El día que Sofía Reyes descubrió que debía casarse con Santiago Ferrer, su mejor amigo de toda la vida, decidió alejarse de él.
Santiago hizo lo mismo.
Pero años después, un secreto familiar, un imperio peligroso y una muerte inesperada los obligarán a volver a encontrarse.
Y algunos destinos… simplemente no se pueden evitar.
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Capítulo 1
Sofía
Hay momentos en los que la vida cambia sin avisar.
No con una gran tragedia que todos ven venir, sino con una llamada inesperada en mitad de la noche, con una noticia que te obliga a regresar a un lugar que juraste no volver a pisar.
Cuando mi hermano Luciano me llamó desde Colombia para decirme que el señor Ferrer había muerto, sentí que el pasado que había dejado atrás hacía diez años acababa de abrir una puerta que yo había cerrado con todas mis fuerzas.
Y detrás de esa puerta estaba Santiago.
Conduzco en silencio por la carretera que lleva a la sala de velación. El sol de mediodía cae con fuerza sobre la ciudad, pero yo siento un frío extraño en el pecho.
Habían pasado casi diez años desde la última vez que lo vi.
Diez años desde que nos alejamos.
Diez años desde que descubrimos que nuestras familias habían decidido nuestro destino sin preguntarnos.
Aprieto un poco más el volante.
La última vez que vi a Santiago Ferrer él tenía dieciocho años…
y yo era apenas una mocosa de diecisiete que no entendía nada de la vida.
Estaciono el auto frente a la funeraria y respiro hondo antes de entrar.
El interior es exactamente como lo recordaba: paredes blancas, luces frías y ese silencio pesado que parece pegarse a la piel.
El contraste con el sol abrasador de afuera es extraño.
Camino despacio hasta encontrar a mi hermano.
Luciano está de pie cerca del ataúd, hablando con algunas personas. Cuando me ve, su expresión cambia y se acerca a mí con rapidez.
—Sofía… —dice, abrazándome.
Le devuelvo el abrazo.
—¿Cómo estás? —me pregunta.
—Bien —respondo—. ¿Y tú?
Asiente con la cabeza.
—Bien… dentro de lo que cabe.
Miro hacia el ataúd.
—Papá está muy afectado —agrega Luciano—. El señor Ferrer era su mejor amigo.
—Lo sé.
—Están juntos en una habitación privada.
—¿Papá está con Santiago?
Luciano asiente.
—Sí.
—¿Y mamá?
—Está con ellos también.
Asiento lentamente.
No estoy segura de si quiero ver a Santiago todavía.
No después de tantos años.
No después de todo.
Decido apartarme un poco y me coloco en una esquina de la sala. Varias personas se sientan en las bancas de madera mientras una mujer organiza los libros de oración.
Al parecer van a empezar a rezar el rosario por el alma del difunto.
Respiro hondo y trato de mantener la calma.
Pero entonces ocurre.
La puerta de una de las habitaciones privadas se abre.
Y lo veo.
Primero salen mis padres. Mi madre sostiene el brazo de mi padre, que tiene los ojos rojos e hinchados de tanto llorar.
Detrás de ellos aparece Santiago.
Durante un segundo siento que el tiempo se detiene.
Ya no es el muchacho que recuerdo.
El chico desordenado de dieciocho años desapareció.
El hombre que camina detrás de mis padres es alto, serio, vestido completamente de negro. Su rostro está más marcado, más duro… como si los años le hubieran enseñado demasiadas cosas.
Pero sus ojos…
Sus ojos siguen siendo los mismos.
Oscuros.
Intensos.
Y cuando levanta la mirada y me ve al otro lado de la sala, algo cambia en su expresión.
No sé qué es.
Sorpresa.
Molestia.
Dolor.
Tal vez todo al mismo tiempo.
Nuestros ojos se encuentran.
Diez años sin vernos.
Diez años sin hablarnos.
Y aun así siento el mismo golpe en el pecho que sentía cuando tenía diecisiete.
Santiago se queda inmóvil por un instante.
Luego aparta la mirada.
Como si yo fuera una desconocida.
Como si nunca hubiéramos sido nada.
Trago saliva y camino hacia mis padres.
—Hola, papá.
Él me abraza con fuerza. Su cuerpo tiembla.
—Sofi…
—Tranquilo —susurro.
Me separo un poco para mirarlo.
—¿De qué falleció?
El silencio cae de golpe sobre nosotros.
Mi padre se queda rígido.
Mi madre aprieta los labios.
Incluso Santiago, que está a unos metros de distancia, parece tensarse.
Y entonces mi padre empieza a llorar otra vez.
Pero no es un llanto silencioso.
Es un llanto profundo, desgarrador, como si le arrancaran el alma del pecho.
Nunca lo había visto así.
Es como cuando enterramos a mi tío Félix, su hermano más cercano.
Mi madre intenta consolarlo mientras lo abraza.
Confundida, miro a Luciano.
Él se acerca un poco más y baja la voz para que nadie más escuche.
—Te lo explicaré después.
—¿Qué pasó? —susurro.
Luciano se inclina hacia mi oído.
—Lo asesinaron.
Siento que la sangre se me congela.
—De la manera más cruel posible.
Mis ojos se deslizan lentamente hacia el ataúd.
Entonces lo entiendo.
La ventanilla de vidrio está completamente cerrada.
No permiten ver su rostro.
Un escalofrío recorre mi espalda.
¿Quién podría hacer algo así?
Levanto la mirada… y sin querer me encuentro otra vez con los ojos de Santiago.
Esta vez él no aparta la mirada.
Me observa fijamente.
Como si quisiera decirme algo.
Como si supiera algo que yo no.
Y en ese momento, justo cuando el sacerdote entra a la sala para comenzar el rosario, veo algo que me hace fruncir el ceño.
Dos hombres vestidos de negro acaban de entrar por la puerta principal.
No parecen familiares.
No parecen amigos.
Y lo más inquietante de todo…
es que Santiago también los está mirando.
Con una expresión que mezcla rabia… y miedo.
Sofia Ríos, 27 años.