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Coronas Y Destinos

Coronas Y Destinos

Status: Terminada
Genre:Edad media / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: CrisCastillo

Natalie, una princesa destinada a un matrimonio político para sellar una paz falsa, huye la noche de su compromiso disfrazada de soldado. Bajo el nombre de Derek, se une a la frontera en guerra contra Ylirion, buscando escapar de una vida enjaulada y elegir su propio destino. Descubierta casi de inmediato por la dureza del frente y la desconfianza de sus superiores, deberá demostrar con sangre y acero que no es una impostora, sino alguien dispuesto a perderlo todo por la libertad.

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04

El bosque los absorbió como una tumba silenciosa. Derek no soltó el brazo de Bastian hasta que estuvieron a cien metros del campamento, lejos de cualquier oído curioso. Lo empujó contra el tronco rugoso de un roble, y la fuerza del gesto hizo que Bastian gritara de dolor, no solo por su herida, sino por la traición que veía en los ojos de su amigo.

—¡Derek, por favor! —suplicó, su voz rota—. ¡No hice nada! ¡Es una mentira, una trampa!

—¡Cállate! —rugió Derek, su voz un eco de la furia y el dolor que sentía—. ¡Mírame a los ojos y dímelo! ¿Cómo pude ser tan ciego? ¿Fue todo mentira? ¿Enseñarme a curtir el cuero, a matar a un conejo? ¿Fue todo para ganarme mi confianza?

—¡No! —gritó Bastian, con lágrimas rodando libremente por sus mejillas—. ¡Eso era real! ¡Nuestra amistad era real! Te lo juro por el alma de mi hermana.

—¿Entonces por qué? —preguntó Derek, su voz ahora un susurro desesperado—. ¿Por qué te puso así de pánico? ¿Por qué Lysandro parecía tan seguro? Si eres inocente, ¡deberías haberlo negado con rabia, no con pánico!

—¡Porque no me daba cuenta! —confesó Bastian, su cuerpo deslizándose por el tronco hasta quedar sentado en el suelo—. ¡No era un espía, no quería traicionaros! ¡Soy un idiota! ¡Un estúpido idiota con el corazón blando!

La confesión dejó a Derek helada. Se arrodilló frente a él, forzándolo a mirarla.

—¿De qué estás hablando?

Bastian tomó una breath profunda y temblorosa.

—Después de que mi aldea fuera arrasada... me escapé. Viví en los bosques, solo, durante semanas. Tenía hambre, estaba asustado. Una noche, me encontré a una mujer. Herida. Dijo que había sido atacada por bandidos. Me dio su pan, me compartió su manto. Dijo que se llamaba Elara. Era yliriana, pero me dijo que odiaba la guerra, que había huido de su marido, un soldado. Me senti... conectado con ella. Ambos habíamos perdido todo.

El horror comenzó a crecer en el estómago de Natalie.

—Continúa —ordenó, su voz gélida.

—Nos veíamos a escondidas. Me contaba cosas... sobre su vida, sobre su miedo. Yo le contaba sobre el campamento. No le di nombres, no le di estrategias. Solo... cosas. Le dije que había un nuevo muchacho, Derek, del que todos hablaban. Le dije que la moral era baja antes de que llegaras, y que ahora era alta. Le dije que Kaelen era dura pero justa. Cosas sin importancia, ¿sabes? Cosas que uno le cuenta a una amiga. ¡Nunca pensé que fuera una espía! ¡Nunca imaginé que...

—Que te estaba usando —terminó Derek, la frase un veneno en sus labios—. ¿Que cada palabra que decías era un informe que ella le entregaba a Lysandro?

Bastian asintió, sollozando ahora sin control.

—Esta mañana... antes de la patrulla... la vi. Me dijo que tenía un mensaje urgente para mí. Que su "marido" la había encontrado y que tenía que huir. Me dio un lugar para encontrarnos después de la patrulla, un lugar seguro cerca del camino. Dijo que tenía que avisarme de que la emboscada no era para nosotros, era para un convoy de suministros yliriano. Quería que me mantuviera alejado del peligro. Cuando Lysandro apareció y habló de un traidor... me di cuenta. La emboscada no era para el convoy. Era para nosotros. Y yo... yo te había llevado a ese risco. No era un traidor a propósito, pero mi estupidez fue la espada que ellos usaron. ¡Mi pánico no era por miedo a ser descubierto, era por la certeza de que te había llevado a la muerte por mi culpa!

La verdad golpeó a Derek con la fuerza de una ola. Bastian no era el monstruo que había imaginado. Era algo peor: era un hombre bueno, cuya lealtad había sido explotada y usada como arma. Y esa arma ahora apuntaba al corazón de todo lo que ella había construido.

Se quedó de pie, apartándose de él. El frío del bosque penetró en sus huesos. ¿Qué hacía ahora? Si revelaba la verdad, Bastian sería ejecutado como traidor, aunque su único crimen fuera la ingenuidad. Si lo encubría, sería cómplice, y la próxima vez que la información de Elara casi le cuesta la vida a todos, la culpa sería enteramente suya.

—Levántate —dijo Derek, su voz vacía de emoción.

Bastian la miró con ojos suplicantes.

—¿Qué vas a hacer?

—Lo que debo hacer —respondió Derek. No como un amigo, sino como un soldado. No como una princesa, sino como una líder.

Volvió al campamento, con Bastian temblando a sus espaldas. Kaelen ya había inmovilizado a Lysandro, que la observaba con una sonrisa burlona. El capitán Tomás estaba allí también, su rostro una máscara de furia contenida.

—Bien —dijo Tomás—. ¿Cuál es la verdad? ¿Lo entregas o nos matas a todos?

Derek se detuvo frente a todos, su mirada recorriendo a los soldados reunidos. Vio el miedo en sus ojos, la dependencia en ella. Vio a Lysandro, disfrutando del caos que había creado. Y vio a Bastian, de pie detrás de ella, un hombre destrozado esperando su sentencia.

—La verdad es que hay un traidor en este campamento —comenzó Derek, su voz resonando con una autoridad que no sabía que poseía—. Pero no es el que todos creen. Lysandro, tu truco fue inteligente. Usaste la lealtad de un hombre bueno para envenenarnos.

Se giró hacia Bastian.

—Bastian es un idiota. Un ingenuo que fue engañado por una mujer yliriana. No es un espía, es una víctima. Pero su estupidez casi nos cuesta la vida. Y la estupidez en tiempo de guerra es tan peligrosa como la traición.

Un murmullo recorrió la multitud. Tomás frunció el ceño, confundido.

Derek continuó, mirando ahora a Lysandro.

—Y en cuanto a ti... Has venido a ofrecer un trato que no podías cumplir. Mi primo no se detendrá. Lo sabes. Viniste a ver el caos, a disfrutar de tu pequeño juego. Pero te has equivocado de juguetes.

Con un movimiento rápido y fluido, Derek desenvainó su espada y se acercó a Lysandro. Los soldados gritaron, Kaelen levantó su arma, pero Tomás hizo una señal para que se detuvieran.

—Este campamento no negocia con perros —dijo Derek, la punta de su espada en la garganta de Lysandro—. Tienes dos opciones. Hablar. Dinos todo lo que sepas sobre los movimientos de tu primo, sobre la mujer llamada Elara, sobre sus planes. O te degüello aquí mismo.

Lysandro sonrió, pero por primera vez, hubo una pizca de miedo en sus ojos.

—Eres más interesante de lo que pensaba, princesa.

—Soy Derek —replicó ella, presionando la hoja hasta que una gota de sangre apareció en el cuello del yliriano—. Y Derek está a cargo de esta pregunta. Empieza a hablar.

Miró por encima del hombro a Tomás, cuya expresión era indescifrable

—Capitán, este prisionero es nuestro. Bastian... será castigado. No con la muerte, sino con el trabajo. La tarea más sucia, el guardia más peligroso. Cada noche, cada mañana, hasta que pague su deuda con el sudor y la vigilancia. Así todos aprenderemos la lección.

La decisión era una apuesta a todo o nada. Una mezcla de misericordia y brutalidad. De liderazgo y tiranía. Estaba tomando el control, no solo de su destino, sino del de todos los hombres en el campamento.

La vida en el campamento entró en una nueva y tensa rutina. Derek era respetada, temida y eficiente. Sus decisiones eran rápidas y sus estrategias, aunque no ortodoxas, eran efectivas. Había ganado una especie de autoridad no oficial sobre la patrulla de cenizas, y los soldados la obedecían sin dudar. Pero la victoria sobre Lysandro se sentía vacía, como un trofeo robado. Cada vez que veía a Bastian, cargando pesadas cubas de agua, limpiando las letrinas al amanecer o quedándose de guardia solo en el puesto más aislado de la muralla, sentía una punzada de culpa.

No era solo su amigo; era su conciencia. Un recordatorio constante de que su ascenso se había construido sobre la humillación y el sufrimiento de un hombre bueno.

Una noche, una tormenta brutal se desató sobre el campamento. El viento aullaba entre los árboles y la lluvia caía a cántaros, convirtiendo el suelo en un lodazal. Mientras la mayoría de los soldados buscaban refugio, Bastian seguía de pie en su puesto de guardia en la torre este, el más expuesto. Derek lo vio desde la entrada de su tienda, una figura solitaria y empapada, recortada contra los relámpagos intermitentes. Una orden era una orden, pero esto no era disciplina, era un castigo disfrazado.

A la mañana siguiente, la tormenta había pasado, pero dejando un aire frío y húmedo. Durante la formación, Bastian no apareció. Un soldado informó que lo habían encontrado inconsciente en su puesto, con una fiebre altísima. Su herida, la del brazo, estaba infectada, enrojecida e hinchada, y la piel ardía al tacto.

El médico del campamento, un veterano de guerra con un solo brazo y un temperamento peor que el de Kaelen, lo examinó con desdén.

—Fiebre de herida —gruñó, limpiando el pus con un trapo sucio—. Se ha infectado por el agua y la falta de cuidado. La sangre se ha podrido. Si no mejora en un día, se muere. No vale la pena desperdiciar hierbas en él.

Kaelen, que estaba presente, se encogió de hombros.

—Es el pago de su estupidez. Que los dioses decidan.

Pero Derek no podía permitírselo. La frialdad con la que habían tratado a Bastian, una frialdad que ella misma había ordenado, ahora le parecía monstruosa. Se giró hacia el médico.

—Harás todo lo que puedas. Usa las mejores hierbas, la miel, lo que sea. No lo dejarás morir.

El médico la miró con sorpresa.

—Comandante, es un traidor...

—Es un soldado de este campamento —interrumpió Derek, su voz dejando claro que no había lugar para el debate—. Y mientras lleve nuestro uniforme, aunque sea como castigo, lo trataremos como tal. Ahora, cúralo.

Esa noche, Derek se negó a descansar. Se sentó junto a la cama de paja de Bastian, en la tienda de enfermería que olía a sudor, a enfermedad y a desesperanza. Ignoró las miradas de los otros heridos y las murmuraciones de los soldados que pasaban. Mojó un paño en agua fría y se lo pasó por la frente ardiendo de Bastian, que deliraba.

Estaba solo, a merced de la fiebre y de los fantasmas de su conciencia. Y en ese momento, Derek se dio cuenta de que para ser una líder fuerte, no podía apagar su humanidad. El poder no solo se ejercía con órdenes y espadas, sino también con compasión. Y si su compasión era vista como debilidad, entonces que así fuera.

Mientras refrescaba su piel, comenzó a hablarle, no como un comandante a un soldado, sino como una amiga a un amigo. Le contó historias de su infancia, no de la princesa Natalie, sino de la niña que se escondía en la biblioteca para leer leyendas de guerreros. Le habló de su miedo a las tormentas, de su odio por los vestidos incómodos, de la razón por la que había huido: no solo para evitar un matrimonio, sino para encontrar un lugar donde su vida tuviera un propósito más allá de ser un adorno.

En su delirio, Bastian se agitaba, murmurando nombres y lugares. De repente, su mano agarró la de Derek con una fuerza sorprendente. Abrió los ojos, que no estaban enfocados, y susurró una palabra que rompió el corazón de Natalie.

—Natalie...

No era "Derek". Era "Natalie". Su lealtad, aunque mal enfocada, siempre había sido hacia ella, la persona, no hacia la leyenda. Él siempre había sabido. O al menos, su corazón sí.

La lágrimas que Derek había contenido durante semanas finalmente cedieron, cayendo silenciosamente sobre la mano de Bastian. No eran lágrimas de debilidad, sino de revelación. Había estado tan ocupada convirtiéndose en un soldado que había olvidado cómo ser una persona. Bastian, con su terrible error, se la había recordado.

Se quedó despierta toda la noche, vigilándolo. Al amanecer, la fiebre de Bastian había cedido. Su respiración era más regular y su piel, aunque aún caliente, ya no ardía. Sobreviviría.

Cuando Derek salió de la tienda de enfermería, el sol acababa de salir. El campamento cobraba vida. Vio a Kaelen observándola desde lejos, su expresión indescifrable. No era de aprobación, pero tampoco era de desdén. Era algo más complejo, quizás respeto o quizás una nueva forma de curiosidad.

Derek se dio cuenta de que había cruzado una línea. Ya no era solo la comandante dura ni la princesa escondida. Era ambas cosas. Y esa combinación, esa dualidad, era su verdadera fortaleza. El peso de la lealtad no era una carga, era su fundamento. A partir de ese día, Derek lideraría con la cabeza de un estratega y el corazón de la amiga que casi perdió. Porque en una guerra por el alma del reino, la humanidad no era un lujo, era el arma más poderosa de todas.

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Anonymus
jummm aquí la traducción fallo y la ilusión de la creatividad murió, bye
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