Narrador omnisciente
A la mañana siguiente Clarisa se despertó con dificultad. Tenía los ojos pegados por la acumulación de lagañas, se frotó los ojos y sintió incomodidad cuando los escasos rayos de sol que alcanzaron a filtrarse por la ventana le dieron en el rostro.
Trató de incorporarse y se quedó sin habla al darse cuenta que no tenía ropa, además un olor desagradable provenía de algún rincón dentro de la habitación. Arrugó la nariz al percibir aquel aroma con más fuerza.
Salió de la cama tambaleante, le dolía el cuello y parte de la espalda por consecuencia de haber dormido descubierta.
Vió el vestido azul que habia usado la noche anterior tirado en el suelo y una enorme mancha oscura alrededor de el. La imagen del vestido trajo a su mente todos los recuerdos de golpe.
— ¡No, no! ¿Qué fue lo que hice? — Chilló histérica.
Se sentó en la orilla de la cama aún descubierta y se detuvo la frente con ambas manos. De algo se sentía segura y era que iban a despedirla.
Luego de quedarse unos minutos en la misma posición, finalmente abandonó su trance y se dirigió a tomar un baño. Estaba preparándose para irse.
Mas tarde salió del cuarto de baño, con la mirada perdida y el corazón encogido, seguía molesta con ella misma por no haber podido defender su trabajo por más tiempo. No fué capaz de conservarlo ni siquiera una semana. Se sentía impotente, derrotada e incluso vulnerable, y antes de que pudiese darse cuenta las lágrimas goteaban por sus mejillas.
Y que iba a decirle a Lena cuando está le preguntara el porqué la habían despedido ¿Qué se había emborrachado con sólo dos copas de vino? ¿Qué arrastró a su jefe hacia la bañera? o qué vomitó encima de un vestido costoso y que además se paseó semi desnuda por la habitación frente a su jefe.
Un par de golpes en la puerta la devolvieron a la realidad, sintió como se le helaba la sangre con cada paso que daba.
— ¿Diga?
— Buen día señorita Vázquez, traje el desayuno para usted. El señor Alexander nos lo ha pedido. — Habló el empleado como si se hubiera aprendido aquel párrafo de memoria
Clarisa se encontraba a punto de abrir la puerta cuando cayó en si, aún no estaba vestida. Soltó la perilla de la puerta y corrió a vestirse, un par de minutos más tarde estaba completamente vestida y arreglada.
Abrió la puerta y quedó sorprendida cuando vió el carrito con todos los platos sobre el.
— ¿Todo esto es para mí? — Preguntó incrédula.
— Si señorita. — Respondió el empleado y le dedicó una sonrisa amable.
— De acuerdo muchas gracias — De sentirse agobiada por lo que podría pasar con su empleo pasó a estar hambrienta y con ánimo de devorar todos y cada uno de los platos de aquél carrito.
El joven entró a la habitación, dejó el carrito en ella y se retiró, no sin antes ofrecerle una reverencia a Clarisa.
Se sentó con entusiasmo a disfrutar su desayuno y justo antes de que pudiera deleitarse con todos los platos que tenia a su disposición alguien tocó a la puerta.
Se levantó un poco enfadada por la interrupción pero se le bajó de golpe cuando se dió cuenta de quién era la persona que aguardaba al otro lado.
— Se.. Señor Ikannov — Tartamudeo levemente producto de los nervios.
Alexander cómo siempre tenía cara de pocos amigos, la miró con seriedad y se abrió paso para ingresar a la habitación sin decir una sola palabra.
— Señor ¿Se le ofrece algo? — Preguntó notablemente asustada.
— Primero desayune y después hablamos — Respondió secamente al tiempo que tomaba asiento.
Clarisa tragó grueso y obedeció, se sentó frente a él pero su apetito se había desvanecido igual de rápido que como había llegado. Apenas probó bocado.
Alexander se sirvió una taza de café y se perdió leyendo algunos correos en el móvil, ni siquiera se percató de que la joven estaba temblorosa y tampoco que no había probado más que uno o dos platos.
Pasados uno minutos Alexander apartó la vista del móvil y la poso en la chica frente a él.
— ¿Terminó?
— Si, si — Evitó mirarle a los ojos mientras hablaba, fingió estar sacudiendo las migajas de su ropa.
— Bien. Ya que está mejor ahora podemos hablar de lo qué pasó anoche.
Para Clarisa esas palabras fueron como un balde de hielo cayendo sobre ella. Se atragantó con su saliva y empezó a toser descontrolada.
Trató de calmarse pero no pudo. La angustia se apoderó de ella y empezó a llorar.
Ni ella misma sabía el porque estaba llorando.
— Lo lamento señor, no ocurrirá de nuevo — Dijo entre sollozos.
Alexander ignoró el hecho de que la muchacha se estuviera deshaciendo en llanto, para el solo era una mala actuación.
— Tiene razón señorita Vázquez, no volverá a ocurrir — Severizó el tono de su voz y a continuación pronunció las dos palabras que aplastarían el corazón de la pobre chica — Está despedida.
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Comments
Dilia Contreras
Pero no es que el jefe sea malo, pero donde se ha visto un comportamiento de este tipo en una asistente, se pasó así de fácil, no creo que ella no sepa un poco de etiqueta por Dios, tal vez eso le sirva de ejemplo en el futuro para un nuevo trabajo.
2024-12-09
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Griselda Enrique
HDP que te dieron cuando fuiste BBleche de Hiena para que seas tan despiadado,no podes darle otra oportunidad
2024-11-04
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Griss Romero
Que triste para ella, pero hizo todo mal, nunca debió tomar ese vino y luego lo que pasó en su cuarto, que vergüenza, pobre , le duró muy poco el sueño
2024-09-02
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