^^^Naenia Relish.^^^
Al salir de la habitación doy un suspiro medio frustrada y enojada. Es insólito que después de 9 años de matrimonio, Draven crea que mi única preocupación por él es seguir recibiendo dinero.
Me siento insultada, molesta y triste porque tal parece ser que nunca he logrado demostrarle mi afecto a mi esposo como corresponde.
—Dios, ¿qué estoy haciendo mal?
Mi corazón se estremece cuando escucho los pasos de Draven del otro lado de la habitación.
Estoy boquiabierta porque no esperaba que se levantara de la cama para venir detrás de mí.
Camino a paso veloz hacia la dirección del dormitorio de nuestros hijos. Sí, soy una cobarde que necesita ocultarse entre sus dos angelitos para olvidar el mal rato que pase con mi marido.
—Naenia.—Le escucho decir con más fuerza de la necesaria cuando sale del cuarto, una advertencia, una orden como acostumbra a imponer sobre todos en el ducado.
Sigo mi camino ignorando su llamado.
—No me hagas ir tras de ti, porque eso terminará contigo en el suelo y conmigo enterrado entre esos deliciosos muslos que tienes.—Promete.
Me detengo abruptamente cuando me giro para verle con mi rostro rojo al 100 por la vergüenza.
—No lo harías.—Hay duda en mi voz.
—Lo haría, Nae.—Se acerca con lentos y determinados pasos para acortar la distancia entre nosotros.
Me siento extraña con el repentino calor que sube entre mis piernas hasta mi centro.
—No lo harías con los sirvientes como testigos, ellos podrían pasar por aquí en cualquier momento.—Le señalo lo obvio.—Y eres un hombre posesivo. Nunca permitirías, ya sea hombre o mujer, me vea en ese estado.
—Correcto.—Sonríe como si estuviera contemplando la escena en su cabeza.—Así que tendría que matarlos por ver lo que es mío. No creo que quieras eso para ellos, ¿no es así?
—Dios mío, por supuesto que no.—Llevo mi mano hacia mi pecho porque mi corazón no ha dejado de latir frenéticamente con la idea de ser inmovilizada en el suelo como lo pintó Draven.
—Si no quieres que eso ocurra, entonces no vuelvas a correr para alejarte de mí.—Su mirada se desliza desde mis ojos hacia mi pecho.—La bata es tan delgada que puedo apreciar cada centímetro de ti, querida. No vuelvas a utilizarla enfrente de nadie más que yo ¿entendido?
Asiento con la cabeza porque de todos modos la bata era exclusiva para estar con él.
No puedo creer que me haga cambiar tan rápido del enojo a la vergüenza con las pocas oraciones que hemos compartido.
—No correré.—Le aseguro.
Draven acortó aún más la diferencia cuando su cuerpo estuvo a pocos centímetros del mío. Mi cabeza se inclinó hacia arriba para verle porque mi marido es tan alto y grande como un oso.
—¿Qué te hizo enojar?.—Preguntó sin más rodeos.
—Yo no...—Cerré mis ojos y suspiré.—No quiero que mueras porque estaré triste y sola. Es importante el dinero, pero mis prioridades son nuestros hijos y tú. Así que me... me sentí ofendida que creyeras que estaba preocupada por el ingreso mensual que me das.
Draven frunció su ceño por un segundo antes de negar con la cabeza y entregarme una expresión más neutra.
—Mi error. No volverá a ocurrir.—Dice.—Las demás esposas de los caballeros...
—Ya no importa.—Le interrumpo.—Lo importante es que hemos logrado aclarar el malentendido.
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Comments
Sol Cito
el diálogo es fundamental en una relación
2023-08-17
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