Somos seres divinos, dicen.
Pero la divinidad no es luz eterna. Es resistencia.
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CAPITULO 1: EL PRINCIPIO ES EL FIN, EL FIN ES EL PRINCIPIO.
Ruido proveniente de la ventisca en las colinas…
En el oscuro vacío habita la sensación persistente de que el silencio no es ausencia, sino un velo espeso que oculta nuestros mayores miedos. No es el ruido lo que aterra, sino aquello que calla. Y en ese callar, mi mente siempre regresa al mismo instante, como si el tiempo fuese una herida que jamás terminó de cerrar.
Puedo sentir el miedo tomando todo mi ser. Aún puedo recordarlo… aún puedo…
—Tren con destino a Londres abordará la plataforma 2 —afirmó la voz del megáfono, metálica, indiferente, tan ajena al destino que nos aguardaba.
Un cálido día de verano.
El tipo de día que promete comienzos y no finales. Todos los pasajeros debían abordar ese tren y llegar a su destino, cada uno con sus historias cuidadosamente dobladas en maletas de cuero, con sueños guardados entre boletos y relojes.
Aquellos afortunados con sus iris enmarcados de gratitud y felicidad. Recuerdo especialmente a la pasajera 56. Recuerdo el número con exactitud, como si hubiese sido grabado con fuego en mi memoria. Sonreía sin saber que la felicidad, a veces, es solo una antesala.
Megáfono:
—El tren con destino a Londres partirá en dos minutos.
Hice un pequeño e insignificante suspiro y abordé ese tren. No sabía que ese suspiro sería el último gesto inocente de mi vida anterior. Busqué entre los vagones mi asiento, esquivando equipajes, murmullos, despedidas apresuradas.
Aún lo recuerdo…
Ese verde pastizal extendiéndose como un océano inmóvil. El cielo cubierto de destellos que se reflejaban en las ventanas por el incandescente sol en su punto más alto. El sonido de los rieles cambiando de dirección, un crujido metálico que parecía anunciar algo más que una curva. Las siluetas que iban y venían buscando su lugar, ajenas al peso invisible que comenzaba a respirar entre nosotros.
Es extraño. Tan solo cerré los pliegues de mis ojos y dormí profundamente. No sé exactamente cuánto tiempo pasó, pero me despertó aquel grito que partió el aire como una grieta.
—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Quiero un dulce! —exclamó el pequeño de cabello ondulado, con la urgencia propia de quien no conoce la palabra “después”.
—Hijo, debes esperar. No falta mucho. Pronto llegaremos al destino —afirmó la señora con afecto, intentando sostener la calma con ambas manos.
—¡Ahora, mamá! ¡Por favor! ¡Ahora!
Su berrinche se escuchó por todo el vagón, y la madre, avergonzada, se disculpó con una sonrisa tensa.
—Lo siento… lo siento…
Me concentré en los paisajes de aquella vez, observando el lugar en el que nos encontrábamos. Pero mis oídos… mis oídos recorrían cada vagón y patrón de los que estaban a bordo. Siempre fui así: escuchando lo que otros ignoraban, presintiendo lo que nadie quería mirar de frente.
Recuerdo a la anciana que observaba con ilusión las fotos de sus nietos. Al pisar la acera sería la primera vez viéndolos después de años. Sus manos temblaban ligeramente, no por la edad, sino por la emoción.
El hombre que leía el periódico tenía una expresión rígida, casi pétrea. Nadie lo acompañaba. Tal vez su compañía era el silencio. Tal vez el silencio era su condena.
Esos dos acaramelados hablaban sobre promesas. Promesas que son verdades disfrazadas de mentiras, o mentiras vestidas de esperanza. Reían como si el amor fuese eterno y el tiempo un aliado.
Y cómo olvidar a los cuatro estudiantes en la otra punta del vagón. Podía oírlos planear sus vacaciones en la playa. Hablaban del futuro con la arrogancia luminosa de quienes creen que el mundo los espera intacto.
¿Quién habría sido yo para juzgarlos? Me hubiese gustado estar en su grupo, compartir sus sonrisas aspirantes a un futuro prometedor. Me hubiese gustado no sentir esa presión en el pecho, ese latido que no seguía el ritmo del tren.
Pero ellos aún no lo sabían…
Ni la anciana, ni el niño, ni la madre, tampoco el hombre, ni la pareja de enamorados… que en dos segundos con cincuenta y siete milésimas todo llegaría a su fin.
1…
Las agujas del reloj no se detienen. Nunca lo hicieron.
Un zumbido comenzó a crecer en mis oídos. No era externo. Venía de dentro, como si mi cráneo fuese una caja de resonancia para el desastre.
2...
Pánico. Llanto. Desesperación. El metal retorciéndose como si gritara. El suelo perdiendo su significado. Cuerpos flotando en una coreografía grotesca. El tiempo fragmentado.
3…
Aceptación.
Ah… estoy cansada… pensé. El principio es el fin, el fin es el principio. Quizás la muerte no es un final, sino un giro más del mismo círculo.
—¡¡¡Mahuaa!!!
Desperté exaltada, pronunciando su nombre con un desgarramiento que no sabía que aún podía sentir.
Todo se envolvió en un silencio y oscuridad aterradores. No el silencio cálido del tren antes de partir, sino uno denso, húmedo, cavernoso.
Sí, lo reconozco…
Desperté en la cueva donde paso mis días. Donde sobrevivo. Donde recuerdo.
Extiendo mi brazo para sostenerme de las rocas heladas, mientras todo en mí se retuerce, incluso mi realidad. A veces dudo de qué es sueño y qué es memoria. A veces pienso que sigo en aquel tren y que esto es el castigo por no haber muerto.
—Es un ataque de pánico —susurré, intentando convencerme de lo inevitable.
Pero Mahua no estaba ahí.
—Mahuaaaaa… ¿dónde estás?
Grité con las pocas fuerzas que tenía. La desesperación se apoderaba de mí como la ventisca en las colinas. No era solo miedo a la soledad. Era miedo a perder lo único que me ancla a este mundo inhóspito.
Tomé un trozo de roca áspera y con eso encendí el fuego. Chispas tímidas, luego una llama vacilante. Ahora todo podía verse con más claridad: las paredes irregulares, las sombras que parecían respirar.
Pero el viento provocaba silbidos agudos, y la nieve caía con intensidad, al borde de apagar el único trozo de tronco que había preparado antes de haber perdido la conciencia en ese lugar.
—¡Mahuaaaaa!
Volví a pronunciar su nombre. Las manos me temblaban, el cuerpo también. Desprotegida ante cualquier peligro, me puse en pie.
—¡Mahua, por favor! ¡Vuelve a mí! ¡Mahuaaaaa!
No respondió a mis llamados. Así que decidí salir a buscarlo. No importaba si la oscuridad me consumía nuevamente. Él me necesitaba… o tal vez yo lo necesitaba más.
—¡Mahua, voy por ti! Resiste…
El viento y la nieve intensa eran un obstáculo. Apenas podía sostenerme en pie. Mi ropa… mi ropa no era la más adecuada. Solo trapos rasgados que alguna vez fueron vestiduras dignas. No iba a sobrevivir mucho más. Lo sabía. Pero había algo más fuerte que el instinto de conservación: el miedo a quedarme sola con mis recuerdos.
Antes de que pudiera salir, una sombra tomó presencia.
Mi corazón se estremeció.
No podía pelear. Apenas tenía energía. Pero debía encontrarlo, sucediera lo que sucediera.
Tomé un cristal afilado. Estaba lista para lo inevitable. Retrocedí tres pasos hacia atrás y me puse en guardia.
—¡No te tengo miedo! —grité con una decisión que no sentía.
Primera ley: nunca debes temer a lo desconocido.
Lo aprendí el día en que llegué a este lugar. El día en que comprendí que el verdadero enemigo no siempre tiene forma.
La sombra se acercaba cada vez más… pero se desvaneció como polvo dispersado por el viento. En su lugar, apareció el pequeño brillo de unos ojos del mismo color de la aurora boreal. Agitado. Persistente.
Arrastraba con esfuerzo el cadáver de un Magnú.
Los Magnú equivalen a un jabalí en la tierra, pero más robustos, más salvajes. Esta bestia estaba desgarrada. Quizás otras criaturas ya la habían acechado. Eso ya no importaba. Hacía días que no comíamos. Esto era un milagro envuelto en sangre y vapor.
—¡Mahua! —hablé con la voz entrecortada, sintiendo cómo el hielo dentro de mí comenzaba a derretirse.
Él soltó su presa. Con su diminuto cuerpo la empujó hacia mi lugar y me la ofreció, como si comprendiera que yo estaba al borde de quebrarme.
Mi única reacción fue abrazar a esa criatura.
Su pelaje estaba frío por la nieve, pero su corazón latía con una fuerza que me recordaba que aún existía algo vivo en este mundo.
Pasaron ciento cincuenta años desde aquel entonces.
El tiempo dejó de medirse en calendarios y comenzó a contarse en inviernos sobrevividos. En cicatrices. En silencios compartidos.
Somos seres divinos, dicen.
Pero la divinidad no es luz eterna. Es resistencia. Es cargar con recuerdos que deberían haber muerto con aquel tren. Es despertar cada noche escuchando el eco de un niño pidiendo un dulce. Es preguntarse por qué sobreviví cuando los demás no.
Mahua y yo no envejecemos. No como antes. La cueva se convirtió en templo y prisión. La nieve es testigo. El fuego en confidente.
A veces creo que aquel accidente no fue un final, sino un umbral. Que morí en esos dos segundos con cincuenta y siete milésimas y que esta existencia es el precio de haber aceptado demasiado pronto.
El principio es el fin. El fin es el principio.
Y en el silencio de la ventisca, cuando el mundo parece contener la respiración, todavía escucho el zumbido.
Todavía cuento.
1…
2…
3…
Y despierto.