Advertencia:
Este capítulo contiene narrativa que puede resultar ofensiva para algunos lectores. Se recomienda discreción.
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Anco recupero la conciencia momentos después del accidente. Dolorida y aturdida, se arrastró fuera del taxi como pudo, no podía abandonar al taxista, que seguía inconsciente. Con un esfuerzo titánico, lo saco del vehículo y lo arrastró a una distancia segura. Jadeando y temblando, Anco giro la cabeza instintivamente y vio, a lo lejos, la camioneta gris. Estaba detenida a unos cien metros. El miedo volvió a apoderarse de ella.
Un hombre encapuchado salió del vehículo, empuñando un arma de fuego en su mano derecha. Caminaba lentamente hacia ella. Anco intentó levantarse, pero sus piernas no respondían. Desesperada, comenzó a arrastrarse por el asfalto, gritando por ayuda. Pero la carretera estaba desierta, ni un alma transitaba por allí. No le importaba lastimarse los codos o el cuerpo; lo único que quería era sobrevivir.
El hombre encapuchado se acercó con calma. Cuando llegó ella. Anco estaba agotada, sin fuerzas para seguir. Él la pateó en el estómago con fuerza, arrancándole un grito desgarrador. Quedó tendida boca arriba, jadeando de dolor. Sin piedad, el hombre presionó su estómago con la rodilla, inmovilizándola.
Anco, luchando por respirar, levantó la mirada hacia él y, con la voz entrecortada por el dolor y los sollozos, pregunto:
- ¿Por qué estás haciendo esto? Yo... yo no te he hecho nada. No sé quién eres... -jadeó, intentando calmarse-. Por favor, te lo suplico, no me mates. Si quieres dinero, te lo doy, pero por favor no me mates.
El hombre encapuchado inclino la cabeza ligeramente, como si meditara sus palabras, y respondió con frialdad:
- Perdón... pero es un encargo de un cliente. Tengo que llevar comida a mi familia. Tranquila, será rápido. No sentirás dolor... claro, si colaboras.
Anco nego con la cabeza mientras las lágrimas corrían por su rostro.
- No... no... -sollozo- ¡por favor, no!
El hombre llevó su dedo índice a los labios y susurro:
- Shhh... tranquila, calmada.
El asesino colocó el arma en el pecho de Anco, justo sobre su clavícula. Ella sintió el frío metal presionando su piel, y un escalofrío recorrió todo su cuerpo. En ese instante, supo que su vida estaba a punto de terminar. No podía moverse, no podía escapar. Solo podía esperar.
Mientras las lágrimas corrían por su rostro, Anco pensó en lo injusto de todo. No quería morir así, de una manera tan cruel y solitaria. Quería morir de vejez, como la mayoría de las personas, rodeada de su familia, en paz, en un lecho cálido. En ese momento, sintió una punzada de envidia por aquellos que tenían ese privilegio.
La fría carretera permanecía en silencio, rota solo por el sonido del viento y el eco de su respiración entrecortada. Entonces, el estruendo del disparo rompió la quietud. Anco sintió un impacto en su pecho, y su visión comenzó a nublarse. La carretera, los árboles y el cielo parecían desvanecerse en una mezcla borrosa de colores.
Consciente de que el final estaba cerca, cerró los ojos. Su último pensamiento fue un deseo desesperado de paz, algo que nunca había sentido tan lejos como en ese momento.
Fin de la primera vida de Anco.
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¿Que hay después de la muerte?
Es una pregunta que ha intrigado a la humanidad desde principios de los tiempos. El ser humano, dotado de razón y curiosidad, no puede evitar preguntarse: ¿Qué habrá más allá? Las respuestas son tan diversas como las culturas y las creencias: algunos hablan de reencarnación, otros de paz o sufrimiento eterno, y otros más de una simple inexistencia. Pero la verdad es que nadie lo sabe con certeza. Es un misterio que permanece fuera del alcance de nuestra comprensión.
En el limbo.
En un lugar distante y desconocido, yace una muchacha. Su cabello es dorado como el oro, su piel tan blanca y delicada como la porcelana, con dos pequeños lunares en cada mejilla. Sus ojos, de un verde azulado peculiar, parecen contener un destello de vida que contrasta con su estado actual. Mide aproximadamente 1, 64 metros y su cuerpo está encogido en posición fetal. Sin embargo, ella no está despierta, ni consciente de su entorno.
El lugar donde se encuentra es, en sí mismo, un enigma. Un espacio completamente vacío, pintado de un blanco puro que no se parece al blanco de un hospital o de una pared recién pintada. Es un blanco tan intenso que parece absorberlo todo, un color que podría resultar insoportable para alguien con fobia a los colores.
No hay muebles, objetos ni referencia alguna que de sentido a este lugar. Es un vacío infinito, un espacio sin principio ni fin. Si alguien intentará caminar allí, se perdería rápidamente, pues el suelo, también blanco puro, desorientaría incluso al más experimentado. El cerebro de cualquiera jugaría trucos, haciendo que sus pasos, aunque intentará ser rectos, siguieran un patrón de zigzag interminable.
En este escenario surrealista y perturbador, la muchacha permanece inmóvil, atrapada entre el misterio de lo que fue y lo que está por venir.
Anco despertó de lo que parecía ser un mal sueño. Al abrir los ojos, miro a su alrededor y observo aquel extraño lugar. La blancura del entorno le recordaba a los manicomios, esos lugares donde llevan a las personas que padecen enfermedades mentalmente. Confundida, un pensamiento cruzó su mente:
"¿Será que me volví loca?... no... ¿O si?"
Frunció el ceño, mientras intentaba convencerse a si misma.
"Dios, yo no estoy loca... ¿O si? No que yo sepa..."
Retrato de Anco
Nota:
Esta imágen está creada por Ai.
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