Puede que ahora estés satisfecho, Aladino. Quizás creas que eres la persona más afortunada del mundo -dijo Anco con voz que goteaba sarcasmo-. Es entendible. Tienes a tu lado al "príncipe azul" que todos quieren, o en este caso, que todas o todos desean. -movió la cabeza de un lado a otro con resignación-. Pero déjame decirte algo.
Anco dio un paso hacia Aladino, quedando a poca distancia de él.
- Todo lo que brilla no es oro. Marc todavía me ama, y se le nota. -Su tono irónico no paso desapercibido para nadie, excepto para Aladino, que permaneció impasible-. Tú solo eres un remplazo, una pieza que intenta encajar en un objeto roto. Pero ¿qué pasa, cuando esa pieza ya no sirve? Se cambia por una nueva. Y eso es lo que va a pasar contigo.
Aladino abrió la boca para responder, pero Anco lo interrumpió con un gesto firme de la mano.
- Y tú, Marc... -dijo, girándose hacia él-, lo que sientes por mí no es amor. Es costumbre, nada más. -Su voz se endureció-. Así que te diré dos cosas: no me busques y no me llames. Se feliz, te lo digo sinceramente.
Anco dio un paso más hacia Aladino, le dio una ligera palmadita en el hombro y, sin esperar respuesta, se dio media vuelta. Está vez, ni Marc ni Aladino dijeron nada. Solo la observaron mientras se alejaba con paso firme, dejando atrás el caos de sus vidas.
Dos meses después...
Era un día tranquilo en la vida de Anco. Estaba ocupada con su rutina de limpieza, sacudiendo jarrones, limpiando muebles y electrodomésticos, y organizando su hogar. Después de terminar, preparo su almuerzo del mediodía y tendió su cama para recostarse un rato. Encendió la televisión y comenzó a ver una transmisión en directo. Toda esa rutina solía compartirla con Marc cuando tenían tiempo libre, pero esos dias ya es pasado.
Mientras disfrutaba de su momento de paz, el timbre de la puerta sonó de manera insistente. Anco frunció el ceño; no esperaba visitas. Al levantarse, escucho una voz que maldecía desde el otro lado de la puerta. Reconoció el tono al instante y suspiro profundamente.
Sabía quién estaba allí.
Con una mezcla de valentía y resignación, se puso firme, camino hacia la puerta y miro por el ojo mágico. Su intuición no la había engañado. Después de un momento de duda, abrió la puerta, lista para enfrentar lo que fuera que la vida le hubiera traído está vez.
- Eres una hija no filial con tus propios padres -espeto el padre de Anco con el rostro enrojecido por la furia-. ¿Cómo pudiste hacernos eso? ¿Eh? Fuiste a la universidad para ser una mujer educada e inteligente, pero hiciste lo contrario. Nos avergonzaste a toda la familia. Eres un caso perdido de hija.
- ¡Ya cálmate, Enrique! -interrumpió la madre de Anco, con una mezcla de frustración y tristeza en su voz-. ¿Por qué eres así con nuestra única hija? ¿Que te ha hecho? ¿Solo porque no siguió tus costumbres tienes que tratarla de esa manera? ¡Eres un descarado!
- ¡Cierto! -grito Enrique, girándose hacia su esposa-. Todo esto es tu culpa, Mónica. Tu malcriaste a tu hija mientras yo trabajaba como una mula para llevar el pan a la casa. ¡Tú la consentías! -señaló con el dedo a Anco, como si fuera la raíz de todos sus problemas-
- ¿Cómo me puedes decir eso?... -respondió Mónica, con lágrimas acumulándose en sus ojos-. ¡Eres un maldito!
Anco, cansada de la escena que se desarrollaba frente a su puerta, finalmente intervino con un todo firme y decidido:
- Si quieren seguir peleando, es mejor que se vayan. Así que se controlan o les cierro la puerta... ustedes deciden.
Enrique abrió los ojos de par en par, sorprendido por la actitud de su hija.
- ¡Aaaaah! Lo que me faltaba -exclamo con incredulidad-. ¡Que está muchacha me eche de su casa! Déjame recordarte algo, niña: con la ayuda de tu madre te trajimos al mundo. Así que ten un poco de sensibilidad y respeto.
Mónica, aunque conmovida por la firmeza de su hija, trato de calmar la situación.
- Anco, hija mía, sé que estás enfadada con nosotros por hacer este escándalo frente a tu casa... pero apoyo a tu papá. No puedes echarnos. Somos tus padres. Eso no es filial.
Anco respiro profundamente, tratando de contener las emociones que se arremolinaban en su interior. Por un momento, pensó en todas las veces que había intentado ser la hija perfecta, solo para enfrentar críticas y reproches constantes. Finalmente, los miro a ambos con una mezcla de cansancio y determinación.
- Papá, mamá, no es cuestión de filialidad. Es cuestión de respeto. Y si no son capaces de respetar mi espacio y mis decisiones, entonces tendrán que marcharse. No estoy dispuesta a seguir siendo el blanco de sus peleas y frustraciones.
El silencio cayó sobre ellos como un pesado telón. Enrique y Mónica se miraron entre si, y por primera vez en mucho tiempo, parecieron darse cuenta de que quizás habían cruzado una línea.
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