Anmary y el beso al Gordo Frederick

Narra Anmary

El circo se quedaba dos o tres meses, y si tenía éxito, mucho más.

Otra pieza emocionante era La muerte de un hogar. El padre era ladrón y la hija se iba con un tipo. Después de ver la obra me pasaba varias noches sin dormir pensando en ellos. Ya entonces me impresionaba la vida de las coperas, de la gente del bajo fondo.

A pesar de que yo veía a los actores y a las actrices todos los días, Jordano, el galán, guardaba para mí un misterio especial. Me parecía el hombre mejor mozo del mundo. Creo que el comienzo de mi vida fue mi admiración por Jordano. Se vestía a lo cafisho después supe qué era un cafisho, con pantalón a rayas y zapatos con taquitos. En el círculo de la vida, el cafisho y el que se junta con los de su clase y te mira por el rabillo del ojo. Uno tiene mucho del otro. El cafisho se empolva, se echa crema blanca, y al está el otro que también le gusta pintarse, embadurnarse.

Yo siempre decía que me iba a ir con el circo, y mis compañeros se reían.

"¿Qué vas a hacer en el circo?" Me decían..." No cantas, no sabes tocar el piano".

En realidad, no sabía hacer ninguna de las cosas que sabían mis compañeros.

"No importa" les contestaba, yo les voy a dibujar vestidos, les voy a hacer los vestidos. Nunca le haría un traje así a la virgen de la pureza. Me imaginaba que ella debía estar vestida siempre con una túnica blanca, languideciendo. En cambio era la tipa que volvía del cabaret, toda pintarrajeada, y el padre la echaba de la casa.

Una vez, dos o tres días después que el circo se había ido, hice un atado de ropa y me fui caminando por la calle polvorienta. Me parecía que caminando por la calle los iba a encontrar. Pero no había caminado ni diez cuadras cuando los chicos vinieron a buscarme. "Eres una loca, Anmary" me decían, mamá es el más importante acá; es directora de la. Escuela Normal. No, no puedes irte con el circo; estás loca, nosotros tenemos que ser médicos, abogados o cosas así. Cuando Clariza una tarde en el patio dijo. "Me voy a casar", las hermanas revolearon las cabezas. Salieron de sus labios pintados al carmín, mil preguntas. Pero la mirada firme, sin expresión, de la abuela, las dejó mudas. Irguiendo su cabeza, sacó instantáneamente de la pierna enferma de la pequeña mesita. A la noche, en casa, a la hora de la comida, se lo dije a mamá, aunque siempre estaba allí Gerardo. Con ella hablábamos de chicos como si fuéramos grandes, Clariza era la hermana de Gerardo el marido de mi mamá.

Una mirada, una sola mirada cruzada entre él y mamá nos hizo ver a aquellas tres infernales criaturas que nada era normal, que un raro misterio envolvía la vida de aquella muchacha casi irreal que pintaba flores, que escribía poesías tristes, que nunca iba a fiestas, que no tenía amigos. Mamá siempre tan alegre a esa hora se entristeció al hablar de ella. Esa noche, al saber de aquellas tres cuatro palabras dichas a la tarde por Clariza, sin pena ni gloria la obligaron a contar que, hacía un tiempo, un cura joven y apuesto había llegado al pueblo. Clariza entonces. Y entre ellos nació el amor, el amor puro que solamente se dice con los ojos; con el ademán que aparta la mantilla en medio del rezo; con una poesía sin firma que contesta a otra poesía que se deja caer en un papelito mil veces apretado entre los dedos.

El pueblo entero que se revoluciona. El pueblo que todo lo ahoga y todo lo presiente; que todo lo carga. Y luego, el joven sacerdote y la bella muchacha que se separan para no saber nunca más el uno del otro.

Mirada de culpa de Gerardo que algo tuvo que ver en todo eso gesto que envejece en un instante el rostro valiente de mi madre frente a nosotros, ya liberales, y seguros en nuestra niñez de que nunca haríamos nada que nos quitase la felicidad.

Yo fui quien rompió el silencio:

"Pero usted Gerardo, usted que sabes tanto, que has vivido tanto; y la abuela, mamá, la abuela que todo lo puede. ¡Cagones! ¡Viejos cagones!"

Puse mi cabeza entre mis manos y golpeando con mi puño, quise decirle a Gerardo, a mi madre tan valiente, a mi vieja, intocable y admirada abuela, que eran cobardes.

Creo que fue la primera vez que Gerardo se dio cuenta de que en mi vida nada me detendría en mis gustos y en mis deseos; que el bien y el mal solamente corresponderían a mi propia apreciación, el enojado me dio un golpe pero aun así, lo mire desafiante, maldito cobarde que arruinaba nuestra vida, y mi madre tan ciega que estaba.

Se habían parado a mi lado y nada decían. También estaban seguros. Sé que ellos también maduraron en aquella noche lo que a otros les lleva muchos días. Clariza tuvo mucho que ver en mi vida. De ella me quedó su enorme afán por ayudar a la gente y el amor por los desvalidos.

Era una mujer irreal. Cota, otra hermana -que tenía un carácter fuerte-, tenía un novio griego que le había traído una muñeca muy grande, con un vestido lleno de volados. Era de paño lenci pero tenía los piecesitos y la cabeza de porcelana, y no guardaban relación entre sí porque la cabeza miraba para un lado y los pies para el otro. La habían puesto en una silla de la sala, como se usaba entonces.

En el pueblo había una chiquita mendiga, una especie de pesadilla que nos obligabaa dar vuelta la cara cuando la cruzábamos en la calle. Tenía unos ojos muy grandes, negros; un brazo como paleta y andaba pidiendo pan. Era un monstruo, como los que hay en todos los pueblos, como la Vieja Auá que hacía "a-u-á" en todas las esquinas.

Por las mañanas, cuando Clariza tocaba el piano en la sala, ella se paraba delante de las ventanas abiertas y miraba la muñeca. Y así un día y otro. Una mañana Clariza dijo:

"Me cago en esta petisa de mierda (refiriéndose a Cota la mamá de ella ,mi abuela de corazón)"

Yo le regalo la muñeca a esta piba. Y levantó la muñeca, que para la otra tía era algo preciadísimo, el regalo del novio griego, traída vaya a saber de dónde, y se la dio a la chiquita que la apretó con su brazo como paleta. La chica lloró emocionada, se fue con su muñeca y no volvió nunca más.Otra vez, como la abuela le prohibía regalar la ropa, ella puso toda la suya de verano sobre la ventana y la cubrió con hojas de repollo. Y hacía que regalaba repollos a los pobres.

Esa tarde, cuando vieron que en la sala no estaba la muñeca de cabeza y pies de porcelana y llena de volados, hubo un escándalo tremendo.

"Bueno, qué mierda". dijo ella, yo se la regalé a esa pobre chica que va a ser feliz toda su vida, pobrecita, y no me voy a olvidar nunca de la cara que puso cuando se la di.

En diciembre, Clariza anunció en el patio la llegada de su novio. Penelope dejó por un momento de pasar rimmel por sus pestañas; Cota endureció su pie sobre el pedal de la máquina de coser; Adolfo, el más compañero de sus hermanas abrió sus ojos muy grandes tirando el mentón hacia adelante y miró a Ernesto, el menor, quien, con su despreocupación habitual, dijo:

"Bueno vieja, una que se planta. Por lo menos empezás por una".

Y llegó el domingo y llegó el novio. Y la abuela preparó pollos y mayonesas, y los enormes morrones parecían claveles de España. Y Penélope se vistió de gasa rosa para servir el vermut y Amelia iba y venía de un lado para otro y los sobrinos espiábamos por la rendija de la puerta.

Clariza, pálida, serena, se sentó al lado del novio.

Gerardo, hablaba y hablaba pero ahora no nos parecía gracioso ni mundano.

Detrás de nosotros, Matilde, también espiando, decía: "La puta, qué viejo más feo es el novio, parece un pescado. Para agarrar semejante porquería es mejor quedarse soltera".

Lo repitió cada vez que se casó una de sus hermanas. Y se quedó soltera nomás...

Fin del recuerdo

La señora del alquiler estaba tocando mi puerta. Con su cara de ramera de Panamá, rubia, la cabeza llena de nudos de papel que atan sus rulos, su estridente kimono estampado prendido al costado con un alfiler de gancho, me mira socarronamente. Yo me siento enrojecer mientras mis ojos bajan y se detienen sobre las chinelas bordadas de marabú celeste.

"¿Tuviste visita anoche, Anmary? ¿Alguna primita que llegó de afuera?, Lo vi salir, lindo, lindo muchacho. Medio vergonzoso ¿no? ¡Ah, perdóname, te llama tu amiga Rosa por teléfono!" Dijo doña Teresa no deja de ser chusma.

"Gracias doña Teresa. Corrí al teléfono y le, pregunte a Rosa "¿Te acordás del chico aquel que conocimos en la fiesta de cumpleaños que le hicimos al Gordo? Es mi compañero de clase es muy noble, aunque él me besó... sigo extrañando a Massimo". Dije

"Buena che, ¡por fin!, cómo se va a reír el Gordo. ¿Así que te lo volteaste nomás? ¡No! Esto hay que comentarlo. Te vamos a ir a ver esta noche. Estás más livianita ¿no es cierto? Así que cagaste fuego. Iremos con el Gordo. Olvídate de Massimo Russo, ese ya es famoso y seguro se olvidó de ti. Vamos a llevar algo y comemos con vos..." habló Rosa sin parar, mi corazón me dolía yo quería saber de Massimo.

Rosa y yo habíamos conocido al Gordo hacía unos meses en una radio -El Mundo para ser más exacto una de esas tardes que salíamos sin rumbo y paseábamos por Maipú. Rosa, muy decidida, me invitó a entrar.

"Vení, a lo mejor necesitan actores jóvenes".decía Rosa

"Pero, ¿vos estás loca? ¿Qué actores jóvenes somos nosotros?" Dije

"Déjate de joder, entremos, por lo menos vemos una radio por dentro. Nos sentamos en una de esas largas banquetas donde uno sabe de antemano que la paciencia tiene que ser más grande que el culo y esperamos para ver al director artístico. Enfrente estaba el Gordo. Nos miraba a una y a otra vez.

"¿Qué hacen ustedes? ¿Son cantantes?" Pregunto el Gordo Frederick

Rosa le explicó que yo era maestro y dibujaba modelos y que él era bailarín. El Gordo se sonrió y muy claramente nos dijo que ni los maestros ni los dibujantes ni los bailarines tenían nada que hacer en las radios.

"¿Y ustedes son de acá, de Buenos Aires?" Pregunto él

"No, somos del interior". Dijo Rosa

Los dos estábamos vestidos con unos trajes muy parecidos que habíamos comprado en casa Zabala, de un color casi naranja y, como si eso fuera poco, sombreros que ya nadie usaba en Buenos Aires, verdes, en una época que, en la Argentina, no salían del azul y del gris. El Gordo desfachatado, sin ir más lejos, nos preguntó: "¿Ustedes son de acá, de Buenos Aires?"

"Yo me puse furiosa y ya iba a empezar a insultarlo, cuando intervino Rosa:"No señor, tanto como eso, no. Pero tampoco somos de esas que echan humo por la bragueta. Un instinto de protección hacia mi, me hizo odiar a aquel gordo, feo y pelado. Él siguió: "Miren, con sus caritas y con sus años nada es difícil. Está el cine, Yo soy amigo de Borcosque y de Christensen; si quieren, los presento. Además, hay tanto que hacer en Buenos Aires".

"¿Y por qué no lo hace usted?" Se me rio en la cara:

"Pero querido ¿no ves mi panza, mi pelada? Tengo 24 años pero parezco Enrique Serrano".

En realidad parecía su doble.

"Los invito a tomar el té. ¿Les gusta Adlon? Queda aquí nomás, en Florida. Hay música y de vez en cuando, como quien no quiere la cosa se levanta algo". Decía el gordo Frederick

Yo miré a Rosa.

"Che Rosa, ¿este Gordo no será un do-re-mi-fa?(refiriéndose a la nota musical)".

"No seas boluda, el Gordo es putazo. Y levantar algo quiere decir que se puede conseguir algún candidato. Rosa ya creía que podía encontrarse con alguien en vida que le diera todo. Pero yo, que estaba en protector de mi amiga, ya odiaba al Gordo terriblemente. Nos llevó a Adlon. A mí me pareció el colmo del lujo. Todo el mundo lo conocía.

A cada rato le decía a Rosa:"Mira que sos linda pendeja. Qué no haría yo con esa carita y esa figura. Vas a triunfar. Sí, estoy seguro. Los dos van a triunfar".

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Comments

Elizabeth🌻

Elizabeth🌻

jajaja me encanta, es muy divertida y emocionante te deja cada vez con mas ganas de leerla❤❤

2023-06-30

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