dioses, vampiros y amor
NovelToon tiene autorización de Dania B para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 1: el eco de las alas rotas
La colonia siempre olía a una mezcla pesada de aceite frito y humedad cuando la noche reclamaba las calles. Las luces amarillas de los postes parpadeaban como ojos cansados, iluminando apenas los callejones donde las casas se amontonaban como viejos soldados que ya no esperan la victoria.
Shion caminaba con las manos enterradas en los bolsillos de sus pantalones de cargo. Su mochila colgaba de un hombro, golpeando rítmicamente su costado. El viento frío le apartó el cabello negro de la cara, dejando al descubierto la fina cicatriz vertical que le dividía la mejilla izquierda.
No caminaba como una adolescente. Sus pasos no tenían prisa, pero tampoco duda. Tenía la calma inquietante de quien ya ha visto el fin del mundo y ha sobrevivido para contarlo.
Al llegar a casa, el ruido cotidiano la recibió como un escudo contra el silencio exterior.
—¡Te dije que yo puedo solo, Minori! —la voz de Mizuki rebotó en las paredes delgadas.
—Mizuki, deja eso antes de que termines de destrozarlo —respondió Minori con esa paciencia agotada que solo una hermana mayor posee.
Shion empujó la puerta. El espacio era pequeño, asfixiante para alguien que, en algún lugar profundo de su memoria, recordaba cielos infinitos. Minori, elegante incluso con el uniforme de trabajo arrugado, levantó la vista.
—Llegaste tarde —sentenció.
—Entrenamiento —soltó Shion, yendo directo al refrigerador. El agua fría le recordó que seguía viva, que seguía siendo humana... o al menos eso intentaba creer.
—Siempre lo mismo —Mizuki sonrió de lado, abandonando el aparato que intentaba reparar.
Shion no respondió. Se quedó un momento allí, disfrutando del caos doméstico. Era un refugio frágil. Ella sabía que, fuera de esas cuatro paredes, el mundo era una fiera hambrienta.
—Voy a salir —dijo Shion de pronto. Necesitaba aire. El techo de la casa se le sentía demasiado cerca de la cabeza.
—¿Otra vez? —Mizuki arqueó una ceja.
—Necesito caminar.
Minori la observó en silencio, escaneando los ojos grises de su hermana, buscando la sombra que siempre parecía acecharla.
—No tardes —fue lo único que dijo.
El encuentro
La noche se había vuelto gélida. Shion se adentró en el callejón contiguo, un tajo oscuro entre edificios que servía de atajo. La única bombilla del lugar agonizaba con un zumbido eléctrico.
De pronto, el silencio se rompió.
Clang. Un golpe metálico.
Luego, un jadeo ahogado, seguido de un sonido líquido, pesado. Sangre golpeando el suelo.
Shion se detuvo. Sus ojos no se dilataron por el miedo; se afilaron. En las sombras del fondo, una silueta colapsaba contra la pared de ladrillos. Era un chico. Su camisa negra estaba empapada, brillando bajo la luz intermitente con un tono granate.
—No te acerques —la voz del chico era un rasguño, cargada de una arrogancia que ni siquiera la agonía podía borrar.
Shion no se detuvo. Cada paso suyo era deliberado.
—Estoy bien —insistió él, tratando de presionar su costado.
Ella se plantó frente a él. Ojos verdes, intensos y gélidos, la desafiaron desde abajo. Alfred la miraba con un aire de superioridad herida, como si le molestara que una "civil" lo viera en su momento más débil.
—No —dijo ella, con una voz tan plana que resultó cortante—. No lo estás. Te estás vaciando.
Él intentó incorporarse, un esfuerzo inútil que terminó con sus rodillas golpeando el asfalto. Shion reaccionó con una velocidad sobrehumana, sujetándolo antes de que su cabeza diera contra el suelo.
—No necesito tu ayuda —gruñó Alfred, apretando los dientes.
—No te pregunté si la querías —respondió Shion, pasando el brazo del chico sobre su hombro.
—Ni siquiera sabes quién soy... —murmuró él, con una risa amarga que delataba su ego—. Podría ser tu peor pesadilla.
Shion lo miró un segundo. Sus ojos grises parecieron volverse más profundos, más antiguos.
—No me importa quién seas.
Pero en el momento en que su mano hizo contacto directo con la sangre caliente que empapaba la camisa de Alfred, la realidad se rasgó.
El Destello
El callejón desapareció.
Un estallido de luz blanca calcinó sus retinas. Shion no estaba en una colonia húmeda; estaba en pie sobre mármol pulido que reflejaba un cielo de oro líquido. El aire no olía a comida frita, sino a ozono y sacrificio.
Sintió un peso inmenso en su espalda. Alas. Blancas, majestuosas, cargadas de una electricidad que hacía vibrar sus huesos.
—¡Shion! —una voz de trueno, una voz que no pertenecía a un hombre, resonó en el vacío.
El dolor en su mejilla, en su cicatriz, ardió como si la herida estuviera ocurriendo de nuevo.
—Caballero... despierta.
El regreso
Shion parpadeó, el aire volvió a sus pulmones de golpe. El callejón estaba de vuelta. El frío, el olor a basura y el peso de Alfred sobre ella.
—Oye... —murmuró el chico, notando que ella se había quedado rígida por un instante—. ¿Te vas a quedar ahí pasmada o vas a terminar de salvarme?
Shion frunció el ceño, recuperando el control de sus nervios. La arrogancia de ese desconocido era casi irritante.
—Sigues hablando demasiado para alguien que tiene un agujero en el costado.
Alfred soltó una pequeña risa débil, y por un segundo, la superioridad desapareció para dejar ver algo peligroso, algo que reconoció a Shion como una igual.
—Alfred —dijo él, rindiéndose finalmente al cansancio.
—Shion.
Ella comenzó a arrastrarlo hacia la luz de la calle. No sabía quién era ese chico, ni por qué tocar su sangre había despertado aquel sueño de alas y oro. Pero mientras caminaba, sintió que el hilo de su destino acababa de enredarse con el de él, y que el descanso que tanto buscaba estaba más lejos que nunca.