Kenji solo quería una vida tranquila, pero reencarnó como el profesor más temido del mundo... sin saber que también es el más fuerte.
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La respiración del fin del mundo
El sonido de un teclado alas tres de la mañana es lo más cercano que existe al tic-tac de una bomba de tiempo.
Kenji recordaba ese sonido perfectamente. También recordaba los gritos de su antiguo jefe, un hombre cuya vena de la frente parecía a punto de estallar cada vez que un informe mensual se retrasaba cinco minutos. Golpeaba el escritorio con tanta fuerza que las tazas de café tintineaban como si estuvieran viviendo un terremoto y luego señalaba a cualquier empleado que tuviera la mala suerte de cruzarse con su mirada.
«¡Eres un inútil! ¡Si no puedes manejar la presión hay cientos de personas esperando tu puesto!». Aquellas palabras se repitieron durante cinco años hasta convertirse en parte de su vida diaria. El estrés se había metido debajo de sus uñas, en sus músculos, en su espalda, en su respiración e incluso en la forma en que caminaba. Dormía pensando en informes, despertaba pensando e informes y comía revisando informes. El miedo a cometer un error era tan grande que incluso cuando llegaba temprano sentía que ya iba tarde. Aquella mañana intentó terminar otro interminable montón de documentos mientras el reloj seguía avanzando sin piedad. Su visión comenzó a nublarse, el teclado dejó de distinguirse frente a sus ojos y el dolor que recorría todo su cuerpo terminó por vencerlo.
Lo último que escuchó antes de perder el conocimiento fue la voz furiosa de su jefe exigiendo otro reporte como si el agotamiento de sus empleados fuera un simple detalle sin importancia.
Cuando volvió a abrir los ojos no estaba en aquella oficina gris donde jamás entraba la luz del sol. Estaba sentado detrás de un enorme escritorio de roble negro cuya superficie brillaba como un espejo. El techo era tan alto que parecía pertenecer a un palacio y no a una oficina. Las paredes estaban cubiertas por estanterías repletas de libros antiguos con inscripciones mágicas, enormes ventanales dejaban entrar una cálida luz dorada y un gigantesco espejo de plata reflejaba a un joven completamente distinto al hombre agotado que él recordaba. Cabello negro como la noche, piel clara, facciones elegantes y unos profundos ojos dorados capaces de intimidar a cualquiera. Kenji levantó lentamente una mano y el reflejo hizo exactamente lo mismo. Parpadeó varias veces antes de tocarse el rostro.
—¿...Soy yo?
Sobre el escritorio descansaba un pergamino con un sello rojo. Al abrirlo, una enorme cantidad de recuerdos invadió su cabeza como una tormenta. Imágenes de un mundo donde la magia existía, criaturas legendarias caminaban entre los bosques, dragones dominaban los cielos y los dioses respondían las plegarias de los mortales aparecieron una tras otra hasta obligarlo a sujetarse la cabeza con ambas manos.
Nombre: Profesor Kenji.
Identidades registradas: Tutor Principal del Aula Cero.
Orden directa de la Dirección: Debido a la renuncia de los últimos catorce profesores por colapso mental, amputaciones mágicas, traumas psicológicos y otros incidentes que el departamento legal recomienda no mencionar, deberá presentarse inmediatamente para impartir clases. El incumplimiento del contrato será considerado abandono del deber.
Kenji sintió un escalofrío.
—¿Otra vez un trabajo imposible...?
Su primera reacción fue mirar alrededor buscando una puerta de emergencia. La segunda fue respirar profundamente para intentar calmar la ansiedad que comenzaba a apoderarse de él, exactamente igual que hacía cada vez que su antiguo jefe levantaba la voz. Inspiró lenta y profundamente.
En el mismo instante, todo el maná contenido en kilómetros a la redonda comenzó a reunirse alrededor de su cuerpo como un océano invisible. Los cristales mágicos incrustados en las paredes de la academia empezaron a vibrar, las barreras defensivas se activaron automáticamente y una presión indescriptible descendió sobre todo el reino.
Muy lejos de allí, en un antiguo templo olvidado, una estatua del Dios de la Guerra abrió lentamente los ojos de piedra.
En el Reino Demoníaco, el trono del antiguo Rey Demonio tembló.
En el cielo, varios dragones levantaron la cabeza al mismo tiempo.
Todos sintieron exactamente la misma presencia.
Una existencia infinitamente superior.
Mientras tanto, Kenji soltó el aire lentamente.
—Qué extraño... respirar aquí se siente mucho mejor que en la oficina.
No tenía la menor idea de que su cuerpo estaba absorbiendo cantidades absurdas de maná con cada respiración. Aquel poder era tan gigantesco que incluso las leyes del mundo eran incapaces de medirlo. Los recuerdos heredados le informaban que los dioses representaban el límite absoluto del poder mágico... pero el cuerpo que ahora ocupaba había nacido con una bendición imposible. Poseía el poder combinado de todas las divinidades y del primer Rey Demonio, una fuerza tan desproporcionada que permanecía completamente dormida mientras él viviera convencido de ser una persona normal.
Kenji tomó el libro de asistencia y salió de la oficina intentando memorizar el camino hasta el Aula Cero.
—Solo tengo que sobrevivir al primer día... si nadie grita... todo saldrá bien...
Cada vez que repetía aquella frase respiraba profundamente para tranquilizarse.
Cada respiración hacía que la presión mágica aumentara.
Los profesores que caminaban por los pasillos comenzaron a caer de rodillas.
Algunos estudiantes dejaron escapar pequeños gritos.
Un profesor veterano miró por la ventana completamente pálido.
—¿Quién... quién está liberando semejante cantidad de maná?
Otro tragó saliva.
—No es maná... es una advertencia...
Mientras tanto, el Aula Cero parecía un campo de batalla. Había pupitres partidos por la mitad, ventanas rotas, marcas de explosiones en las paredes y un enorme agujero en el techo provocado por algún incidente que nadie se había molestado en reparar. Los alumnos conversaban entre risas mientras hacían apuestas sobre cuánto tardaría el nuevo profesor en renunciar.
—Yo digo diez minutos.
—Cinco.
—Tres.
—Ni siquiera entra al salón.
En el escritorio del fondo, con los pies apoyados sobre la mesa y una sonrisa llena de arrogancia, estaba Dani Arclight, heredero de una de las familias nobles más poderosas del reino y líder absoluto del Aula Cero. Era un prodigio mágico cuya diversión favorita consistía en hacer renunciar profesores. Catorce habían abandonado antes que él terminara el semestre.
—Escuchen bien —dijo cruzándose de brazos—. Cuando entre el nuevo profesor nadie se levanta. Nadie saluda. Nadie responde. Yo me encargo del resto.
Toda la clase sonrió.
—¿Qué harás?
Dani levantó una pequeña gema mágica.
—Una ilusión explosiva debajo de sus pies. No lo lastimará... solo saldrá volando por el susto.
Las carcajadas llenaron el salón.
En ese mismo momento, Kenji se detuvo frente a la puerta.
Sintió cómo su corazón comenzaba a latir con fuerza.
«Tranquilo... solo son estudiantes... los estudiantes no pueden ser peores que un jefe... ¿verdad?»
Respiró profundamente.
Dentro del aula todos sintieron que el aire pesaba varias toneladas.
Las llamas de las lámparas mágicas comenzaron a apagarse.
Las mesas crujieron.
Las ventanas vibraron.
Varios alumnos dejaron de sonreír.
Dani frunció el ceño.
—¿Qué fue eso...?
La puerta se abrió lentamente.
Entró un joven de cabello negro, túnica oscura y expresión completamente seria.
No era una expresión de autoridad.
Era una expresión de ansiedad.
Pero nadie podía saberlo.
Kenji se quedó inmóvil porque su mente se quedó completamente en blanco.
«¿Qué se suponía que debía decir primero...? ¿Buenos días...? ¿Presentarme...? ¿Y si me equivoco...?»
Desde la perspectiva de los alumnos era completamente diferente.
«Nos está analizando.»
«Está eligiendo a quién eliminar primero.»
«Ni siquiera pestañea...»
«Es un monstruo...»
Nadie se atrevió a moverse.
Kenji finalmente reunió el valor suficiente para hablar.
—Buenos días... espero que podamos llevarnos bien... y evitar problemas...
Lo que Kenji quiso decir fue: «Por favor, no hagan mucho ruido porque me pongo muy nervioso.»
Lo que los alumnos escucharon fue: «Si crean problemas, desaparecerán.»
El silencio fue absoluto.
Dani sonrió con arrogancia.
—Así que este es el nuevo profesor...
Sacó la gema mágica de su bolsillo y la lanzó discretamente bajo los pies de Kenji.
La ilusión debía provocar una pequeña explosión de humo.
Pero en el instante en que la gema entró en contacto con la presión mágica inconsciente de Kenji ocurrió algo imposible.
La ilusión dejó de obedecer a Dani.
Toda la energía regresó violentamente hacia su creador.
¡BOOOM!
Una nube de humo negro envolvió únicamente a Dani.
Cuando el polvo desapareció, el orgulloso noble seguía de pie... con el uniforme completamente chamuscado, el cabello convertido en un desastre y las cejas desaparecidas por completo.
Toda la clase quedó en silencio.
Kenji dio un pequeño salto del susto.
—¡¿Estás bien?! ¡¿Te hiciste daño?! ¡Lo siento mucho, no sé qué pasó!
Dani apenas podía respirar.
Su instinto mágico acababa de mostrarle algo aterrador.
Durante una fracción de segundo había visto un océano infinito de poder detrás de aquel profesor.
No había fondo.
No había límite.
Los dioses parecían simples luciérnagas frente a aquella presencia.
El Rey Demonio era menos que una sombra.
Sintió que su alma entera temblaba.
«No... no fue un accidente... me devolvió mi propia magia... y además tuvo la misericordia de dejarme con vida...»
Las piernas dejaron de responderle.
Cayó de rodillas frente a toda la clase.
—L-lo... lo siento mucho... profesor...
Continuará...