"Que la luna sea testigo de mi vida y de mi muerte. Que guarde mi nombre en su luz plateada hasta el final de los tiempos."
— Antiguo proverbio de Valdris
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PRÓLOGO: LA ÚLTIMA SÚPLICA
"Que la luna sea testigo de mi vida y de mi muerte. Que guarde mi nombre en su luz plateada hasta el final de los tiempos."
— Antiguo proverbio de Valdris
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La noche había caído sobre el Bosque de Sombre como un manto de desesperanza.
La luna, inmensa y redonda, reinaba en solitario sobre un cielo despejado de estrellas, como si hasta los astros hubieran preferido apartar la mirada de lo que estaba ocurriendo bajo su luz. Su resplandor, frío e implacable, no ofrecía consuelo ni calor; solo la cruel claridad de iluminar el horror.
El carruaje real ardía a unos metros, convertido en una hoguera que crepitaba con avidez, devorando madera, terciopelo y sueños. Las llamas danzaban como espíritus burlones, arrojando sombras retorcidas que se deslizaban entre los troncos de los robles centenarios. El olor a humo y a sangre impregnaba el aire, mezclándose con el aroma húmedo de la hojarasca pisoteada y el musgo aplastado por decenas de botas.
En un claro bañado por la luz lunar, el joven rey Eryndor Valdris luchaba contra sus verdugos.
Apenas veinte años, la corona de roble y hierro de su dinastía aún descansaba sobre su frente, aunque torcida y manchada de sangre. Sus brazos eran sujetados por dos hombres corpulentos, antiguos miembros de su propia guardia, ahora convertidos en perros de caza al servicio de la traición. Frente a él, con una sonrisa satisfecha que helaba la sangre, Varen Crain, el comandante en quien Eryndor había confiado ciegamente, limpiaba el acero de su espada con la capa real.
—¿Dónde está? —preguntó Crain con voz pausada, como si preguntara por el clima—. ¿Dónde está tu hermanita, majestad?
Eryndor respondió con un escupitajo de sangre a los pies del traidor.
La respuesta fue un golpe seco en el estómago que lo dobló sobre sí mismo. Pero incluso doblado, incluso con el dolor desgarrándole las entrañas, Eryndor encontró fuerzas para alzar la cabeza y gritar hacia la espesura del bosque.
"¡LYRA! ¡CORRE!"
Su voz desgarró la noche, un alarido desesperado que llevaba en sus sílabas todo el amor de un hermano y toda la rabia de un rey traicionado.
"¡LYRA! ¡CORRE LO MÁS LEJOS QUE PUEDAS, HERMANA MÍA! ¡SÁLVATE!"
Varen Crain frunció el ceño y asestó un golpe en la nuca del rey con el pomo de su espada, haciendo que Eryndor cayera de rodillas sobre la tierra húmeda.
—Tonto —murmuró el traidor—. ¿Crees que tu grito llegará a alguna parte? Mis arqueros ya la están buscando. Dentro de nada, tu hermana estará a tu lado. Y luego... bueno, luego los dos juntos podréis preguntarle a vuestro padre, en el infierno, cómo es posible que confiara en la persona equivocada.
Eryndor no respondió. Solo miró hacia el bosque, hacia donde había visto desaparecer a Lyra, y rezó con todas sus fuerzas a unos dioses en los que ya no creía.
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A cien metros de allí, entre la espesura, la princesa Lyra Valdris corría.
Sus pies, descalzos, sangraban sobre las piedras afiladas y las ramas rotas. Su vestido de gala color marfil, el mismo que había estrenado esa noche para el banquete de coronación de su hermano, colgaba hecho jirones, rasgado por las zarzas que intentaban retenerla como si la propia naturaleza quisiera detener su huida. Sus cabellos castaños, que apenas unas horas antes su doncella había peinado con esmero, eran ahora una maraña enredada en ramas bajas, y cada tirón le arrancaba un sollozo ahogado.
Pero no se detenía.
No podía detenerse.
Los gritos de su hermano la empujaban, la azotaban como látigos. Corre, Lyra. Corre por los dos. Corre para que su sacrificio no sea en vano.
Las lágrimas nublaban sus ojos, convirtiendo la luz de la luna en un borrón plateado y difuso. No veía bien por dónde pisaba, solo intuía el camino, solo confiaba en que sus piernas la llevaran lo más lejos posible de aquella pesadilla.
No puedo más, pensaba, con el corazón latiéndole tan fuerte que creía que iba a reventarle el pecho. Pero tengo que hacerlo... por Eryndor...
Entonces, un nuevo golpe y un gemido ahogado llegaron desde el claro.
Y Lyra cometió el error de mirar atrás.
Solo un instante. Solo una fracción de segundo. Pero fue suficiente.
El silbido de la flecha fue lo único que escuchó antes de que el impacto la levantara del suelo.
Cayó de espaldas entre la hojarasca, rodando una, dos, tres veces, hasta quedar inmóvil, con los brazos extendidos en cruz. El dolor tardó un segundo en llegar, pero cuando lo hizo fue como si un millón de agujas de fuego le estuvieran quemando el pecho desde dentro.
Abrió los ojos.
A través del dosel de ramas, vio la luna.
Inmensa. Redonda. Perfecta.
Su luz ya no le parecía cruel, sino terriblemente hermosa, como un ojo gigante que la observaba desde el firmamento con una mezcla de curiosidad y tristeza.
El mundo empezó a ralentizarse. Los gritos de los hombres que se acercaban, las pisadas que sacudían la tierra, los crujidos de las ramas pisoteadas... todo se volvió un rumor lejano, como el eco de un sueño del que se despierta.
Lyra sintió el frío de la noche calarle los huesos, mezclándose con un calor pegajoso que le empapaba la espalda. Miró hacia abajo y vio el astil de madera de la flecha sobresaliendo de su pecho. La tela blanca de su vestido se teñía de rojo, un rojo oscuro y voraz que se expandía sin pausa.
Quince años. Solo tenía quince años.
Y ya no le quedaba tiempo.
Pensó en su hermano. En cómo la había defendido siempre. En cómo le enseñaba a montar a caballo a escondidas. En cómo le había susurrado aquella misma noche, antes de que todo se desmoronara: "No te preocupes, pequeña. Seré un buen rey. Para ti, lo seré todo".
Pensó en su padre, el rey Aldric, muerto tres años atrás, víctima de una "enfermedad repentina" que ella siempre había sospechado que no fue tal.
Pensó en su madre, a la que apenas recordaba, fallecida cuando ella era un bebé.
Pensó en todo lo que nunca llegaría a vivir. En los hijos que no tendría. En las canciones que no cantaría. En los atardeceres que no volvería a ver.
Sus dedos se cerraron débilmente sobre un puñado de tierra y hojas secas. Fijó su mirada en la luna, en esa compañera silenciosa de todas las noches de su vida, y sus labios se movieron en un susurro apenas perceptible.
No fue una oración a los dioses antiguos. No fue un lamento por su propia muerte. Fue algo más puro, más desesperado, más sincero.
"Por favor..."
Su voz interior, la última chispa de vida que le quedaba, se elevó hacia el firmamento.
"No por mí. No me importa lo que pase conmigo. Pero él... mi hermano... mi familia... No pueden morir así. No pueden ser traicionados. No puede terminar así."
Una lágrima solitaria surcó su sien y se perdió en su cabello enmarañado.
"Por favor... una oportunidad. Concédeme una oportunidad para salvar a mi hermano... para salvar a mi familia... para deshacer lo que estos traidores han hecho."
Su pecho se elevó en un último suspiro.
"Yo... haré lo que sea..."
Y entonces, la noche se detuvo.
La luna, allá arriba, pareció parpadear. Su luz titiló por un instante, como si algo, en lo más profundo del astro plateado, hubiera escuchado aquella súplica. Las sombras de los árboles se alargaron aún más, y un viento gélido, que no venía de ninguna parte, hizo susurrar a las hojas con un sonido que se asemejaba a un lamento... o quizás a una respuesta.
Pero Lyra ya no pudo verlo.
Sus ojos se cerraron. Su pecho dejó de moverse. Su mano se abrió, dejando caer la tierra que había aferrado.
La princesa Lyra Valdris murió aquella noche, en el Bosque de Sombre, con quince años, un sueño truncado y una súplica en los labios.
O al menos, eso creyeron los traidores que encontraron su cuerpo instantes después.
Lo que ninguno de ellos podía imaginar, lo que ni siquiera el ambicioso Varen Crain podría haber previsto, era que aquella súplica no había caído en oídos sordos.
Arriba, muy arriba, donde la luna reina eterna sobre la noche, alguien había escuchado.
Y en el universo, cuando una diosa escucha una súplica pura, el tiempo mismo puede llegar a doblegarse.
Esta es la historia de cómo Lyra Valdris murió una vez y despertó en otra vida.
Esta es la historia de cómo una niña recibió un regalo imposible y una misión aún más imposible.
Esta es la historia de una hermana, un lobo, y el juramento que cambiaría el destino de un reino.
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Brumhaven, capital del Reino de Valdris.
Diez años antes de la Noche de Sangre.
Una princesa de cinco años abre los ojos en una habitación bañada por la dulce voz de su padre.
El tiempo ha comenzado de nuevo.
Y esta vez, Lyra lo recuerda todo.
HOLAA ESTOY DE VUELTA 🤭🤗
cómo han estado? Tuve un bloqueo y por esa razón no había subido nada, apenas ahorita me surgió está idea y me anime a subir el prólogo como lo ven? díganme sus opiniones, los leo en comentarios 🤗