El despertar

De repente, se sintió desorientado, dejando caer la copa al suelo, tambaleándose para después quedar inconsciente, teniendo como último recuerdo una silueta negra con ojos color sangre.

En el reino de Aurenia había un traidor, alguien que sabía que en el segundo príncipe habitaba un dragón, el que con artimañas y magia intentaría despertar. Una vez el príncipe inconsciente, desgarró su ropa para encontrar en su espalda un círculo mágico tatuado en tinta dorada. Se trataba del sello que permitía que la bestia siguiera dormida. Introdujeron su mano en su pecho, para intentar reanimar su segundo corazón, un corazón inerte, de piedra, incapaz de sentir. Si esto despertaba, el príncipe cambiaría su forma, se transformaría en un imponente ser cubierto de garras, colmillos y furia, que destruiría el reino de Aurenia.

A la mañana siguiente, resonaron los gritos en el palacio, pues las sirvientas habían encontrado a Caleb, cubierto de escamas tan azules como piedras lazuritas, sus ojos antes color de mar, ahora tenían un color amarillento, parecido a los ojos de un reptil. De sus dedos comenzaban a salir pequeñas garras, y de sus labios colmillos. La reina alterada, al ver la condición de su hijo, ordeno cerrar las puertas del castillo, y mando llamar, al hechicero de la corte. Era un hombre adulto como de 65 años de edad, cabello plateado y barba larga. Este hechicero era usuario de magia de luz, y había estado presente el día que nació Caleb, fue la persona que había realizado la runa en su espalda, suprimiendo al dragón.

Gina corrió apresurada, pero en los aposentos del príncipe se realizaba un ritual, por lo que la reina le prohibió la entrada. En la habitación se encontraba Valloled, y con su magia, mantuvo al príncipe en trance, en lo que el hechicero forjaba un reloj, que permitía al usuario retroceder el tiempo, durante algunos días, lo introdujo en el segundo corazón, y este retrocedió, devolviendo a Caleb su forma anterior.

¿qué ha pasado?- exclamó Gina, mientras tomaba la mano de Caleb.

Caleb ha sufrido un ataque y su sello está roto. - exclamó Luka preocupado.

Gina sintió como su corazón se llenaba de incertidumbre, cuando de repente escucho a Caleb pronunciar su nombre, para después pedirle a su madre, que los dejaran solos, pues quería estar con ella, puesto que, tenía algo importante que debía decirle.

- Gina, te amo, te amo incluso más que a mi vida, pero si quiero estar contigo, debo ser honesto. Quiero que me escuches muy atentamente y después de saber lo que oculta mi cuerpo, serás tú la que decida, si aún quieres estar conmigo - exclamo Caleb temeroso. Pero no le temía a muerte, o al dolor, sino a perder a la joven que tenía ante sus ojos - Lo que te voy a narrar comienzo hace cientos de años, cuando los reinos que conocemos no eran más grandes que un pueblo pequeño. En ese entonces había un joven llamado Diego, que era dotado de gran fuerza, belleza e inteligencia. Era un guerrero formidable, admirado por el pueblo, por sus destrezas, por su facilidad al matar dragones. En aquellos tiempos había de todos tipos y todos tamaños, pero ellos eran bestias despreciables que se acercaban a los poblados para alimentarse de los aldeanos, ellos no podían defenderse, ya que la piel de los dragones era tan gruesa, que las espadas no lograban lastimarla.

Muchos cayeron, estábamos al borde de la extinción. Fue entonces que Diego hizo un gran descubrimiento, algo que cambió el rumbo de la guerra, entre humanos y bestias. Descubrió, que los dragones eran vulnerables al titanio, y una noche bajo el cobijo de la obscuridad, se infiltro en su nido, vertió veneno en el hermoso manantial donde bebían estas criaturas, enfermándolas. En los siguientes días, los dragones, no volvieron, la gente del poblado sintió curiosidad, así que subieron cruzando la barrera para descubrir sus cadáveres.

Solo quedaba un solo ejemplar con vida, un dragón adulto con escamas tan negras como el carbón, el vio cómo su raza murió. Como los restos de los suyos fueron profanados, por codiciosos hombres, que los transformaron en pociones, que al beber les dieron poderes sobrenaturales, mágicos, que antes pertenecieron a tan majestuosas criaturas. El dragón lloro la muerte de los suyos, pero estaba demasiado débil para pelear, pues el titanio en el agua, ya había recorrido gran parte de su cuerpo, así que con la poca energía que le quedaba y la rabia que sentía en su corazón, maldijo al hombre causante de su tormento, Diego Darvaes.

El dragón quería que sufriera, la misma agonía, que el sintió al perder a su cría. Por lo que en cada generación un niño nacería, pero no sería normal, tendría dos corazones, uno humano y otro de dragón. El niño, debía ser sacrificado por su padre, de no ser así, en bestia se transformaría y lo volvería todo a cenizas.

Durante generaciones cientos de niños han sido sacrificados, todos a excepción de mí. Al nacer mi padre no tuvo el valor de quitarme la vida, en vez de eso, buscaron miles de alternativas para suprimir al ser que se encuentra en mi pecho.

Cuando era niño no comprendía, porque todos me temían, ¡no importaba cuanto me esforzara!, ¡qué tan bueno fuera!, ¡nadie me miraba!, solo Luka. Por el reino se extendió el rumor de que un ser maldito había nacido, un niño con sangre sucia y escamas de reptil, fue entonces que descubrí que se trataba de mí- exclamaba Caleb con mirada sombría, inmerso en sus recuerdos.

-La primera vez que te vi, me pareciste indomable, valiente, no importaba lo lastimado que estabas, nunca te rendiste, y peleaste con valor. ¡Esa es la clase de hombre que eres!, eres caballeroso, amable y gentil. ¡Caleb, te amo! ¡Amo tus escamas!, ¡son realmente bellas!, no hay gema o diamante que se les compare. ¡No estas maldito!, ¡tu sangre no es sucia!, ¡eres perfecto tal como eres!, y para mí es un honor el poder acompañarte a lo largo de tu vida, el ser tu prometida, tu futura esposa- exclamo Gina, ruborizada.

Caleb no pudo evitar sonreír, para luego acariciar su rostro, y fundir sus labios en un apasionado beso.

Mientras tanto, Luka había encontrado la forma de salvar a su hermanito, pues tenía en sus manos una reliquia, un mapa antiguo, que tenía la ruta al paramo de los dragones. Donde se encontraba la última bestia, el único ser capaz de levantar la maldición de Caleb. De enormes fauces y escamas tan negras como el carbón, prisionero, aun sediento de venganza.

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