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LA MUJER DE NEGRO

LA MUJER DE NEGRO

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños
Popularitas:966
Nilai: 5
nombre de autor: Campos Fernando

Al morir su querida madre, Arturo lleno de rabia contrata a una hermosa mujer para que seduzca a su padre, del quien nunca recibió el apellido, mantuvo a su madre oculta como amante todo el tiempo y después los dejo en la miseria.
Esta mujer es Noemi, quien se hará pasar por fabiola para entrar a la familia de Enrique Betancourt, el padre de Arturo, esta mujer extrañamente siempre viste de negro y sus planes de derrumbaran cuando empiece a enamorarse de el hijo menor de Enrique
"Santiago".

NovelToon tiene autorización de Campos Fernando para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

SOMBRA EN EL CIELO

La noche se vestía de plata sobre la ciudad. En la terraza del complejo "Vista Cielo" —el último joya de Tierra Betancourt—, las luces de los rascacielos se reflejaban en las copas de champán, y la música suave de un trio de jazz llenaba el aire. Era la inauguración, y toda la élite de la ciudad había acudido: empresarios, políticos, famosos de paso — todos vestidos de colores brillantes que parecían competir con el brillo del horizonte.

Santiago Betancourt estaba en un rincón, apoyado en la barandilla, con una copa de whiskey en la mano y dos chicas a su lado que le contaban una historia que no escuchaba. Su mirada vagaba por la multitud, aburrido de la misma conversación, de los mismos rostros. Era el más pequeño de los hermanos, y su reputación precedía a él: el chico de las fiestas, las mujeres y el alcohol, el que nunca se metía en los negocios de Tierra Betancourt.

Hasta que vio a ella.

Entró por la puerta de la terraza sin hacer ruido, como una sombra que se desliza entre la luz. Vestida de negro total: falda larga que rozaba el suelo, blusa de encaje ajustada que dejaba entrever el hombro, y tacones negros que le daban una altura imponente. Su pelo, oscuro y liso, caía hasta los hombros, y sus ojos —de un color marrón profundo, casi negro— escaneaban el lugar con una calma que contrastaba con el bullicio a su alrededor.

Santiago se quedó petrificado. No la conocía, pero le parecía familiar — tal vez lo hubiera visto en alguna otra fiesta, pasando desapercibida entre la multitud, o caminando por las calles del centro en una tarde lluviosa. Se despidió de las chicas con una sonrisa rápida y se acercó, su corazón latiéndole un poco más rápido de lo normal.

— Oye —empezó, con su típica sonrisa descarada—, ¿no te he visto antes en alguna parte? Me parece que eres la única persona aquí que no está luciendo un color que haga daño a los ojos.

Fabiola —así se llamaba, según el pequeño distintivo que llevaba en el pecho— le miró y sonrió. Era una sonrisa fría, pero encantadora, como la luna en una noche de invierno.

— Tal vez —dijo, su voz suave pero clara—. Soy nueva en este círculo. Acabo de llegar a la ciudad hace poco.

— Santiago —se presentó, extendiendo la mano. Ella la estrechó con firmeza, y su tacto frío le hizo estremecer un poco. — ¿Y qué te trae a una fiesta tan aburrida?

— Un amigo me invitó. Dijo que era la mejor manera de conocer a la gente importante de la ciudad. — Miró hacia el centro de la terraza, donde Enrique Betancourt —padre de Santiago— conversaba con unos hombres de traje. — Y parece que no se equivocó.

Justo en ese momento, Enrique se volvió y su mirada cayó sobre ellos. Caminó hacia ellos con paso firme, el aire de un hombre acostumbrado a mandar, a tomar decisiones en segundos. Llevaba un traje oscuro que le quedaba a la perfección, y sus ojos —iguales a los de Santiago, pero con más años y más secretos— evaluaron a Fabiola con atención.

— Santiago, me alegro de que la hayas conocido —dijo Enrique, extendiendo la mano a Fabiola. — Yo soy Enrique Betancourt. Me hablé con tu abogado hace unos días —agregó, y Santiago notó cómo Fabiola tiritó imperceptiblemente—. Él me habló maravillas de ti, de tu experiencia en diseño de interiores.

— Un placer, Sr. Betancourt —respondió Fabiola, manteniendo la mirada. — He oído mucho de Tierra Betancourt. Esta terraza... es como estar en el cielo.

Enrique sonrió —era la sonrisa de un hombre que le gustaba el elogio, pero también que sabía diferenciar lo sincero de lo falso.

— Gracias. Me gustaría hablar contigo de algo importante. Hay un proyecto que estoy planificando —"El Jardín de las Estrellas", un complejo residencial aún más exclusivo—, y creo que tu estilo podría ser perfecto para los interiores. ¿Te gustaría tomar un café mañana en la oficina de Tierra Betancourt, a las diez?

Fabiola asintió sin dudar.

— Claro que sí, Sr. Betancourt. Será un placer.

La mañana siguiente, la oficina de Tierra Betancourt —en el piso 45 de un rascacielos de cristal— estaba bañada de luz solar. Fabiola llegó puntual, vestida de nuevo de negro, y Enrique la recibió en su despacho, con una mesa llena de planos del proyecto.

— Quiero que este complejo sea único —empezó Enrique, mostrándole los dibujos—. No solo lujoso, sino con alma. Quiero que las personas se sientan en casa desde el primer momento.

Fabiola se acercó y miró los planos, su mente trabajando a toda velocidad. Había venido para seducirlo, para cumplir el encargo de Arturo, pero en ese momento, al ver la pasión con la que hablaba de su proyecto, sintió algo que no esperaba: curiosidad.

— Creo que podemos hacerlo —dijo, señalando un espacio en el plano—. Aquí, un patio interior con plantas nativas, luz natural todo el día... sería perfecto para crear ese sentimiento de calidez que buscas.

Enrique miró a sus ojos, y por un segundo, Fabiola sintió que él veía más allá de su máscara de "Fabiola", que veía a Noemí, a la mujer que estaba detrás de la mentira. Pero luego sonrió, y ese momento se desvaneció.

— Me gusta tu forma de pensar, Fabiola —dijo—. Quiero que formes parte de este proyecto. Y... tal vez de más cosas.

Mientras salía de la oficina, Fabiola pensó en Arturo, en su promesa de venganza. Pero también pensó en Santiago, en la mirada que le había dado la noche anterior, y en Enrique, en la pasión con la que hablaba de sus tierras. Empezaba a darse cuenta de que su plan no sería tan sencillo como creía.

1
Milagros Gutiérrez
Es que los teléfonos son de lujo, porqué Fabiola no llamó Arturo para ver si era el que la citaba. Las mujeres somos astutas y desconfiadas
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