantó con brusquedad. Se talló los ojos como si dudara de su propia vista.
—¿Raúl? —susurró, avanzando hacia el beta.
—Sí, señor —respondió Raúl, desconcertado.
Samuel levantó una mano temblorosa y tocó el rostro de su amigo, como si temiera que fuese un espejismo.
—¿En verdad… eres tú?
Raúl frunció el ceño.
—Señor, ¿se siente bien? ¿Quiere que llame al médico? Sé que recién fue su celo, pero si no se encuentra del todo, podemos posponer la visita.
—¿Visita? ¿Cuál visita? —preguntó Samuel, aún más confundido.
—¿No recuerda que, antes de entrar en su rut, su padre le informó que un pequeño grupo de humanos vendría a la inauguración del templo? Usted debe recibirlos. —Raúl lo miró de arriba abajo, preocupado—. ¿Tampoco recuerda que discutió con su padre porque le ordenó tratarlos bien?
Samuel cerró los ojos. Un déjà vu violento le recorrió la mente.
El día en que conoció a Camilo.
—Sí… ya lo recordé. Dile a Natalie que prepare mi ropa. Iré a darme un baño —dijo, esforzándose por sonar normal.
Entró al baño con pasos firmes, pero cuando la puerta se cerró, su respiración tembló.
Se llevó una mano al cuello. Aún podía sentir el filo de la guillotina cortándole la piel.
Había muerto.
Lo sabía. Lo había vivido.
Y ahora… estaba aquí.
Se bañó automáticamente, como si su cuerpo recordara la rutina mejor que su mente. Al verse en el espejo, se paralizó.
Tenía nuevamente dieciocho años.
La misma cara joven, la misma mirada arrogante que alguna vez tuvo… la misma edad en la que conoció a Camilo en los jardines de la reina.
Y la edad en que cometió su primer y más grande error.
Levantó la vista hacia la ventana. La luna llena comenzaba a asomar sobre las nubes.
—Gracias, diosa Luna… —susurró—. Esta vez no cometeré ningún error.
—Señor, está lista la ropa que usará —anunció Natalie desde afuera.
—Gracias, Natalie. Puedes retirarte. Dile a Raúl que informe a mi padre que bajaré en unos minutos.
Hubo un breve silencio.
—Sí, señor… enseguida —respondió la omega, sorprendida. En todos sus años sirviendo a Samuel, nunca había escuchado un “gracias” salir de su boca.
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Poco después, Samuel bajó al gran salón donde recibirían a los invitados.
—Padre —saludó con una reverencia.
—Veo que ya estás bien —dijo el rey Klaus, evaluándolo con la mirada—. Espero que no provoques una guerra con tus comentarios esta vez.
Samuel sintió un vuelco en el estómago.
Recordó cómo, en su vida pasada, cada discusión con su padre terminaba mal… y siempre era Camilo quien entraba a defenderlo. Siempre era Camilo quien lo calmaba.
Quien lo cuidaba sin esperar nada.
La culpa le apretó el pecho.
—No te preocupes, padre. Me comportaré —respondió Samuel, en tono serio.
Klaus lo miró extrañado, pero no dijo nada.
—Su majestad, ya llegaron —anunció Efrén—. La reina los espera.
Tal como dijo, los invitados comenzaron a entrar uno por uno. Reinos de cielo y tierra se reunían para la gran inauguración.
Pero a Klaus solo le importaba uno: el de los humanos.
Su investigación lo había llevado a creer que Samuel no podría enlazarse con alguien de su especie. Necesitaba un omega humano. Y rezaba para que, en esa comitiva, estuviera el destinado de su hijo.
Brisa y Klaus saludaban a los invitados con cordialidad.
—Parece que el reino de los humanos no ha llegado, querido —dijo Brisa.
—Tranquila, estarán aquí —respondió Klaus, intentando calmarla.
Samuel, por su parte, no lograba controlar su respiración.
En su mente aún veía la sangre de Camilo.
Y ahora estaba a segundos de encontrarse de nuevo con él.
—Padre, ya llegaron —anunció Félix con una sonrisa demasiado amplia—. Los vi subiendo las escaleras.
Samuel sintió un escalofrío.
Su asesino.
El traidor.
Su respiración cambió. Klaus lo notó.
—Samuel, compórtate, por favor —suplicó el rey.
El joven alfa lo miró con calma.
—No te preocupes, padre. Ya entendí.
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Mientras tanto, la comitiva humana subía con lentitud.
—Padre, no creo que haya sido buena idea traer a Camilo —susurró Carlos.
—Ya cállate, llevas todo el camino diciendo lo mismo —respondió Andrés—. Tu hermano quiso venir, y no podía dejarlo solo. Además, nos conviene traerlo. Ya sabes lo que el rey Klaus nos comentó.
Ambos miraron a Camilo, quien caminaba feliz, dibujando las rutas y las piedras mágicas que encontraron.
—Padre, ¡mire esto! Nunca había visto un camino tan hermoso. ¡Es magnífico! —dijo Camilo, mostrando un boceto.
—¿Magnífico? Por culpa de este viaje traigo la sentadera dormida —bromeó Carlos.
—No estaría dormida si hubieras bajado a caminar hace dos horas —contradijo Camilo.
—Cálmense —intervino Andrés—. O llegando a Londres se las verán con su papá.
Eso bastó para callarlos. Luis, su padre, era estricto con los castigos.
A Camilo todavía le faltaban tres años para cumplir veinte. A Carlos, solo uno.
—Debimos quedarnos en Londres. No me gusta estar aquí —gruñó Carlos.
—Cobarde —se burló Camilo.
—¿Yo? —Carlos se señaló el pecho indignado.
—Sí tú. No dejaste de temblar con las bestias acuáticas del camino —rió Camilo.
—¡Ya basta los dos! —los cortó Andrés—. Me obligan a extenderles el castigo.
—No, por favor —dijeron al mismo tiempo.
Al llegar a los penúltimos escalones, se quitaron las capas, mostrando claramente que eran humanos.
Brisa y Klaus los recibieron con sonrisas cálidas, como viejos amigos reencontrándose.
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Desde la distancia, Samuel lo vio.
Camilo.
Y el mundo se detuvo.
Era igual que en su recuerdo… pero vivo.
Con sus ojos brillantes, su expresión curiosa, su aura tranquila.
Samuel tragó saliva.
¿Debía acercarse? ¿O sería demasiado pronto?
Miró a su padre, quien le hizo una señal de aprobación.
Pero un molesto obstáculo se anticipó.
—Hola —dijo Félix acercándose primero a Camilo.
Carlos interceptó la mano extendida de Félix.
—Hola, mucho gusto —dijo con frialdad, apartando la mano del alfa.
Camilo, ajeno al pequeño choque, observaba maravillado el interior del castillo.
Samuel aprovechó. Avanzó sin mostrarse agresivo ni dominante.
—Hola, príncipe Camilo —dijo con cortesía, inclinando la cabeza.
Camilo parpadeó, sorprendido.
—Es un gusto, príncipe… Samuel —respondió, tendiéndole la mano.
Samuel tomó su mano con suavidad y, para sorpresa de todos, besó el dorso con un respeto que no había mostrado nunca en su vida pasada.
—¿Le gustaría ir a los jardines? Hay una sección con flores nativas de nuestro reino —ofreció Samuel, sonriendo.
Los ojos de Camilo brillaron.
—¿De verdad puedo entrar? No quiero causar un malentendido…
—Vamos juntos —respondió Samuel—. Nadie dirá nada si vas conmigo.
El corazón del alfa latía con fuerza. No podía evitarlo.
Camilo era igual de hermoso que lo recordaba.
Y su cabello teñido… esa marca tan suya… lo hacía aún más único.
Mientras caminaban hacia los jardines, Samuel murmuró en voz baja, apenas audible:
—Sea lo que sea que haya pasado… esta es mi oportunidad para salvarte, Camilo. Y para acabar con Félix y Alexandra.
Camilo, sin escuchar sus palabras, tomaba del brazo del príncipe con timidez.
Samuel sintió cómo el destino volvía a encajar.
Esta vez… no fallaría.