Anco se rascó la cabeza, frustrada por la situación, pero respiro hondo y trato de calmarse. Finalmente, invito a sus padres a entrar a la casa para evitar seguir haciendo un escándalo en la calle. Ambos aceptaron de inmediato. Ellos fueron directamente a la sala de estar y se dirigieron a la sala de estar, dónde esperaron pacientemente mientras Anco preparaba algo para la merienda.
Poco después, ella apareció con una bandeja que contenía dos tazas de café con leche y dos platos de galletas. Colocó todo sobre la mesa frente a ellos y tomo asiento, esperando en silencio a que el ambiente se relajara un poco. Sin embargo, la tranquilidad fue breve.
- Explícate -dijo Enrique, rompiendo el silencio con un tono severo-. ¿Cómo fue que te divorciaste de Marc? Él es un buen tipo, un buen esposo para ti. ¿Por qué le hiciste esa maldad?
Anco lo miro con incredulidad.
- Papá, sabes perfectamente lo que me hizo. ¿De verdad quieres que esté con un "hombre" que me puede poner el cuerno en cualquier momento? ¿Quieres que viva infeliz toda mi vida? Pues te lo digo por adelantado: no te voy a dar ese gusto.
Enrique resopló, claramente molesto.
- No sé cómo tu madre te crío, pero está mal de la cabeza -dijo, lanzando una mirada de reproche a su esposa-
- A mi mamá no la metas en esto -respondió Anco con firmeza-. Mi madre fue la única que ha estado conmigo todo el tiempo, cuando vivía con ustedes. ¿Y tú? ¿Dónde estabas? Siempre encerrado en tu oficina, "trabajando", cómo te gusta decir con tanto orgullo.
El rostro de Enrique se tensó.
- ¡Claro que estaba trabajando! -espetó- ¿Qué estás insinuando? ¿Eh?
Anco lo miro directamente a los ojos.
- Nada, papá. Solo que tu secretaria no parecía que estuviera "trabajando".
El comentario cayó como una bomba. Mónica abrió los ojos, sorprendida, y miro a Enrique con una mezcla de incredulidad y dolor.
- ¿Qué estás diciendo, Anco? -pregunto, apenas en un susurro-
Enrique se levantó de golpe, cruzo la sala y, sin previo aviso, abofeteó a su hija. El sonido resonó en la habitación como un eco amargo.
- ¡Enrique! -grito Mónica, horrorizada-. ¿Qué hiciste? ¡Es tu hija, tu propia sangre! ¡¿Cómo pudiste levantarle la mano?!
Enrique con el rostro endurecido, respondió sin titubear:
- No es mi hija. A partir de ahora, para mí, es una desconocida. Nadie importante.
Mónica lo miro, desconcertada.
- ¿Cómo pudiste cambiar tanto? Antes eras un hombre frío de corazón, pero al menos volvías a casa de vez en cuando para asegurarte de que Anco o yo estuviéramos bien. Ahora... no sé con quién me case.
- Piensa lo que quieras, Mónica -respondió Enrique con frialdad-. Siempre he sido así, y tú lo sabías antes de casarte. Soy un hombre frío y sin corazón. Te casaste conmigo sabiendo eso.
- Porque pensé que podía hacerte cambiar -respondió ella, con lágrimas en los ojos-. Pero veo que fui una ilusa por creer tal sueño.
- ...
Anco, al borde del colapso emocional, cerró los ojos con fuerza, como solía hacerlo de niña cuando sus padres discutían. Sentía un nudo en la garganta, pero se obligó a no llorar. Una vez más, su mente se llenó de preguntas:
"¿Qué mal he hecho?, ¿Por qué no me salen bien las cosas, como sentimentalmente?, ¿Será que hice un gran pecado en mi anterior vida?"
Mientras el conflicto de sus padres continuaba, Anco se sentía más sola que nunca, atrapada en un ciclo de dolor y decepción que parecía no tener fin.
Pasado
Unos días antes de descubrir la infidelidad de Marc, Anco vivió otro evento que marcaría su vida. Ese día, durante la hora del almuerzo, decidió visitar la fábrica de su padre.
La fábrica, conocida por crear zapatos de diseño innovador para todas las edades, es un negocio prosperó. Los modelos que desarrollan siguen las últimas tendencias y son tan populares que prácticamente los ciudadanos de la capital tienen al menos un par.
Esa mañana, mientras trabajaba, Anco recibió una llamada inesperada. Su padre la invitaba a almorzar en un restaurante cercano. La propuesta la tomo por sorpresa, llenándola de una felicidad inesperada. Sabía que su padre rara vez invitaba a salir, ni siquiera su madre, y mucho menos a ella. Por eso, acepto sin dudar, valorando la intención más que el gesto en sí.
Al llegar a la fábrica, estacionó su vehículo y se dirigió hacia la oficina de su padre. Mientras caminaba por los pasillos, noto algo extraño: la secretaria de su padre no estaba en su puesto. Aquello le pareció inusual, ya que recordaba a esa mujer como alguien meticulosa y comprometida con su trabajo. Sin embargo, no le dio mayor importancia y continuo su camino.
Al acercarse a la puerta de la oficina de su papá, escucho un ruido que la detuvo en seco. Era un gemido. Confundida y alarmada, retrocedió un paso, intentando procesar lo que acababa de oír. Con el corazón latiendo rápidamente, miro por una pequeña abertura en la puerta.
Lo que vio la dejó paralizada. Allí, en el escritorio, estaban su padre y la secretaria, en una escena que no necesitaba explicación.
Anco sintió como la rabia y la incredulidad la invadían. Quería interrumpir en la oficina, gritarle a su padre y exigirle explicaciones. Quería preguntarle si realmente amaba a su madre y, si no lo hacía, por qué seguía con ella. Pero algo la detuvo.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos mientras retrocedía lentamente, alejándose de la escena. Se dirigió a su auto, sintiéndose como una cobarde por no haber enfrentado a su progenitor. Cuándo cerró la puerta del vehículo, se quedó allí un momento, intento calmarse, pero la imagen seguía grabada en su mente.
En lugar de ir al restaurante, Anco condujo sin rumbo fijo, tratando de ordenar sus pensamientos. Sabía que lo que había presenciado no solo cambiaría su percepción de su padre, sino también la dinámica de su familia.
Después de unos minutos, trato de calmarse. Dejó su llanto en el carro, tomo su teléfono y llamo a su padre. Segundos después, él contestó con su voz sorprendentemente tranquila, lo que no hizo más que enfurecer a Anco. En su mente, deseaba golpearlo con tal fuerza que le hiciera perder los dientes y tuviera que pagar un costoso diseño de sonrisa. Pero no lo hizo. Se tragó su rabia y fingió normalidad para que su padre no sospechara.
Anco decidió guardar el secreto de su padre. No quería que su madre sufriera al descubrir la infidelidad de su esposo, aunque esa decisión sería algo de lo que se arrepentiría por el resto de su vida. Las dos horas de almuerzo que compartió con su padre fueron una tortura, llenas de amargura y silencio.
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