¿Porque no fui la diosa de la guerra?

El sol apenas comenzaba a asomar entre los edificios de la ciudad, cuando abrí los ojos y me encontré atrapada en un cuerpo pequeño y frágil. Sentí el peso del mundo sobre mis hombros. Yo, Afrodita, diosa del amor y la belleza, ahora confinada en el cuerpo de una niña desamparada de tan solo diez años. ¿Cómo había ocurrido esto? No lo sabía, pero una cosa era segura: este cuerpo había sufrido mucho más de lo que cualquier ser humano debería soportar.

—¿Por qué he reencarnado en este pequeño cuerpo?— me pregunté, mientras observaba el entorno sucio y oscuro de lo que llamaban hogar. —Si no fuera la diosa del amor, tal vez no me dolería tanto el sufrimiento de esta pequeña. Murió sola, sin haber conocido el amor.—

Me incorporé lentamente, sintiendo la debilidad física que no había experimentado en milenios. Mi primera tarea era clara: debía cuidar de esta vida que ahora me correspondía. La niña no merecía haber muerto así, y aunque ahora yo habitaba su cuerpo, lo haría de una manera digna. La haría fuerte. La haría amada.

Los tiempos en los que había reencarnado eran muy diferentes a los míos. Aquí, las máquinas dominaban el paisaje: autos, luces de neón, gente hablando a través de pequeños dispositivos. Era un mundo mucho más eficiente, sí, pero también más cruel y deshumanizado que el que conocí en mis días de gloria.

—El mundo ha cambiado, pero el corazón de los hombres sigue siendo igual de podrido.— Reflexioné, recordando mis días en el Olimpo.

Me levanté con determinación. La vida de esta niña cambiaría. Ya no permitiría que nadie la maltratara. Sus "hermanos" y ese hombre que se hacía llamar padre pagarían por sus abusos. Pero primero, debía sobrevivir el día. Tenía hambre, una hambre que no sentía desde hacía siglos, y solo podía saciarla con las miserables monedas que conseguiría mendigando.

Me preparaba para salir cuando el "padre" apareció ante mí, su mirada llena de odio y desprecio.

—¡Sabandija inmunda!— escupió mientras me tomaba del brazo con fuerza. —Hoy tendrás que traer el doble de lo que ganas o ya sabes dónde dormirás esta noche.—

Mi antiguo yo, la Afrodita divina, habría reducido a este hombre a cenizas con solo una mirada. Pero ahora, en este cuerpo débil, no podía hacer más que asentir. La rabia se acumulaba en mi interior, pero debía ser inteligente. Todo a su tiempo, me recordé. Aprendí en mis días en el Olimpo que la paciencia y la estrategia eran más poderosas que la fuerza bruta.

Antes de irme, intenté tomar un trozo de pan de la mesa. Mi estómago rugía de hambre, pero el hombre me detuvo con un manotazo.

—Si no trabajas, no comes.— Me miró con desprecio, y lo único que pude hacer fue morderme la lengua. No podía desafiarlo... aún.

—Sí, padre.— respondí, intentando mantener la compostura.

Con la rabia ardiendo dentro de mí, salí a la calle. Mis "hermanos" se burlaron de mí, empujándome al pasar, pero los ignoré. Si tan solo supieran quién soy realmente, si supieran que están abusando de una diosa... Pero ya verían. El día de su juicio llegaría. Mientras caminaba, llegué al semáforo donde solía pedir limosnas. Una vez más, puse mi mejor cara de niña inocente, esperando que la gente fuera más generosa esta vez.

Un hombre se acercó y me dio algunas monedas. Le sonreí con gratitud, aunque por dentro me sentía miserable. La gran Afrodita, reducida a mendigar en las calles. Luego pasó una mujer bien vestida, que ni siquiera se molestó en mirarme. —Ojalá se atragante con su dinero.— pensé, con amargura.

El mediodía llegó, y apenas había conseguido lo suficiente para comprar algo de comer. Mi estómago rugía, y decidí que ya era hora de comprar algo. Me dirigí hacia un puesto de comida, pero la mujer que atendía arrugó la nariz en cuanto me vio.

—¡Fuera de aquí, mugrosa!— gritó, mientras me lanzaba un balde de agua. El frío me golpeó de lleno, y por un momento el dolor y la humillación me nublaron la mente. Pero entonces, algo cambió. Sentí cómo alguien me cubría con una chaqueta cálida y seca.

—No era necesario que la trataras así.— dijo una voz profunda y amable. Al alzar la vista, vi a un hombre joven, su rostro parcialmente cubierto, pero sus ojos eran intensos y hechizantes. —Espero que su negocio prospere, como prospera su alma.— agregó, dirigiendo una mirada gélida hacia la mujer.

Mis labios se entreabrieron, sin palabras. El hombre se agachó y limpió el agua de mi rostro con una suavidad que me dejó sin aliento. Luego, sin decir más, sacó un fajo de billetes y me lo entregó.

—Tómalos, los necesitarás.— dijo con una firmeza que no permitía discusión. Quise negarme, mostrar dignidad, pero la necesidad era más fuerte que el orgullo. Tomé el dinero y lo vi alejarse hacia un auto lujoso.

—Un ángel...— susurré, atónita. Nunca había visto a alguien con tanta bondad, o al menos no en estos tiempos.

Con el dinero en mano, me dirigí a un pequeño puesto y compré un pan. Pero mi hambre era tan voraz que pronto decidí que necesitaba algo más. Me lavé la cara en una fuente cercana, intentando al menos parecer presentable. Mi aspecto era deplorable, pero la chaqueta cara que aquel desconocido me había dado me dio una idea. Me acerqué a una tienda de ropa y, con una sonrisa tímida, le expliqué a la vendedora que mi padre me había dado algo de dinero para comprar un conjunto.

—Lo siento, me caí y me ensucié.— añadí, mostrando los ojos de cachorrito que sabía que funcionarían.

La mujer me creyó de inmediato, gracias a la chaqueta de lujo. Me ayudó a limpiarme, me peinó e incluso me eligió un bonito overol. Al salir de la tienda, me sentía casi como la Afrodita que había sido una vez. —Todo esto cambiará. Pronto, el mundo sabrá quién soy.—

Con mi nueva apariencia, me dirigí a un restaurante. El mesero me preguntó por mis padres, y con una sonrisa inocente le dije que estaban trabajando cerca. Me creyó y me permitió ordenar. Comí tranquila, disfrutando del lujo que hacía mucho no experimentaba.

Finalmente, con el estómago lleno y el alma un poco más tranquila, me dirigí al parque. Sabía que debía regresar a casa pronto, pero algo dentro de mí había cambiado. Ya no era la niña asustada y débil. Afrodita había regresado, y con ella, la determinación de no volver a ser maltratada.

Antes de volver a casa, compré veneno para ratas. No sería yo quien lo usara, claro, pero había muchas en casa y pronto, todos esos roedores aprenderían su lección, al igual que los humanos que tanto me habían hecho sufrir.

Al llegar, me cambié de nuevo a mis viejas ropas, no quería que el "padre" sospechara. Pero esta vez, la Afrodita que había dentro de mí sabía que el cambio estaba cerca. Y nadie, absolutamente nadie, me volvería a lastimar.

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Comments

Kaori 🙃

Kaori 🙃

belloooooo

2024-02-29

2

Sonia de la Torre

Sonia de la Torre

Va a acabar con las ratas, a ver qué hace después, capacidad mental tiene pero es una niña, no lo va a tener fácil...

2024-02-29

1

Silmar

Silmar

cada vez se pone mejor

2024-02-20

1

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