—¡Qué fastidio de historia! ¿Por qué dejarían morir al villano de esa forma? —fueron mis últimas palabras antes de tragar un puñado de palomitas… y atragantarme con una de ellas.
Cuando abrí los ojos, ya no estaba en mi sala, sino en el cuerpo del antagonista de esa misma historia. Un personaje destinado a morir antes incluso que el villano.
Ahora tengo una sola misión: sobrevivir.
Y si para lograrlo debo cambiar el destino, enamorar al villano no suena tan mala idea…
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PRIMERO QUE NADA.
—¡¿Cómo que el villano muere?! —grité, sentándome de golpe en la cama, con los ojos abiertos como platos.
El reloj marcaba casi el mediodía. Otro día igual: sin trabajo, sin energía y con la nevera medio vacía. Llevaba meses desempleado desde aquel maldito día en que mi “amigo” del trabajo decidió echarme la culpa de un proyecto fallido. A la empresa no le importó escuchar mi versión; solo vieron los millones perdidos.
Desde entonces, mis días se resumían en tres cosas: pijama, novelas y palomitas.
Mi refugio más reciente era Renací como la Flor Dorada. ¡Una obra maestra! Tenía todo lo que me gustaba: traición, amor imposible y un villano con más carisma que la protagonista. Y sobre todo, omegaverse
Desde el primer capítulo me había enamorado de la historia y del villano… pero ahora, ese maldito final lo arruinaba todo.
—¿Cómo pudiste, autora? —refunfuñé, mientras tecleaba un comentario furioso en el foro—. ¡El villano no merecía morir así! Si yo fuera el autor, le daría su merecido a esa protagonista…
Di un bocado de palomitas, indignado, mientras seguía desahogándome con el teclado.
—Esa protagonista es toda una villana… se burla de los que son diferentes, ¡hipócrita! —mascullé entre dientes—. Si fuera yo, le habría dado unos cuantos golpes y listo. ¡Problema resuelto!
Metí un nuevo puñado de palomitas en la boca, pero esa vez… algo salió mal.
Un trozo se me fue por el camino equivocado. Tosí, traté de respirar… pero no podía.
Mi garganta ardía. Mi pecho se contraía.
—¿Eh… qué…? —intenté pedir ayuda, pero solo salían ruidos ahogados.
Mis manos temblaban mientras buscaba el teléfono, pero lo único que alcancé a pensar fue:
“¿Así voy a morir? ¿Atragantado con palomitas? Ni siquiera me cambié la camiseta…”
Y mientras mi vista se nublaba, una voz burlona en mi cabeza dijo:
Causa de muerte: atragantamiento. Arma homicida: un bocado de palomitas. Trágico pero sabroso.
Cerré los ojos… y el mundo desapareció.
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Sentí que flotaba. Una luz cálida me envolvía, como si me abrazara. Por un momento pensé que había llegado al más allá. Pero entonces...
—Señorito Nicolás, es hora de despertar —escuché una voz femenina, dulce pero firme—. No puede seguir llorando por ese muchacho.
¿Eh? ¿Qué?
Abrí los ojos de golpe. La luz del sol me cegó por un instante.
—¿Quién…? —balbuceé, confundido.
Ante mí había una mujer de mediana edad, vestida como una sirvienta de época, apartando las cortinas de una habitación que no reconocía.
Me incorporé de un salto. Mis piernas pesaban. Mi cuerpo… pesaba.
—Un momento… —corrí hacia un espejo de cuerpo completo al lado de la cama.
Lo que vi hizo que se me helara la sangre.
—¡¿Qué…?!
Mi grito hizo que las aves que reposaban en los arboles cercanos, salieran volando nuevamente.
El reflejo me devolvía la mirada, pero no era yo. Era un chico redondeado, con mejillas rosadas, cabello rubio y ojeras notables.
—¡Estoy… gordo! ¡Y no soy yo! —grité, tocándome la cara, el cuello, los brazos.
Un dolor punzante atravesó mi cabeza. Imágenes, recuerdos… vidas que no eran mías se agolparon de golpe. Sangre comenzó a gotearme de la nariz.
—¡Agh! ¿Qué demonios…?
De pronto lo entendí.
Yo era Nicolás Smith.
El mismo personaje secundario de Renací como la Flor Dorada.
El chico al que el protagonista despreciaba.
El que moría humillado… antes que el villano.
—No puede ser… —murmuré, llevándome las manos a la cabeza a punto de arrancarme el cabello
Los recuerdos del cuerpo eran demasiado vívidos. Recordé su (ahora mi)amor platónico, aquel hombre que lo había visto siendo golpeado y ni siquiera lo ayudó.
“Jamás saldría con un gordito.”
Su voz resonó con frialdad en mi mente.
—¡Qué cruel! —exclamé indignado—. ¡Y encima yo me metí en el cuerpo de este pobre chico!
La sirvienta me observaba confundida.
—¿Se encuentra bien, señorito?, ¿Debería llamar al médico?
—Ah… sí, sí, Nana Liz… —respondí, reconociéndola de inmediato. Ella era la nana que lo había criado desde niño y quien aguantaba los malos ratos y los arrebatos del dueño original
—¿Podría traerme un poco de agua, por favor? —pregunté con una sonrisa nerviosa.
La nana parpadeó, sorprendida. El verdadero Nicolás jamás decía “por favor” ni “gracias”. Pero, sin decir palabra, salió de la habitación.
Apenas se fue, me dejé caer en la cama, mirando el techo.
—Bien, recapitulemos —dije en voz alta—: morí atragantado con palomitas, desperté en el cuerpo de un chico rico y gordito, y… estoy dentro de una novela donde el villano muere al final. ¡Perfecto! ¿Qué podría salir mal?
Suspiré, volviendo a mirar el espejo.
—Si quiero sobrevivir, debo dejar de seguir al protagonista. Quizás pueda mudarme a una playa… o a París. Sí, eso suena bien. Pero antes… debo bajar de peso. Y hacerme un chequeo médico —Me toqué el estómago y fruncí el ceño —Definitivamente un chequeo.
La puerta se abrió de golpe.
—¡Señorito Nicolás! —exclamó la nana, entrando con un vaso de agua.
—¡Pobre de mí! —grité, dramatizando mientras me tapaba la cara.
La nana soltó un pequeño grito del susto, casi derramando el agua.
—Nana, debemos ir al médico— dije angustiados ella y mi ahora nana se sorprendió por las palabras dichas.
—Se siente mal...—dijo mirando el rostro demacrado del joven —De inmediato.
miró a una sirvienta que pasaba y ordenó.
—¡Qué preparen el auto!— la joven asintió y salió corriendo a cumplir la orden de la mujer.
Y así comenzó mi nueva vida…
Una donde, si quería sobrevivir, debía convertirme en algo más que un personaje antagonista, debía aprender a conocer mi nuevo yo, mi nuevo cuerpo y ahora mi subgénero, que en la historia no se había mencionado.