Capítulo 12
Pasaron dos años desde que Momo se marchó.
Kyō Tō había sacado un álbum nuevo a comienzos de enero, y el éxito fue rotundo. El grupo fue llevado, ya no solo por sus incondicionales, sino por toda la crítica musical del mundo, a nuevas cotas de reconocimiento y fama. Como si hubieran tenido poca. El disco nuevo era lo mejor que había compuesto nunca, desde sus inicios en el tabloide. Todos los miembros y el señor Jones sabían que ese triunfo tenía un nombre: Momosuke.
Desde el día que desapareció Nethal se volvió loco buscándola por toda la ciudad, después por todo el país e incluso en el extranjero. Su manager lo ayudaba. Parecía imposible que esa mujer hubiera desaparecido así y una vez más, sin explicaciones. Los chicos estaban apenados por el líder de la banda, que no era él desde entonces, siempre triste siempre melancólico, y por ellos mismos porque sin su musa, la música en el corazón de Nethal se apagó. Todo el disco fue escrito en apenas dos semanas, mientras él la tenía cerca. Después de eso llegó el bloqueo y el vacío.
Ahora estaban disfrutando de las mieles de esta inesperada popularidad y el nuevo logro. Apenas una semana en las listas musicales y ya tenían el ratio de visibilidad más alto en todas las plataformas on line dedicadas al mundillo. Nunca había conseguido algo así antes de eso. La discográfica, sus accionistas y sus directivos, saltaban de alegría. Pero el señor Jones, no. El señor Jones iba mucho más allá que la euforia del momento, que sabía bien, se debía a un éxito efímero, como todo en el mundo del artisteo.
El señor Jones estaba preocupado. Nethal iba en picado y él era el alma del grupo. Por mucho que los demás fueran indudablemente talentosos, él era el motor que movía esa máquina. Cuando llegara el momento de retirarse o separarse, todos seguirían carreras de cierto éxito dentro de la música, pues siempre hacían falta productores, compositores, etc. Pero Nethal seguiría brillando en solitario y todos lo sabían.
Ahora bien, como todo genio, su psique era frágil y emocionalmente era alguien sensible que somatiza su mundo interior con facilidad, para bien y para mal. Si estaba triste o deprimido, enfermaba rápidamente. Si estaba alegre, podía estar en el medio de una masa de gente contagiada con el ébola y a él ni lo rozaría la enfermedad. Así son los genios como él.
Por eso el señor Jones siempre lo había cuidado y se hizo cargo de Nethal desde el principio. Nada más conocerlo, pidió a la empresa ser el manager de los chicos y especialmente del líder de la banda. Si lo otro lo tomaba a su cargo, y no era lo bastante avispado como para entender el nivel sutil de sensibilidad del chico, lo estropearía o no le sacaría todo el potencial de que disponía. Fuentes ilimitadas de creatividad musical y unos registros vocales excepcionales. De artistas como este no había tanto en el mundo.
Por eso, había decidido ayudar a su protegido a encontrar a la chica. Para todos era de vital importancia traerla de vuelta. Aún no sabía cómo lo lograría, pero lo haría.
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Mientras tanto Momo, ignorante de todo el revuelo y preocupación que causaba en tanta gente, había continuado con su vida dejando atrás aquella historia que nunca le encajó. Momo había cambiado mucho en este tiempo. Cuando llegó a la nueva ciudad, al principio, lo pasó mal. Eran demasiados cambios en un tiempo. Se sentía insegura en su trabajo de asistente y su jefa era alguien estirada y prepotente que la entrenaba a base de críticas y desvalorizaciones.
Pero ella no se doblegó. Lloraba por las noches al llegar a su casa, pero decidió poner la vista a futuro y sabía que esta situación, como todas las de la vida, era pasajera. Se ganaría su puesto a pulso y su derecho a ser respetada también. Y le fue bien, realmente bien.
Como si el universo escuchara, su cambio de actitud y su decisión de sostenerse, la hicieron mejor en su trabajo, siempre dispuesta y siempre adelantando a las peticiones de su inmediato superior. Su profesionalidad y eficacia fomentaron que fuera observada por otros galeristas que empezaron a solicitarla como asistente para sí mismos y al final, era ella la que escogía con quien quería trabajar.
Eso la llevó hasta su actual jefe, el innegablemente guapo Len Dorcas, que además era uno de los mejores en su campo. El tándem que formaban los convertía en dos de los profesionales más considerados en su ámbito y cada vez escalaban a mejores negocios y mejores tratos. Todos los ricachones de la ciudad querían ser atendidos por Len y él no iba a ninguna parte sin su hermosa asistente Momo.
Ella se había reconvertido, y de aquella joven que usaba vaqueros y camisetas había pasado a ser una mujer de faldas de tubo y medias negras con raya atrás. Andares felinos, espalda recta, trasero insinuante, pelo recogido en un moño bajo sobre su cuello largo y de líneas armoniosas, que daban ganas de soltarle el pelo solo para verla en el esplendor de la sensualidad que prometía toda ella. Esa era la nueva Momo, que jugaba la carta de su sex appeal, tanto como la de su rápido cerebro.
Hablaba poco en público y casi siempre se dirigía a Len de manera discreta, en voz baja o al oído, pero todos sabían que una frase suya hacía que el hombre se convirtiera en lapidario. Él respetaba todo lo que proponía, así que si ella decía esto no, era no. Era más temida que Len. Y con razón porque cuando hacía una evaluación de alguno de los encargos o de los negocios que manejaban, rara era la vez que se equivocaba.
Parecía tener un radar para saber quien realmente quería gastarse cien millones de euros en una obra de arte, y quien solamente estaba mareando la perdiz para subir su estatus a base de que le vieran relacionados con Len y Momo, cosa que hacía pensar que estaban manejando cantidades de dinero indecentes. Era un truco muy viejo.
Actualmente, residía en Barcelona, aunque viajaba por todo el mundo siempre que un negocio los requiriera. Tenían que evaluar y tasar gran cantidad de piezas de arte que aparecen aquí y allá. Vivía bien, lo pasaba bien y últimamente tenía a Len a sus pies. Llevaban casi un año trabajando juntos y poco a poco habían ido estableciendo una relación cada vez más cercana hasta que él le propuso empezar a salir. Ella dudaba porque tenía fama de mujeriego, pero lo cierto es que desde que lo conocía no lo había visto saliendo con ninguna mujer y se limitaba a coquetear de vez en cuando con alguna pero nada serio. Por supuesto eso se acabó desde el momento en que decidieron estar juntos.
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—Date prisa, nena —Len la estaba apurando y ella aún estaba abrochando la camisa blanca de botones que con aquel pantalón le daban un aire profesional y lujosa. Ciertamente, toda su ropa era de marcas de renombre, pues Len le había regalado un guardarropa completo en cuanto empezaron a andar juntos. Según él, tenía un estatus que mantener. Ella aceptó agradecida y lo complació en eso. En otras cosas, era categórica, pues no estaba dispuesta a cambiar su forma de ser. Solo hacía algunas concesiones y lo mismo le pedía a su novio. Era lo justo.
—La culpa de que no esté lista es tuya —bromeó ella. Y era cierto, pues en el último momento, mientras Momo se maquillaba en ropa interior frente al espejo del tocador, su novio la había arrastrado a la cama y tuvo que empezar a arreglarse de nuevo. Las medias y las bragas quedaron inservibles y lo único que no le quitó fue el sujetador porque le parecía sexy.
—Amor, pero yo ya estoy —le dijo impaciente.
—Amor, pero tú no te maquillas —le soltó respondona.
A Len no le hizo mucha gracia la respuesta. A veces esa parte contestona de ella le hacía perder los nervios. Era un obseso de la puntualidad y cuando sentía que llegaba tarde se sentía tan frustrado que le hablaba mal. Eso sí, cuando se le iba la mano ella lo frenó de inmediato. Una sola vez le había gritado en uno de esos momentos de nervios y Momo lo abandonó.
Estuvo un mes para recuperar la relación con ella y eso que trabajaban juntos. Pero Momo fue muy capaz de mantenerse perfectamente cordial en el ámbito laboral e igual de eficiente que siempre y al tiempo mantener la distancia de él y tratarle con frialdad durante un mes entero, sin despeinarse el moño. A ella, no la trataba mal nadie, le dijo.
Ahora se controlaba cuando se sentía a punto de estallar, pues sabía que un segundo error de ese tipo no lo iba a perdonar. Se fue al salón de la casa que ella tenía recién alquilada a esperarla en el sofá de tela gris. Len quiso que se fuera a vivir con él, pero su novia dijo no estar preparada aún. Total no era tan importante, pues pasaban casi todo el tiempo juntos, en su casa o en la de él.
Pocas veces se separaban, salvo por alguna visita a clientes o, en el caso de Len, cuando veía a su familia. No la había presentado aún como su novia oficialmente. Ella se extrañaba un poco de eso, pero tampoco estaba interesada de momento en conocer a su familia política. Le parecía pronto.
Y más que nada, tenía dudas de si él era la persona correcta para ella. Llevaban tiempo juntos, unos cinco meses. Parecía ser un buen tipo y tenía un buen perfil. Guapo, brillante, adinerado aunque sin ser millonario, encantador y detallista. Pero había algunas cosas que Momo consideraba banderas rojas. Como esa vez que le gritó y le habló muy mal. Y aunque no se había vuelto a repetir, lo cierto es que notaba en él una falta de control a la hora de gestionar sus emociones. Sobre todo la frustración.
Quizá le daba demasiada importancia a eso, teniendo en cuenta lo perfecto que era, pero no quería meter la pata. Ya tenía treinta y siete y no estaba para perder el tiempo. Quería una buena relación con una buena persona y formar una linda familia algún día. Y ese día tenía que ser pronto. Si aún seguía con Len unos meses más, se iría a vivir con él y decidiría si era el momento de formalizar. Quizá casarse.
Todo llegaría a su tiempo.
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Comments
Elvira Fretes
que bueno Momo, nadie tiene que ser superior en la pareja, el respeto ante todo❤️
2023-07-08
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