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Una Duquesa Para El Márquez

Una Duquesa Para El Márquez

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Romance / Reencuentro
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Luisa Galli

La alta sociedad aveces pasa por momentos de locura, al igual que está historia que está llena de momentos locos nuestra historia estará llena de aventuras, dramas y mucha pasión.

NovelToon tiene autorización de Luisa Galli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Presentimientos

La tarde caía lentamente sobre las colinas de Wetherhall. En el gran salón se llevaba a cabo una reunión de caballeros y administradores del condado. El joven conde William Brown presidía la mesa.

—Caballeros —dijo el conde con voz firme pero cortés—, el asunto que nos reúne hoy no carece de importancia. Si deseamos prosperar como comunidad, debemos considerar la expansión de las granjas.

Un murmullo de aprobación se oyó entre algunos de los presentes, pero no faltaron las miradas escépticas.

—Mi lord —dijo con respeto—, nadie pone en duda su entusiasmo por el progreso, pero las tierras del norte son inhóspitas. Los vientos invernales no perdonan, y los caminos son traicioneros. Más de un colono ha debido abandonar sus tierras por la dureza del clima. Quizás el sur de Westershair sea más propicio—

Varios asintieron. se levantó, caminó hacia el ventanal y, con las manos tras la espalda, observó el paisaje que se teñía de tonos dorados bajo el sol poniente.

—El sur pertenece a la duquesa de Wynthorne —repuso tras un silencio—. Y si bien goza de climas más benignos, dudo que permita la intromisión de otra casa noble en sus dominios.

Un leve carraspeo interrumpió sus palabras, el mayordomo se acercó con paso discreto y reverente.

—Disculpe mi atrevimiento, mi lord —dijo con una ligera inclinación—, pero acaba de llegar el marqués Frederick Bellucci.

El conde sonrió con sincera sorpresa.

—Frederick Bellucci... —repitió,—. Hacía años que no escuchaba ese nombre. Hágalo pasar, Alphonse, y vino en el salón.

Los caballeros intercambiaron miradas de curiosidad. No conocían al marqués, aunque su reputación, mezcla de audacia, fortuna y elegancia italiana, había llegado a oídos de muchos. El mayordomo se retiró y, al poco, las puertas del gran salón se abrieron dejando entrar al visitante.

Frederick Bellucci era un hombre de porte distinguido, alto, de cabellos oscuros y mirada franca. Vestía un abrigo de viaje de fino paño, todavía humedecido por el rocío, y llevaba en el pecho una insignia dorada con su escudo familiar. Su sonrisa, amplia y segura, contrastaba con la formalidad británica que imperaba en aquel lugar.

—William, viejo amigo —exclamó al ver al conde—, por fin el destino vuelve a cruzarnos.

El conde avanzó hacia él con igual entusiasmo y ambos se estrecharon en un abrazo que sorprendió a los presentes por su familiaridad.

—Frederick, cuánto tiempo —dijo Brown con una carcajada contenida—. Creí que habías olvidado por completo las tierras de Inglaterra.

—Olvidarlas, jamás —respondió el marqués—. Pero los negocios en Milán y las obligaciones en Florencia me mantuvieron alejado más de lo que hubiese deseado.

Los caballeros, intrigados, escuchaban cada palabra. Frederick se volvió hacia ellos con cortesía y el conde lo presentó con la etiqueta debida. Hubo saludos, inclinaciones y murmullos de admiración. El marqués tomó asiento a la derecha de su amigo, y pronto el diálogo retomó su curso, aunque ahora con un tono más animado.

—He leído acerca de vuestro proyecto, William —dijo Bellucci, observando el mapa desplegado—. Una empresa ambiciosa, sin duda. Si mis recursos pueden servir, deseo invertir en ella.

El anuncio causó cierta agitación entre los presentes. El conde agradeció el ofrecimiento con sincera gratitud, aunque sabía que la decisión no sería sencilla.

—Tu apoyo es más valioso de lo que imaginas, Frederick —respondió—, pero temo que el asunto requiere aún el consentimiento de la duquesa de Wynthorne. Su difunto esposo era dueño de las tierras del sur, y sin su aprobación nada podremos emprender.

El marqués asintió pensativo.

—Entonces habrá que visitarla —dijo con naturalidad—. Si lo permites, te acompañaré.

La reunión concluyó poco después. Los administradores se retiraron con muestras de respeto. El conde y el marqués, ahora solos, se dirigieron al comedor principal, donde les esperaba una cena sencilla.

Los dos amigos rememoraron los años pasados, las aventuras de juventud que ahora parecían recuerdos de otra vida.

.—Por la amistad —dijo

El cristal tintineó suavemente, y bebieron.

Durante la sobremesa, el marqués se inclinó hacia su amigo con aire más serio.

—Háblame de la duquesa —pidió—. Si hemos de visitarla, quisiera saber qué esperar.

William apoyó la copa sobre la mesa y suspiró.

—Lady Eleanor Wynthorne —empezó lentamente—, es una mujer de espíritu indomable. Su padre un hombre severo y su madre, una dama francesa de educación exquisita. Desde joven mostró inclinación por los asuntos del campo. No se amedrenta ante los hombres, ni acepta fácilmente consejo. Sus palabras son filosas, pero tras ellas hay un corazón leal.

—¿Y su esposo? —preguntó con cierta cautela.

—El duque falleció a principios de año —repuso el conde—. Una fiebre lo consumió en pocas semanas. Ella heredó no solo sus riquezas, sino también las cargas de su título. Algunos dicen que el dolor la ha vuelto más fría

— confío en que, al conocer nuestras intenciones, sabrá ver el beneficio que su condado obtendría de esta empresa.—

La conversación derivó luego hacia temas más ligeros.Ya entrada la noche, se retiraron al salón de lectura. William se acomodó en un sillón y encendió su pipa; Frederick, de pie junto a la ventana, contemplaba el cielo estrellado.

—¿Partiremos mañana? —preguntó.

—Al amanecer —contestó el conde—. Wynthorne se encuentra a dos días de viaje. Si el clima nos favorece, llegaremos antes del anochecer del segundo día.

El marqués asintió. Hubo un silencio prolongado, roto solo por el leve chisporroteo del fuego.

—William —dijo al cabo—, ¿la estimas mucho?

El conde alzó la mirada con cierta sorpresa.

—A Eleanor la aprecio, sí —respondió con honestidad—. Fuimos amigos en la infancia. Solía venir a estas tierras cuando su padre comerciaba con el mío. Su espíritu siempre me pareció admirable, aunque distinto al de cualquier otra dama que haya conocido. Pero no... no hay en mí afecto más allá del respeto.

El reloj del salón marcó las once. Antes de partir a sus aposentos, el marqués se volvió hacia su amigo.

—Tengo el presentimiento —dijo con voz baja— de que este viaje cambiará más de lo que imaginas.

William sonrió sin darle demasiada importancia.

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inuyasha/ Tomoe🦊
me jode tanto lo q ella hace, elije eso y no lucha no va entra de nada, simplemente deja q todos decidan pro ella es molesto. ni siquiera lucha por su felicidad
Ada Rodriguez
me gusta
Laura Aguado
Está muy interesante ❤️❤️❤️
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