Capitulo 7

Una fila de carretas, y al menos una treintena de hombres transportaban y descargaban un sin fin de muebles. Literas, roperos, mesas, sillas, bancos, toda una colección de nuevo y flamante mobiliario para el orfanato era transportado, la gran mayoría, fabricado en Thomson y French, uno de los talleres más grandes de la ciudad, del que Aarón era familiar de uno de los dueños.

Pendientes de todo el movimiento, observado y declarando pertenencia de cada mueble que pasaba frente a ellos, el grupo de niños no dejaba de hacer escándalo, a lo que la abuela Martha, su nieta Helena, y el par de monjas que venían a ayudar, tenían que trabajar a 4 manos para evitar que los niños se entrometan y estorben a los adultos que trabajaban.

Únicamente, un pequeño grupo formado por los niños más tranquilos y trabajadores se encontraban atendiendo la pequeña granja, al mismo tiempo que en un gran cuadro de madera, con letras un poco chuecas, y mal proporcionadas, Bea y Noa estaban haciendo un cartel que decía lo siguiente.

...Huevos de Tobori...

...1 Ribete grande la pieza....

...1 Cetro de plata la docena....

Con la cara llena de pintura, el muchacho pelirrojo le preguntó a la niña que tenía a su lado.

– ¿Crees que está bien? 

– no lo sé.

Le respondió está mirando de reojo lo que Noa había escrito y sin alterar lo más mínimo su expresión o su tono, replicó.

– yo no sé leer.

Y con esas palabras, volvió a su dibujo de un tobori bastante gordo, junto a un nido lleno de huevos.

Levemente alejada del grupo, observando todo con una expresión difícil de describir en su rostro, Charlotte admiraba el nuevo orfanato, al mismo tiempo que a los niños que gritaban y corrían por todos lados.

Desde que contempló junto a su hermana la mansión de la condesa arder. No se había podido quitar de la cabeza la existencia del culto, y como la habían engañado.

Mirando a la ciudad, se preguntó si de verdad la había salvado, o si simplemente había arreglado su error.

No había notado que la mansión de la condesa era un Santo Santorum, no había notado que si bien lo ocultaba bastante bien, alguien estaba tallando un círculo de invocación en toda la ciudad, había estado demasiado ocupada pasandosela bien, y haciendo las preguntas mínimas en los sitios a lo que iba, ya que mientras más tiempo pasará trabajando, menos tiempo tendría para pasear e ir de compras.

En cambio a Valëntia…

Pensar en cómo fue emboscada Valëntia, y compararlo con su propio atentado le dolía. Valëntia fue engañada apelando a su fuerte sentido del deber, mientras que ella fue engañada pensando que era una malcriada.

Con la mente llena de muchas ideas, a lo lejos escuchó el galopar de unos caballos, y un suave traqueteo que era inconfundible. El inmenso carruaje de su madre se acercaba, y con ella, muchas preguntas.

¿De verdad fue solo una coincidencia?

Se preguntó Charlotte mientras pensaba que demasiadas cosas se habían juntado para ser únicamente una coincidencia.

Su madre adoptiva le había pedido que la lleve a Golimery, le había dado un bastón y equipo mejor para hacerla más poderosa y ser capaz de hacer frente a los enemigos que la esperaban, y le había dado una protección contra la muerte que iba a tener que afrontar por haberse confiado, y sobreestimar su propia fuerza.

Fue una coincidencia, o ella me dio lo necesario para poder reparar mi error...

Recordando aquella noche, volvió al hecho que su madre no intervino en ningún momento, si no que es que hasta el final. Obviamente, su madre adoptiva pudo haber resuelto la situación en un abrir y cerrar de ojos, sin embargo, no hizo nada, ¿fue por malicia? O ¿porque de otra manera, la malcriada Charlotte no iba a aprender nada?

Sabiendo que al final del día, el ritual si se había llevado a cabo, y que pese a todo su esfuerzo, ella había fallado en proteger la ciudad, volvió al hecho que después de todo, de alguna manera que era imposible de explicar, su madre se había apoderado del ritual de los cultistas, había evitado que los ciudadanos sean sacrificados, y para colmo, había invocado a uno de sus más poderosos súbditos en el proceso.

Era increíble, era inconcebible, aquella era la diferencia entre una Emperatriz, una entidad a la que incluso los reyes debían postrarse, y una princesa malcriada a la que un atentado terrorista era un juego y una prueba para su nueva fuerza.

Admirando la llegada del carruaje de su madre, vio como todo el mundo estuvo al pendiente y muchos se empezaron a reunir a su alrededor. Descendiendo de su carruaje con suma elegancia, y majestuosidad, la multitud prácticamente la aclamó solo por aparecer, y pese que su gesto era en apariencia duro y desinteresado, este no cambió cuando un grupo de niños que nadie pudo detener, corrieron donde ella, y saltando, intententaron trepar y escalar por su cuerpo.

Lejos de la ira o la soberbia que se supone que caracterizaba a un monarca, su madre no pareció darle importancia a los juegos de los niños, y casi pareció incluso triste cuando la abuela Martha y compañía, llegaron corriendo para controlar a los pequeños.

Con el grupo de niños prácticamente obligados a disculparse bajando la cabeza, al poco tiempo, Bea apareció, y fue cargaba por la alta Emperatriz, que pegando su rostro a su oreja, y susurró un mensaje que fue repetido por la niña.

¿Podré ser así algún día? 

Agitando su mano, su bastón apareció, y mirando fijamente el círculo a medio iluminar, apretó fuertemente sus manos sobre la superficie del bastón.

En el momento en que recibió aquél regalo, la única motivación que tenía para iluminar todos los círculos era la promesa de tener un bastón todavía más poderoso en el futuro, sin embargo, ¿Como o cuando la luz se hizo más intensa? 

Quizás y solo quizás, haya un significado más profundo en la tarea que le había encomendado su madre de llenar todos los círculos.

Levantando la vista, se dio cuenta que su madre la observaba expectante, y sólo con sus ojos, parecía pregúntele qué estaba haciendo tan alejada del grupo.

Mirando una última vez su bastón antes de guardarlo, se dio cuenta que desde el principio, ya había llenado mucho más de la mitad. Así que sonriendo, fue corriendo donde su madre mientras pensaba que tampoco le faltaba mucho camino por recorrer.

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