Dos días después, Anco despertó en su amplia cama de su habitación, sola. La soledad de su habitación, que alguna vez fue su refugio compartido, ahora le pesaba como una carga abrumadora. Nunca imaginó que volvería a dormir sola desde su adolescencia, cuando vivía con sus padres. Despertar sin Marc a su lado era un recordatorio cruel de como habían cambiado las cosas.
Solía disfrutar de esas mañanas en las que Marc, aún en pijama, se levantaba temprano, preparaba el desayuno y se lo llevaba a la cama. Ella, medio dormida, se deleitaba con el gesto y el aroma del café recién hecho. Pero esos días eran ahora parte de un pasado que nunca regresaría.
Este día, Anco tendrá que acabar con el proceso de divorcio. Por fortuna, no tuvieron hijos, lo que simplificaba el trámite. Si ese hubiera sido el caso, el proceso de divorcio habría sido más largo y doloroso, con la división de bienes y la disputa por la custodia. Sin embargo, lo que más inquietaba era tener que ver nuevamente a Marc.
"No quiero verlo"
Pensó, mientras se acurrucaba un momento más entre las sábanas, intentando reunir fuerzas. Pero sabía que no tenía opción. Era el último paso para cerrar esa etapa de su vida.
Finalmente, con determinación, se levantó de la cama y se dirigió al baño de su alcoba. Una ducha caliente la ayudo a despejarse, aunque no logro borrar del todo la sensación de vacío. Al salir, se envolvió en una bata y comenzó a secarse el cabello con una toalla. Luego, selecciono un conjunto formal que resaltaba su elegancia natural, complementándolo con un maquillaje sutil pero impecable.
En la cocina, preparo un desayuno sencillo: huevos revueltos, pan blanco y una taza de chocolate caliente. Comer sola en la mesa que antes compartía con Marc le resultó extraño, pero decidió no detenerse demasiado en esos pensamientos.
Con las llaves de su casa y su auto en mano, salió rumbo a la notaría. Quería terminar ese maldito proceso civil lo más rápido posible y regresar a casa para estar sola con sus pensamientos.
Sin embargo, sabía que aún quedaba pendiente el proceso de anulación matrimonial católico. Casarse tanto por la iglesia como por lo civil implicaba una espera adicional de al menos seis meses para completar el trámite.
"Un dolor de muela"
Pensó con resignación. Afortunadamente, su abogado había demostrado ser eficiente y ya había gestionado todo para que ella pudiera firmar los formularios sin tener que cruzarse nuevamente con Marc en el futuro, ni en el ámbito civil ni el religioso.
Esa mañana, mientras conducía hacia la notaría, Anco se dio cuenta de que, aunque el proceso era doloroso, también era una oportunidad para empezar de nuevo.
"Esto también pasará"
Se dijo, intentando convencerse de que, con el tiempo, las heridas sanarán y la paz regresaría a su vida.
Cuando llegó al lugar, Anco diviso a Juan, su abogado, esperándola con una expresión relajada frente a la entrada de la notaría. Ella parqueó su carro con cuidado, se bajó y camino hacia él, tratando de ocultar la mezcla de nervios y tristeza que llevaba consigo.
- Hola, Juan, ¿Esperaste mucho?, había un trancón horrible, por eso, llegue un poco tarde, en la hora que acordamos -dijo, ajustándose el bolso en el hombro mientras intentaba esbozar una sonrisa-
Un día antes, ambos habían acordado encontrarse una hora antes de la cita oficial. Juan quería explicarle con calma los pasos que debía seguir para firmar los papeles de divorcio, sin equivocarse.
- Hola Anco. Descuida, no te espere mucho, llegue hace cinco minutos -respondió él con una sonrisa cálida, mirando su reloj- ya que estás aquí, es momento de que hablemos de lo que te va a pasar cuando entres a la notaría.
- Claro, soy toda oídos -contesto ella, respirando hondo para tranquilizarse-
- Bien, así es la cosa...
Juan comenzó a explicarle el procedimiento con paciencia, utilizando un tono claro y relajado. A pesar de lo serio del tema, él siempre encontraba la manera de suavizar el ambiente.
Juan es una persona muy sencilla y carismático, alguien que sabe ganarse la confianza de las personas con su trato amable y su profesionalismo. Su personalidad es un curioso contraste: mientras era generoso y delicado con su familia, es notoriamente tacaño cuando se trata de gastar en salidas con amigos o eventos sociales. Su lema es que quien invita, paga, y por eso rara vez lo incluyen en planes espontáneos.
A sus 1,72 metros de estatura, Juan tiene una presencia agradable. Su piel morena y su cabello negro bien cuidado complementaban sus ojos color avellana, que transmitían una mezcla de inteligencia y calidez. Estaba casado con una amiga de Anco de la universidad, y juntos tenían dos hijos pequeños que, según Anco, eran una verdadera belleza.
Mientras hablaba, Juan hacía gestos con las manos para enfatizar sus puntos, logrando que Anco se sintiera más tranquila. Al menos, dentro de lo posible.
- Listo, ¿entendido todo? -pregunto finalmente, mirándola con una sonrisa confiada-
- Sí, creo que sí. Gracias, Juan, de verdad. No sé cómo habría hecho esto sin tu ayuda.
- Para eso estoy aquí, Anco. Ahora, vamos adentro y acabemos con esto.
Anco asintió, tomando aire una vez más. Aunque sabía que ese sería un momento difícil, agradeció tener a alguien como Juan a su lado para guiarla. Con pasos firmes, ambos se dirigieron hacia la entrada de la notaría, listos para enfrentar el último capítulo de ese doloroso proceso.
Retrato de Juan
Nota:
Esta imágen está creada por Ai.
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